Las Voces Que El Viento Olvido

CAPÍTULO 9: EL GRITO DE PLOMO

El interior de la vieja imprenta olía a aceite de ballena, polvo estancado y a una esperanza desesperada que parecía filtrarse por las grietas del techo. Mateo observaba a Elena mientras ella se movía entre las sombras con una agilidad que contrastaba con su imagen de mujer derrotada en el parque. La luz de la luna, filtrándose por las rendijas de los tablones, bañaba las máquinas de hierro negro, dándoles un aspecto de altares olvidados de una religión prohibida.

​—Mi padre trabajó aquí antes de que el sistema decidiera que la verdad impresa era demasiado cara de mantener —dijo Elena, acariciando el volante de una vieja prensa Heidelberg—. Decían que estas máquinas eran peligrosas porque no sabían mentir. Si les das tinta y papel, te devuelven la realidad sin filtros.

​Mateo dejó su cuaderno sobre una mesa de madera manchada de tinta seca. El realismo de la escena era sobrecogedor: dos fugitivos rodeados de toneladas de metal muerto, intentando resucitar la voz de una ciudad que había sido obligada a callar.

​—No tenemos mucho tiempo —dijo Mateo, y su voz sonó más firme que nunca—. Gutiérrez y sus hombres estarán peinando cada sótano de la zona sur. Pero ellos no buscan una imprenta que fue borrada de los mapas hace cuarenta años. Buscan a un hombre con un cuaderno. No esperan que el archivista se convierta en editor.

​El plan era tan simple como suicida. Mateo no iba a publicar un libro; iba a publicar "El Grito". Un panfleto de una sola hoja que contendría las cinco historias que había recolectado, desnudando los crímenes del sistema, desde la calle 45 hasta el paciente fantasma del hospital. El dramatismo de la situación radicaba en que, una vez que esas hojas volaran por las calles de Porto Gris, ya no habría escondite posible para ellos.

​Pasaron las siguientes horas en un frenesí de actividad mecánica. Mateo, acostumbrado al orden de los archivos, se encargó de organizar los tipos de plomo. Sus dedos, manchados de hollín del incendio y ahora de grafito, buscaban las letras en las cajas polvorientas. Cada letra que colocaba en el rodillo era una bala disparada contra el silencio de la oficina central.

​"Escuchar puede ser el inicio del fin", escribió Mateo como titular, recordando la frase que ahora definía su existencia.

​Elena, por su parte, logró poner en marcha la prensa manual. El sonido del metal chocando contra el metal rompió el silencio del muelle. Era un ritmo industrial, un latido que parecía responder al incendio que todavía iluminaba el cielo en la distancia.

​—¿Estás listo, Mateo? —preguntó Elena, sosteniendo la primera hoja de papel amarillento que habían rescatado de los almacenes—. Una vez que esto empiece a circular, Porto Gris no volverá a ser la misma. Ellos vendrán por nosotros con todo lo que tienen.

​—Ellos ya vinieron por nosotros antes de que hiciéramos nada —respondió Mateo, mirando el cuaderno de cuero que ahora servía de guía para la impresión—. Mi padre murió en silencio esperando que alguien hablara por él. Yo no voy a cometer el mismo error.

​La prensa empezó a escupir hojas. El realismo del proceso era hipnótico: el olor a tinta fresca mezclándose con el aire salino del puerto, el crujido del papel y la imagen de las palabras de Mateo multiplicándose por cientos. En cada hoja, la historia de la enfermera, del anciano, de Marcos y de la calle 45 tomaba una forma física, indestructible.

​De repente, el sonido de un motor potente se escuchó en el muelle exterior. Una luz blanca e intensa barrió las ventanas tapiadas, filtrándose por las rendijas. Mateo y Elena se quedaron petrificados. El dramatismo del momento les cortó la respiración.

​—Nos han encontrado —susurró Elena, apagando la linterna de un manotazo.

​—No —dijo Mateo, asomándose con cuidado—. Es un camión de reparto de periódicos. Está haciendo la ruta de la madrugada. Es nuestra oportunidad.

​Mateo comprendió que no podían repartir los panfletos a mano. Necesitaban usar el mismo sistema que la ciudad usaba para desinformar. Con una audacia que nunca creyó tener, cargó los fardos de panfletos recién impresos y, aprovechando la oscuridad y la neblina del puerto, se deslizó hacia la parte trasera del camión mientras el conductor cargaba cajas de suministros en un almacén cercano.

​Mateo regresando a la imprenta, jadeando, mientras el camión se aleja hacia el centro de la ciudad cargado con miles de copias de la verdad prohibida. Mateo mira sus manos: están negras de tinta y plomo, pero por primera vez en treinta años, se sienten limpias.

​"Mañana, el viento ya no olvidará nada," escribió en la última página libre de su cuaderno, antes de cerrar la puerta de la imprenta para siempre.




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