Adrián no se movió.
El susurro aún parecía vibrar en el aire, tan cercano que le resultaba imposible convencerse de que no había sido real. Su cuerpo se tensó por completo, y una sensación fría comenzó a recorrerle la espalda, instalándose en su nuca como una advertencia silenciosa. No necesitaba verlo para saberlo.
Había algo detrás de él.
Su respiración se volvió irregular. Intentó convencerse de que era su mente otra vez, que todo era producto del miedo, de la sugestión, de la oscuridad. Pero esa explicación ya no era suficiente. No después de lo que había visto. No después de lo que había escuchado.
—Adrián…
La voz volvió a pronunciar su nombre, más lenta, más profunda.
Más cerca.
Él cerró los ojos por un instante, apretando los puños.
—No mires —dijo Elena de pronto, en voz baja pero firme—. No le des eso.
Adrián tragó saliva.
—¿Dar qué…? —preguntó, sin atreverse a girarse.
Elena se acercó un poco más a él. Podía sentir su presencia ahora, cálida en contraste con el frío que lo envolvía.
—Tu atención —respondió—. Eso es lo que quiere.
El silencio que siguió fue insoportable.
Adrián abrió los ojos lentamente, mirando al frente, tratando de ignorar la presión que sentía detrás de él. Pero era imposible. Era como si algo estuviera inclinándose hacia su oído, observándolo, esperando.
—Sigue ahí… —murmuró.
—Sí —dijo Elena sin dudar—. Y no se va a ir fácilmente.
Adrián respiró hondo, intentando recuperar el control.
—¿Qué es eso?
La pregunta quedó suspendida en el aire.
Elena no respondió de inmediato. Sus ojos se movieron lentamente hacia la niebla que rodeaba la calle, como si estuviera buscando algo que solo ella podía percibir.
—No lo sé exactamente —dijo al fin—. Pero sé que no es bueno.
Eso no ayudó.
Adrián dejó escapar una risa nerviosa, sin humor.
—Genial… eso definitivamente no ayuda.
Elena no reaccionó.
—Escúchame —dijo, acercándose un poco más—. Esto no es como antes para ti. ¿Verdad?
Adrián dudó.
—No… —admitió finalmente—. Antes solo escuchaba cosas… voces… pero esto… esto es diferente.
—Lo sé —respondió ella—. Porque ahora no solo estás escuchando.
Adrián la miró.
—¿Entonces qué está pasando?
Elena sostuvo su mirada unos segundos.
—Ahora algo te está respondiendo.
El aire se volvió más frío.
Más pesado.
Adrián sintió cómo su corazón comenzaba a latir con más fuerza.
—Eso no es posible…
—Lo es —dijo Elena con firmeza—. Y es peligroso.
Un crujido suave interrumpió el momento.
Ambos se quedaron en silencio.
El sonido no venía de la casa.
Venía de la calle.
Adrián sintió cómo su cuerpo reaccionaba antes que su mente. Sus músculos se tensaron, y lentamente comenzó a girar la cabeza, ignorando la advertencia de Elena.
—Adrián, no—
Pero ya era tarde.
Lo vio.
Al principio parecía solo una distorsión en la niebla, una forma indefinida que no terminaba de tomar consistencia. Pero poco a poco comenzó a hacerse más clara, más presente, como si el aire mismo se estuviera moldeando alrededor de algo.
Una silueta.
Alta.
Oscura.
Inmóvil.
No tenía un rostro definido, pero Adrián sabía, con una certeza escalofriante, que lo estaba mirando.
—No… —susurró, retrocediendo un paso.
Elena apretó su brazo.
—No lo mires —repitió, más tensa ahora—. No lo hagas.
Pero Adrián no podía apartar la vista.
Era como si algo dentro de él lo obligara a observar.
A reconocer.
Y entonces la voz volvió.
Más clara que nunca.
—Por fin…
El sonido no vino del exterior.
Vino desde dentro.
Desde algún lugar profundo en su mente… o tal vez más allá de ella.
Adrián sintió un mareo repentino. El suelo pareció moverse bajo sus pies, y por un instante todo a su alrededor se distorsionó. La figura frente a él pareció inclinarse ligeramente, como si se acercara sin moverse realmente.
—Te encontré…
Adrián llevó una mano a su cabeza, apretando con fuerza.
—¡Basta! —exclamó, cerrando los ojos.
Elena lo sostuvo antes de que perdiera el equilibrio.
—Respira —le dijo—. No dejes que entre.
—¿Que entre? —repitió él, confundido y alterado.
—Eso quiere —respondió ella—. No solo quiere que lo veas… quiere estar dentro.
El miedo se transformó en algo más profundo.
Algo más real.
Adrián abrió los ojos de golpe.
La silueta seguía ahí.
Más definida.
Más cercana.
—No… —murmuró—. Esto no está pasando…
—Sí está pasando —dijo Elena, mirándolo con intensidad—. Y si no te alejas ahora, no vas a poder detenerlo después.
Un silencio pesado cayó entre ellos.
La figura no se movía.
Pero tampoco desaparecía.
Seguía ahí.
Observando.
Esperando.
Adrián sintió cómo su pecho subía y bajaba con dificultad.
—¿Qué hago…? —preguntó, con la voz quebrada.
Elena no dudó esta vez.
—Ven conmigo.
Lo sujetó con más fuerza y comenzó a jalarlo suavemente, alejándolo de la casa. Al principio, Adrián no reaccionó. Sus ojos seguían fijos en la silueta, como si una parte de él no quisiera irse.
—Adrián —insistió Elena—. Si te quedas… te va a seguir.
Esa frase fue suficiente.
Apartó la mirada de golpe.
Y en ese instante, la silueta pareció reaccionar.
Un leve movimiento.
Casi imperceptible.
Pero lleno de intención.
Adrián sintió un escalofrío recorrer todo su cuerpo.
—Vámonos… —murmuró.
Comenzaron a caminar rápidamente, alejándose de la casa, de la niebla, de esa presencia que no dejaba de sentirse detrás de ellos.
Pero incluso cuando la figura desapareció de su vista…
la sensación no se fue.
Seguía ahí.
Como una sombra pegada a su espalda.
Como una respiración que no era suya.