El camino de regreso se sintió más largo de lo normal.
Adrián caminaba junto a Elena sin decir una sola palabra, pero su mente no dejaba de moverse. Cada sonido, cada sombra, cada pequeño movimiento en la oscuridad parecía tener una intención. No podía sacarse de la cabeza la imagen de aquella silueta, ni la forma en que había sentido su voz… no desde fuera, sino desde dentro.
Era como si algo hubiera cambiado.
Como si algo se hubiera quedado con él.
—¿Siempre es así? —preguntó finalmente, rompiendo el silencio.
Su voz sonó más cansada de lo que esperaba.
Elena no lo miró de inmediato.
—No —respondió—. Pero contigo… es más fuerte.
Adrián frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Elena suspiró suavemente, como si estuviera decidiendo cuánto debía decir.
—Significa que no fue casualidad —dijo—. Esa cosa… no apareció por accidente.
Adrián se detuvo.
—Entonces, ¿qué? ¿Me estaba esperando?
Elena también se detuvo, girándose lentamente hacia él.
—No —respondió en voz baja—. Te estaba buscando.
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier ruido.
Adrián sintió cómo su pecho se contraía.
—Eso no tiene sentido… —murmuró, negando con la cabeza—. Yo nunca he estado aquí antes.
—No necesitas haber estado aquí —dijo Elena—. Hay cosas que no siguen nuestras reglas.
Adrián la observó con atención. Había algo en su forma de hablar, en su mirada… algo que le decía que no estaba inventando nada.
Y eso era lo más aterrador.
—¿Desde cuándo sabes todo esto? —preguntó.
Elena dudó un instante.
—Desde hace tiempo.
—¿Y por qué no le dices a alguien? —insistió él—. Esto… esto no es normal.
Elena dejó escapar una pequeña sonrisa sin humor.
—¿A quién? —preguntó—. ¿A la policía? ¿A un doctor? ¿Qué crees que dirían?
Adrián no respondió.
Porque ya lo sabía.
Dirían lo mismo que siempre.
Que no era real.
Que estaba en su cabeza.
Siguieron caminando en silencio hasta llegar a una esquina iluminada por una farola tenue. La luz amarillenta rompía un poco la oscuridad, pero no lo suficiente como para hacerlo sentir seguro.
Adrián se detuvo nuevamente.
—No quiero volver solo —admitió, bajando la mirada.
Elena lo observó.
Había algo diferente en él ahora. Ya no era solo miedo. Era una mezcla de confusión, cansancio… y algo más.
Vulnerabilidad.
—No deberías —respondió ella—. No esta noche.
Adrián levantó la mirada lentamente.
—Entonces… ¿qué hago?
Elena dudó.
Por un momento pareció luchar consigo misma.
—Puedes quedarte conmigo un rato —dijo finalmente—. Hasta que… se calme.
Adrián sintió un leve alivio, aunque no desapareció del todo la tensión en su cuerpo.
—Gracias… —murmuró.
Elena asintió y comenzó a caminar nuevamente, esta vez guiándolo por calles más estrechas, menos iluminadas. El silencio entre ellos ya no era tan incómodo, pero seguía cargado de cosas no dichas.
Después de unos minutos, llegaron a una casa pequeña, alejada del resto.
—Aquí vivo —dijo Elena.
Adrián miró el lugar. No era tan viejo como la otra casa, pero tampoco se sentía completamente normal. Había algo en el ambiente… algo difícil de explicar.
Entraron.
El interior era sencillo, pero acogedor. Aun así, Adrián no pudo evitar sentir esa misma presión leve en el pecho.
Como si algo hubiera entrado con él.
—Siéntate —dijo Elena.
Adrián obedeció, dejándose caer en una silla mientras pasaba una mano por su rostro.
—Esto es demasiado… —murmuró—. No entiendo nada.
Elena se apoyó contra la pared, observándolo.
—No tienes que entenderlo todo ahora.
—Pero lo siento —dijo él, levantando la mirada—. Siento que algo está mal… como si no se hubiera ido.
Elena no respondió de inmediato.
—Porque no se ha ido.
Adrián se quedó en silencio.
—¿Entonces qué hago? —preguntó, casi desesperado—. ¿Cómo lo detengo?
Elena lo miró fijamente.
—Primero… tienes que aceptar que es real.
Adrián bajó la mirada.
Eso era lo más difícil.
Porque aceptar eso significaba que todo lo que había evitado durante años… era cierto.
El cansancio comenzó a caer sobre él de golpe. Su cuerpo ya no respondía igual, y sus pensamientos se volvían más pesados.
—Estoy cansado… —murmuró.
—Duerme un poco —dijo Elena—. Yo estaré aquí.
Adrián dudó.
—¿Y si… vuelve?
Elena sostuvo su mirada.
—Si vuelve… no estarás solo.
Esa frase, simple, fue suficiente.
Adrián asintió levemente y cerró los ojos.
El sueño llegó más rápido de lo esperado.
Pero no fue un descanso.
Fue una caída.
Una caída profunda en la oscuridad.
Y entonces…
la vio otra vez.
La casa.
Pero esta vez estaba dentro.
El aire era más frío, más pesado. Las paredes parecían moverse ligeramente, como si respiraran. El silencio era absoluto… demasiado absoluto.
—Adrián…
La voz.
Más clara.
Más cerca.
Giró lentamente.
La silueta estaba frente a él.
Ahora más definida.
Más real.
—No puedes irte… —susurró.
Adrián intentó moverse.
No pudo.
Su cuerpo no respondía.
—Ya estás aquí…
La oscuridad comenzó a cerrarse a su alrededor.
Y justo antes de que todo desapareciera…
despertó.
Se incorporó de golpe, respirando agitado.
El cuarto seguía en silencio.
Elena estaba frente a él.
—Lo viste, ¿verdad? —preguntó ella en voz baja.
Adrián la miró, aún alterado.
—No fue un sueño… —murmuró.
Elena negó suavemente.
—No.
Adrián sintió cómo el miedo volvía, más fuerte que antes.
Porque ahora entendía algo.
No importaba dónde estuviera.
No importaba si cerraba los ojos.
Aquello…
podía alcanzarlo en cualquier lugar.