Un año después de que el fuego purificara el Sótano B, Porto Gris ya no era la misma ciudad. Aunque el cielo seguía siendo del color de la ceniza de vez en cuando, ya no se sentía como una losa de concreto sobre las almas de sus habitantes. Las ventanas de los edificios, antes tapiadas por el miedo y la desconfianza, ahora estaban abiertas, dejando que las voces de la gente fluyeran libres por las avenidas.
Mateo caminaba por el Parque de los Suspiros. Ya no llevaba su abrigo gris ceniza; ahora vestía uno de color azul profundo, como si hubiera decidido que su identidad ya no necesitaba mimetizarse con el asfalto. El parque había cambiado: los leones de piedra de la entrada habían sido restaurados, y bajo el roble centenario, el banco donde Mateo escuchó sus cinco historias fundamentales ahora tenía una pequeña placa de bronce que decía: "A los que escucharon cuando nadie hablaba".
Se sentó en su lugar de siempre. El realismo de la paz era extraño para él. Durante décadas, su cuerpo había estado programado para la paranoia, pero ahora, el único sonido que buscaba era el del viento entre las hojas.
Elena se acercó por el sendero lateral. No traía prisa, ni miraba por encima del hombro. Se sentó a su lado y le entregó un ejemplar recién impreso de un libro. La portada era de un cuero rústico, idéntico al cuaderno original de Mateo.
—La primera edición ya se agotó, Mateo —dijo ella con una sonrisa suave—. Parece que la gente de Porto Gris tiene hambre de verdad. Ya no quieren olvidar.
Mateo tomó el libro entre sus manos. Sus dedos recorrieron el relieve de las letras:
"Las voces que el viento olvidó".
Al abrirlo, sintió el aroma de la tinta fresca, un olor que ahora asociaba con la libertad y no con la burocracia. El dramatismo de ver sus notas convertidas en el pilar de la nueva historia de la ciudad le llenó los ojos de una humedad que no intentó ocultar.
—¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó Elena—. El nuevo gobierno quiere que dirijas el Departamento de Memoria Histórica. Dicen que nadie conoce los archivos mejor que tú.
Mateo miró hacia el horizonte, donde el sol lograba finalmente romper la neblina, bañando la ciudad con una luz dorada y pura.
—Ya he pasado suficiente tiempo entre expedientes y sombras, Elena. El archivo de mi padre ya fue restaurado, y los culpables están donde deben estar. Ahora... ahora quiero aprender a escuchar mi propia voz. Por primera vez en treinta años, no tengo que anotar lo que otros dicen para sentir que existo.
Se levantó del banco y, en un gesto cargado de simbolismo, dejó su viejo cuaderno de cuero vacío sobre el asiento. Ya no lo necesitaba. Las historias ya no estaban atrapadas en páginas; estaban vivas en la gente que caminaba por el parque, en los niños que jugaban sin miedo y en las leyes que ahora protegían la verdad.
Caminaron juntos hacia la salida del parque. Porto Gris estaba despertando a una nueva era. La reconstrucción sería dura, pero el dramatismo del silencio impuesto había terminado para siempre. Mateo se detuvo un segundo antes de salir a la avenida principal y miró hacia atrás. El viento sopló con fuerza, pero esta vez no se llevó nada; solo trajo el eco de una ciudad que, por fin, se atrevía a soñar en voz alta.
El cuaderno de cuero sobre el banco del parque, abierto por el viento en una página en blanco, esperando a que la nueva historia de Porto Gris fuera escrita, no con el miedo de un archivista, sino con la esperanza de un pueblo libre.