Las Voces Que Solo Él Escucha

Capítulo 1: El susurro

Adrián siempre había tenido la extraña sensación de no estar completamente solo. No era un miedo constante ni algo que lo paralizara, sino una presencia sutil, casi imperceptible, que se escondía en los silencios. Desde niño aprendió a convivir con ello, a ignorar esa inquietud que aparecía cuando todo estaba demasiado quieto, como si el mundo contuviera la respiración por algo que él no lograba ver. Muchas veces intentó convencerse de que era imaginación, una mala jugada de su mente, pero en el fondo sabía que no era tan simple.

La primera vez que escuchó una voz tenía ocho años. Estaba en su habitación, jugando en el suelo, cuando alguien pronunció su nombre con una claridad que no dejaba lugar a dudas.

—Adrián…

Alzó la cabeza de inmediato, mirando a su alrededor.

—¿Mamá? —respondió, esperando escucharla desde la cocina o el pasillo.

Pero no hubo respuesta.

Se levantó, recorrió la casa y comprobó lo que ya sospechaba: estaba completamente solo. Aquella noche no pudo dormir. Y tampoco fue la última vez. Con el paso de los años, las voces regresaban en momentos inesperados. A veces eran apenas un murmullo, otras veces tan claras que parecía que alguien estaba justo a su lado. Nunca se lo dijo a nadie. Sabía lo que pensarían. Sabía cómo lo mirarían.

Con el tiempo aprendió a ignorarlas, a seguir adelante como si no existieran. Se repitió tantas veces que todo estaba en su mente, que terminó creyéndolo… o al menos lo intentó. Pero hubo algo que nunca pudo controlar: la sensación de que, de alguna manera, aquello también lo observaba.

La noche en que llegó al nuevo pueblo, esa sensación regresó con más fuerza.

El aire era distinto. Más frío, más pesado. Adrián caminaba por una calle casi vacía, iluminada apenas por luces amarillentas que parpadeaban de vez en cuando. Las casas eran antiguas, demasiado silenciosas, como si escondieran historias que nadie quería contar. La neblina comenzaba a deslizarse por el suelo, envolviendo todo con una calma inquietante.

Había decidido mudarse para empezar de nuevo. Lejos de todo, lejos del ruido… y lejos de las voces.

O eso esperaba.

—Tal vez aquí todo cambie… —murmuró para sí mismo, aunque su voz sonó menos convencida de lo que hubiera querido.

Metió las manos en los bolsillos y siguió caminando, pero algo dentro de él no estaba en paz. Era esa misma sensación otra vez. Esa incomodidad sutil que se instalaba en su pecho sin razón aparente.

Entonces se detuvo.

No sabía por qué.

Simplemente… lo hizo.

Y fue ahí cuando la escuchó.

—Ven…

El susurro fue tan claro que le heló la sangre.

Adrián giró la cabeza lentamente, buscando a alguien, cualquier cosa que explicara lo que acababa de oír.

—¿Hay alguien ahí? —preguntó, con la voz más firme de lo que realmente se sentía.

No hubo respuesta.

Solo la neblina moviéndose suavemente… y el silencio.

Pero la sensación no desapareció.

Al contrario, se intensificó.

—Ven…

Esta vez fue más cercano.

Más directo.

El corazón de Adrián comenzó a latir con fuerza mientras sus ojos recorrían la calle hasta detenerse en una casa.

Era imposible no verla.

Vieja, abandonada, con las ventanas rotas y la pintura descascarada, como si el tiempo la hubiera olvidado. El jardín estaba completamente cubierto de maleza y la puerta principal colgaba ligeramente abierta, moviéndose apenas con el viento.

Sintió un escalofrío.

—No… —susurró, negando con la cabeza—. No voy a ir.

Pero sus pies no parecían escuchar.

Dio un paso.

Luego otro.

Esto está mal… pensó, intentando detenerse.

Pero no podía.

Había algo que lo atraía.

Algo que lo llamaba desde dentro de esa casa.

—Adrián…

Su nombre.

Dicho con una familiaridad inquietante.

Esta vez no venía de lejos.

Venía de la casa.

Levantó la mirada lentamente.

Y entonces la vio.

Una silueta en la ventana del segundo piso.

Oscura.

Inmóvil.

Observándolo.

Adrián sintió cómo el aire abandonaba sus pulmones. No podía apartar la mirada. Algo en esa figura lo mantenía atrapado, como si sus ojos estuvieran conectados a ella.

—Esto no es real… —murmuró, casi sin voz.

La silueta se movió.

Fue un gesto leve, apenas un cambio de posición, pero suficiente para romper cualquier duda.

Aquello no era su imaginación.

Su mano comenzó a temblar mientras se acercaba lentamente a la puerta. El frío se volvió más intenso, envolviéndolo por completo.

No entres…

Su propia mente gritaba.

Pero no se detenía.

Estaba demasiado cerca.

Y justo cuando levantó la mano para tocar la puerta…

—No deberías escuchar esas voces.

La voz lo hizo retroceder de inmediato.

No era la misma.

Era humana.

Real.

Adrián se giró bruscamente, con el corazón desbocado.

Una chica estaba de pie a unos metros de él, parcialmente cubierta por la niebla. Su cabello oscuro caía sobre sus hombros, y sus ojos lo observaban con una intensidad que lo hizo sentirse expuesto, como si pudiera ver todo lo que intentaba ocultar.

—¿Qué dijiste? —preguntó, aún alterado.

Ella dio un paso hacia él.

—Las voces —respondió con calma—. No todas quieren ayudarte.

Adrián sintió un nudo en la garganta.

—No sé de qué hablas.

Ella lo miró fijamente.

—Sí lo sabes.

El silencio entre ellos se volvió incómodo.

Pesado.

—¿Quién eres? —preguntó finalmente.

—Elena.

Su nombre quedó suspendido en el aire.

—Tienes que irte —añadió ella, mirando brevemente la casa—. Este lugar no es para ti.



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En el texto hay: susoenso y amor, suspence

Editado: 22.03.2026

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