Las Voces Que El Viento Olvido

CAPÍTULO 10: EL DESPERTAR DE LAS CENIZAS

El sol de Porto Gris nunca salía con esplendor; simplemente se filtraba a través de la polución como una herida que no termina de cerrar. Pero ese martes, la luz reveló algo que el sistema no pudo ocultar. Por toda la Avenida de los Mártires, en las estaciones de metro y pegados en las puertas de cristal de los bancos, los panfletos de "El Grito" ondeaban al viento como banderas de una guerra que nadie sabía que había comenzado.

​Mateo y Elena observaban desde el piso superior de un edificio en construcción frente a la Plaza Central. El realismo del caos era fascinante: la gente, que normalmente caminaba con la vista clavada en el asfalto, se detenía. Un obrero recogió una hoja del suelo; una mujer con maletín leyó el titular en una parada de autobús y se llevó la mano a la boca. El dramatismo de ver a una ciudad entera recuperando la memoria en tiempo real era el pago más grande que Mateo podía recibir.

​—Mira sus caras, Elena —susurró Mateo, con la voz rota por el cansancio y el frío—. No están leyendo papel; están leyendo sus propias vidas.

​—El sistema está reaccionando —respondió Elena, señalando hacia el edificio de la Administración Central—. Mira los coches negros. Gutiérrez no va a dejar que esto pase del mediodía.

​Efectivamente, los hombres del abrigo gris estaban desplegados. Arrancaban los panfletos con furia, pero por cada uno que quitaban, diez ciudadanos más ya se habían pasado la información de boca en boca. La verdad en Porto Gris ya no era un archivo físico que se pudiera quemar; era un virus de conciencia.

​De repente, el megáfono de la plaza tronó. Una voz metálica y distorsionada, que Mateo reconoció de inmediato como la de Gutiérrez, llenó el aire.

​—Atención ciudadanos. Se ha detectado la circulación de material subversivo y falso. Cualquier persona que posea estos documentos será procesada por traición. Entreguen los panfletos a los oficiales de seguridad de inmediato.

​—Quiere asustarlos —dijo Mateo, apretando el cuaderno de cuero contra su pecho—. Pero no se puede asustar a quien ya sabe que lo han estado engañando toda la vida.

​—Mateo, tenemos que movernos —urgió Elena—. Ellos saben que solo alguien con acceso a los archivos pudo escribir esos detalles sobre la calle 45. Vienen hacia aquí.

​El realismo de la persecución final comenzó en ese instante. Bajaron por las escaleras de emergencia mientras el sonido de las sirenas se cerraba sobre ellos como una red. Al llegar al callejón trasero, un coche negro bloqueaba la salida. Gutiérrez bajó del asiento trasero, sosteniendo un fardo de panfletos arrugados en una mano y una pistola en la otra. El dramatismo de su rostro, antes aburrido y cínico, ahora estaba desfigurado por un odio puro.

​—Lo lograste, Mateo —dijo Gutiérrez, con una voz que era un siseo venenoso—. Has quemado mi oficina, has llenado la ciudad de basura y has firmado tu propia desaparición. ¿Realmente creíste que un cuaderno de cuero podría derribar un imperio de concreto?

​—El concreto se agrieta, Gutiérrez —respondió Mateo, dando un paso al frente para cubrir a Elena—. Pero las voces que escuché son eternas. Usted puede matarme, pero no puede des-escuchar lo que ya sabe. Usted también es una víctima de este sistema, un archivista que olvidó que él mismo es una historia.

​Gutiérrez levantó el arma, pero su mano temblaba levemente. Por primera vez en décadas, el orden de Porto Gris estaba fuera de su control. El silencio que siguió fue el más denso de toda la obra. No era el silencio de los archivos, sino el silencio antes de la ejecución o de la revolución.

​En ese momento, desde la calle principal, se escuchó un grito colectivo. No era un grito de dolor, sino de protesta. La multitud, armada con los panfletos de "El Grito", empezaba a rodear el callejón. El realismo de la masa humana moviéndose por una idea dejó a Gutiérrez paralizado. Los hombres del abrigo gris retrocedieron, superados por el número.

​Ya con Mateo mirando directamente a los ojos de su antiguo jefe, mientras el cuaderno de cuero brilla bajo la luz pálida del sol. La frase de la portada resonaba en el aire como una profecía cumplida: "Escuchar puede ser el inicio del fin". El fin de Porto Gris como la conocían, y el inicio de algo que Mateo aún no se atrevía a llamar libertad.




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