Las Voces Que El Viento Olvido

CAPÍTULO 11: EL PESO DE LA VERDAD

El callejón se había convertido en un microcosmos de la guerra que consumía a Porto Gris. Frente a frente, el archivista y su verdugo; a sus espaldas, el rugido de una ciudad que reclamaba su derecho a recordar. Gutiérrez sostenía el arma con la desesperación de quien ve cómo su mundo se deshace entre los dedos. La luz fría del mediodía caía sobre ellos, revelando cada detalle con un realismo descarnado: el sudor en la frente de Gutiérrez, las cenizas que aún manchaban el abrigo de Mateo y el brillo desafiante en los ojos de Elena.

​—¡Atrás! —gritó Gutiérrez hacia la multitud que se asomaba por la entrada del callejón—. ¡Esto es un asunto de seguridad nacional! ¡Este hombre es un criminal!

​—El único crimen en esta ciudad es el olvido, Gutiérrez —respondió Mateo, manteniendo la calma de quien ya no tiene nada que perder—. Y usted ha sido el cómplice principal. Mire a su alrededor. Ya no hay archivos que quemar, ni montacargas por donde tirar a la gente. Solo queda la verdad.

​El dramatismo de la escena se intensificó cuando los dos hombres del abrigo gris, los ejecutores personales de la oficina, bajaron sus armas. Se miraron entre sí y luego a la multitud de obreros, estudiantes y ancianos que sostenían los panfletos de Mateo como si fueran escudos. El sistema, diseñado para funcionar en la oscuridad, se estaba asfixiando bajo la luz de la conciencia colectiva.

​—¿Qué hacen? ¡Dispárenle! —ordenó Gutiérrez, pero su voz sonó rota, pequeña frente al estruendo de la ciudad.

​Elena dio un paso al frente, sacando de su bolso un pequeño grabador de cinta, una reliquia que Marcos le había entregado antes de morir.

—No solo tenemos el cuaderno, Gutiérrez. Tenemos las voces reales. Tenemos el testimonio de lo que pasó en la calle 45 y los nombres de los que dieron la orden. Si nos matan aquí, el audio ya está programado para emitirse por la frecuencia de emergencia de la radio central.

​Era la última carta. El farol definitivo que Mateo y Elena habían preparado en la imprenta. El realismo del pánico en el rostro de Gutiérrez fue total. Él sabía que una vez que esas voces salieran al aire, no habría ejército ni muro de concreto que pudiera proteger a los altos mandos de la Administración.

​Mateo sacó su cuaderno de cuero y lo levantó en alto.

—Este libro no es mío. Es de todos ustedes. Aquí están sus hijos desaparecidos, sus propiedades robadas y sus sueños archivados. Hoy, el archivo se abre para siempre.

​En un gesto de valentía suprema, Mateo caminó directamente hacia Gutiérrez. El cañón de la pistola rozó el pecho del archivista, justo sobre el lugar donde latía su corazón y donde guardaba el cuaderno. Por un segundo, el tiempo se detuvo en Porto Gris. El silencio fue tan absoluto que se podía escuchar el goteo de agua de una tubería cercana.

​Gutiérrez cerró los ojos y, con un sollozo ahogado, bajó el arma. La dejó caer sobre el pavimento con un sonido metálico que marcó el fin de su autoridad. Se hundió de rodillas, cubriéndose el rostro con las manos. Ya no era el supervisor temido; era solo un hombre anciano y gris, aplastado por el peso de los secretos que había ayudado a custodiar.

​La multitud entró en el callejón, pero no para linchar, sino para rodear a Mateo. El dramatismo se transformó en una catarsis colectiva. La gente tocaba el cuaderno de cuero como si fuera una reliquia sagrada. Mateo sintió manos callosas, manos jóvenes y manos temblorosas estrechar las suyas. El realismo de la conexión humana borró años de soledad en la oficina.

​—Tenemos que ir a la torre de radio —dijo Elena, tomándolo del brazo—. El sistema sigue vivo en las sombras. Tenemos que terminar lo que empezamos.

​Caminaron a través de la plaza, ya no como fugitivos, sino como líderes de una procesión espontánea. Porto Gris estaba cambiando de color; el gris industrial empezaba a ceder ante el calor de la gente en las calles. Mateo miró hacia atrás por un instante y vio el edificio de archivos humeando en la distancia. El pasado ardía, pero por primera vez, el futuro tenía voz. Mateo subiendo las escaleras de la emisora central de radio, con el cuaderno de cuero abierto en la página uno. Iba a leerle a la ciudad entera lo que el viento nunca debió olvidar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.