Las Voces Que El Viento Olvido

CAPÍTULO 8: EL SANTUARIO DE LAS SOMBRAS

El aire de la superficie nunca se había sentido tan amargo y, al mismo tiempo, tan necesario. Mateo corría por los callejones laterales del distrito financiero, con los pulmones ardiéndole no solo por el humo inhalado, sino por la adrenalina que le dictaba que cada segundo de vacilación era un paso más cerca de la captura. A sus espaldas, las sirenas de los bomberos empezaban a desgarrar el silencio de Porto Gris, un coro metálico que anunciaba el fin de su antigua vida.

​Se detuvo en la esquina de la Calle Mayor, ocultándose tras una columna de granito negro. El humo que salía de las rejillas del edificio de archivos ya se mezclaba con la neblina perpetua, creando un sudario oscuro que cubría la zona. Mateo se tocó el costado; el cuaderno seguía allí, una presencia sólida y caliente contra sus costillas. Era su única ancla a la realidad.

​"Ya no hay vuelta atrás", pensó. El realismo de su situación lo golpeó con la fuerza de un rayo: había destruido el centro neurálgico del control de la ciudad. Para Gutiérrez y los hombres del abrigo gris, Mateo ya no era un simple archivista curioso; era un terrorista de la información.

​Sabía que no podía volver a su apartamento en San Lorenzo. Sería el primer lugar donde lo buscarían. Necesitaba un lugar que no figurara en ningún registro, un punto ciego en el mapa de una ciudad que se jactaba de saberlo todo. Recordó entonces un lugar que su padre mencionaba cuando el taller de relojería empezó a decaer: una vieja imprenta abandonada en el sector de los muelles, un sitio que legalmente había dejado de existir tras la gran inundación del 82.

​Caminó durante horas, mimetizándose con los trabajadores que salían de los turnos de tarde, bajando la cabeza y ajustándose el cuello del abrigo gris, ahora manchado de hollín. Cada patrulla de la policía que pasaba con las luces apagadas le hacía contener la respiración. En Porto Gris, el peligro no siempre venía con sirenas; a veces venía en un coche negro y silencioso que se detenía a tu lado sin previo aviso.

​Llegó a los muelles cuando la noche ya era una mancha total. El olor a salitre y metal oxidado llenaba el aire. La imprenta era un edificio de ladrillo rojo, medio devorado por la hiedra negra y con las ventanas tapiadas con tablones podridos. Mateo forzó la puerta trasera, que cedió con un gemido de metal cansado.

​Al entrar, el silencio lo envolvió. Era un silencio diferente al del sótano de archivos. Este no era un silencio de olvido impuesto, sino de tiempo detenido. Las viejas prensas de hierro parecían monstruos dormidos en la penumbra. Mateo encendió una pequeña linterna de bolsillo. La luz reveló montañas de tipos de plomo desparramados y rollos de papel amarillento que nunca llegaron a ver una noticia.

​Se sentó en una vieja silla de madera, la única que parecía mantenerse en pie. Sacó el cuaderno. Sus manos aún tenían rastros de ceniza, y al tocar el cuero, sintió que estaba tocando algo sagrado.

​"Lunes noche. La imprenta del olvido," comenzó a escribir, y el sonido de la pluma sobre el papel fue el único latido de la habitación. "He quemado el pasado para salvar el futuro. Porto Gris arde, pero no es el fuego lo que les duele, es el vacío. He dejado de ser el hombre que organiza los secretos para ser el que los libera. Mi padre decía que el tiempo es un engranaje; hoy, yo he metido una piedra en la maquinaria."

​El dramatismo de su soledad en aquella imprenta abandonada era absoluto. Mateo empezó a planear su siguiente movimiento. No bastaba con tener las cinco historias; necesitaba difundirlas. Necesitaba que la enfermera, el anciano del banco y el técnico de comunicaciones supieran que no estaban locos, que su dolor era real y que había pruebas.

​De repente, un ruido en el exterior lo hizo apagar la linterna de golpe. Unos pasos lentos, deliberados, crujían sobre la grava del muelle. Mateo se pegó a la pared, sintiendo el frío del ladrillo en su espalda. A través de una rendija en los tablones de la ventana, vio una silueta. No era un policía. Era una mujer.

​Era Elena, la mujer del parque.

​—Sé que estás ahí, Mateo —susurró ella desde afuera, y su voz, aunque baja, cortó el aire con una urgencia que él reconoció de inmediato—. No busco el cuaderno. Busco justicia. Marcos no murió para que tú te escondieras en las sombras.

​Mateo dudó. El realismo de la traición era una constante en su vida, pero algo en la voz de Elena, un temblor de pérdida genuina, lo hizo ceder. Abrió la puerta apenas unos centímetros.

​—¿Cómo me encontraste? —preguntó él, con la pluma todavía en la mano, como si fuera un arma.

​—Porque yo también soy una recolectora, Mateo. Solo que yo no guardo las voces en cuero, las guardo en el corazón. Porto Gris está cerrando las salidas. Si no salimos de aquí antes del amanecer, seremos solo dos expedientes más en la pila de incineración.

Mateo deja entrar a Elena en la imprenta, mientras en el horizonte, el resplandor naranja del incendio en el edificio de archivos empieza a teñir las nubes de un color sangre. La alianza más peligrosa de Porto Gris acababa de nacer.




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