Las Voces Que El Viento Olvido

CAPÍTULO 12: EL DÍA DEL JUICIO FINAL

Cuando Mateo se paró frente al micrófono de la emisora central de Porto Gris, el silencio que se produjo en la ciudad no fue el de la opresión, sino el de la expectativa. Elena, a su lado, le dio un apretón en la mano. Sus dedos estaban manchados de tinta y hollín, pero sus ojos brillaban con la luz de mil soles. Mateo abrió el cuaderno de cuero, cuyas páginas estaban ya desgastadas por el sudor y la urgencia, y empezó a leer.

​Su voz recorrió cada callejón, cada plaza y cada hogar de Porto Gris a través de los altavoces. Leyó sobre la Calle 45, sobre el año 89, sobre los "fantasmas" de los hospitales y las tierras robadas. El dramatismo de su narración, cargado de un realismo descarnado, desnudó la estructura misma del Gobierno de Sombras que había gobernado la ciudad por décadas.

​—"No soy un héroe", dijo Mateo a través de las ondas radiales, "soy solo un hombre que aprendió a escuchar cuando todos los demás fueron obligados a callar. Y lo que escuché es el eco de sus propios gritos."

​La reacción fue inmediata y sísmica. Lo que comenzó como una protesta en la plaza se convirtió en un levantamiento civil imparable. Pero esta vez, las fuerzas de seguridad no dispararon. Muchos de los oficiales, al escuchar las historias de Mateo, reconocieron los nombres de sus propios familiares desaparecidos o estafados. La cadena de mando se rompió en vivo y en directo.

​En las horas siguientes, Porto Gris vivió un realismo político sin precedentes. El Alto Consejo, los ministros involucrados en las masacres escondidas y los directores de las agencias de inteligencia intentaron huir hacia los helipuertos privados, pero el pueblo, guiado por la información de los fardos impresos y las transmisiones de Mateo, bloqueó cada salida.

​El dramatismo alcanzó su punto más alto cuando las fuerzas militares internacionales, alertadas por la difusión masiva de la verdad, intervinieron no para reprimir, sino para asegurar la detención de los culpables. Mateo observó desde el balcón de la emisora cómo los hombres que antes se sentían dioses de concreto eran sacados de sus mansiones y oficinas blindadas.

​Vio al Ministro de Interior, el arquitecto de las desapariciones del 89, ser esposado frente a una multitud que guardaba un silencio sepulcral, un silencio de juicio. Vio a los analistas de seguridad que habían ordenado la muerte de Marcos ser escoltados hacia los furgones policiales. El sistema de archivos que Mateo había quemado físicamente se estaba reconstruyendo ahora en forma de pruebas judiciales irrefutables.

​Las semanas que siguieron fueron un torbellino de justicia. Los tribunales especiales, creados bajo la presión de una ciudadanía que ya no aceptaba menos que la verdad total, dictaron sentencias que Porto Gris nunca creyó posibles.

​—Cadena perpetua —resonó la voz del juez principal en el Gran Salón de Justicia—. Por crímenes de lesa humanidad, por la masacre de la Calle 45, por la manipulación sistemática de la memoria histórica y por la muerte de miles de ciudadanos cuyos nombres fueron borrados por el estado.

​Gutiérrez, el supervisor de Mateo, fue condenado no solo por sus acciones, sino por su silencio cómplice. El realismo de ver a esos hombres poderosos reducidos a números de celda, exactamente lo que ellos hicieron con la gente, fue la mayor catarsis de la historia de la ciudad.

​Mateo fue llamado a declarar en cada uno de los juicios. Cada vez que subía al estrado, llevaba consigo el cuaderno de cuero. El libro ya no era un secreto; era la prueba número uno del renacimiento de una nación. Mateo, el archivista que nadie veía, se convirtió en el testigo que nadie pudo ignorar.

​Sin embargo, a pesar de la justicia y las condenas, Mateo sentía que su tarea aún no había terminado. Los culpables estaban en la cárcel, sí, pero la ciudad todavía tenía heridas profundas que no se curaban con sentencias de cadena perpetua. Mateo caminando por los pasillos vacíos y carbonizados de su antigua oficina en el Sótano B. Entre las cenizas, encontró un pequeño objeto que el fuego no pudo destruir: el reloj de bolsillo de su padre, Elías.

​El engranaje estaba roto, pero el tiempo, por fin, le pertenecía a él.




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