Las Voces Que El Viento Olvido

CAPÍTULO 7: LA TINTA Y EL FUEGO

Mateo sostenía el encendedor con una firmeza que no sabía que poseía. Sus dedos, antes temblorosos por el frío del sótano, ahora quemaban. La llama vacilante proyectaba sombras gigantescas sobre las cajas de 1989, haciendo que los nombres de los desaparecidos parecieran bailar en una última celebración antes del fin. El realismo de la situación era sofocante: el olor a papel viejo, la humedad del concreto y el eco de las botas de los hombres del abrigo gris acercándose como el latido de un tambor de guerra.

​—¡Mateo! No seas estúpido —la voz de Gutiérrez rebotó en las tuberías de metal, sonando distorsionada y cargada de un miedo que intentaba ocultar—. Si quemas eso, te matas a ti mismo. No hay salida de aquí una vez que el humo llene los pasillos. ¡Dame el cuaderno y te dejaré ir, te lo juro por mi vida!

​—Usted ya no tiene vida, Gutiérrez —respondió Mateo, su voz surgiendo de la oscuridad como un veredicto—. Usted es solo otro expediente en este sótano, esperando a que alguien lo mueva a la pila de los olvidados.

​Uno de los hombres del abrigo gris dobló la esquina del pasillo 4. Sus ojos se clavaron en la pequeña llama que Mateo sostenía cerca de un legajo de documentos resecos por el tiempo. El hombre se detuvo en seco. Sabía que en Porto Gris, un incendio en los archivos centrales no era solo un accidente; era el fin de una era, el borrado de miles de pruebas que mantenían el orden de la ciudad.

​—Apaga eso ahora mismo —ordenó el hombre, llevando la mano a su cinturón, donde el brillo de un arma de acero negro reflejó la luz del encendedor.

​Mateo miró el cuaderno de cuero que tenía apretado bajo el brazo. Recordó la voz de la mujer del banco, la desesperación de la enfermera y el cansancio de su padre. Si se entregaba, sus voces morirían en una trituradora. Si prendía el fuego, sus palabras subirían al cielo de Porto Gris con el humo. El dramatismo del momento era absoluto.

​—En esta ciudad, lo que no se registra no existe —susurró Mateo, repitiendo la frase que le habían grabado a fuego en la oficina—. Pero hoy, lo que voy a registrar es el final de su silencio.

​Con un movimiento fluido, Mateo acercó la llama al borde del papel del año 89. El papel, sediento de destrucción, aceptó el fuego con un hambre voraz. Una pequeña lengua naranja lamió la carpeta y, en segundos, se convirtió en una columna de fuego que empezó a escalar por los estantes de metal.

​—¡No! —gritó Gutiérrez, lanzándose hacia adelante.

​Pero el humo ya empezaba a llenar el aire. Las alarmas de incendio, antiguas y descuidadas, tardaron en reaccionar, emitiendo un chirrido agónico que se mezcló con el rugido de las llamas. Mateo aprovechó la confusión y el humo denso para deslizarse entre las sombras. Conocía el Sótano B mejor que nadie; conocía el conducto de ventilación que los ingenieros habían olvidado en los planos del 89, aquel que llevaba directamente al callejón trasero del edificio.

​Mientras gateaba por el conducto, el calor le quemaba la espalda y el sonido del fuego devorando el pasado de la ciudad era la música más hermosa que había escuchado jamás. El realismo del escape era una lucha contra la asfixia. Cada bocanada de aire era un triunfo.

​Salió al callejón, cayendo sobre un montón de basura húmeda. Se levantó, tosiendo y con el rostro manchado de hollín. Miró hacia arriba y vio cómo el humo negro empezaba a salir por las rejillas de ventilación del edificio de archivos. Porto Gris estaba despertando con el olor a papel quemado.

​Se tocó el pecho. El cuaderno de cuero seguía allí. Caliente, pero intacto.

​Mateo empezó a correr. Ya no era un archivista. Ya no era una sombra de 7 a 4. Era un hombre con una misión. Mientras se alejaba hacia la neblina de la zona norte, se dio cuenta de que el fuego en el sótano era solo la primera chispa. Las cinco historias que tenía en su poder eran la verdadera dinamita.

​El capítulo termina con Mateo deteniéndose bajo una farola lejana, abriendo su cuaderno y escribiendo con un trozo de carbón que había recogido del suelo:

​"Lunes. El archivo ha muerto. Mateo ha nacido. La ciudad cree que ha perdido su memoria, pero yo la tengo aquí, protegida por el cuero. Mañana, Porto Gris escuchará mi voz."




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