Las Voces Que Solo Él Escucha

Capítulo 4: La marca

Adrián tardó varios segundos en recuperar la respiración.

El corazón le latía con fuerza, como si intentara escapar de su pecho, y el sudor frío le recorría la espalda. Aún podía ver la casa en su mente, sentir el aire denso, escuchar aquella voz que ya no parecía un simple susurro.

Era demasiado real.

—Tranquilo… —dijo Elena en voz baja—. Ya pasó.

Pero Adrián negó con la cabeza de inmediato.

—No… —murmuró—. No pasó.

Se llevó una mano al pecho, como si intentara calmar el ritmo acelerado de su corazón.

—Estaba ahí… —continuó—. No era un sueño. Podía sentirlo… como si estuviera dentro.

Elena lo observó en silencio. Su expresión no mostraba sorpresa, pero sí una preocupación que intentaba ocultar.

—Te está alcanzando más rápido de lo que pensé —dijo finalmente.

Adrián levantó la mirada.

—¿Qué significa eso?

Elena dudó un instante, como si no estuviera segura de decirlo.

—Significa que ya no solo te sigue… —respondió—. Está empezando a entrar en ti.

El silencio cayó de golpe.

Adrián sintió cómo esas palabras se clavaban en su mente.

—No… —susurró—. Eso no es posible.

—Lo es —dijo Elena con firmeza—. Y si no lo detenemos… va a empeorar.

Adrián se puso de pie rápidamente, caminando unos pasos por la habitación.

—¿Detenerlo cómo? —preguntó, alterado—. Ni siquiera sé qué es.

Elena lo miró fijamente.

—Yo tampoco lo sé completamente —admitió—. Pero sé lo que hace.

Adrián se detuvo.

—¿Qué hace?

Elena respiró hondo antes de responder.

—Se alimenta.

Adrián frunció el ceño.

—¿De qué?

Elena sostuvo su mirada.

—De ti.

Esas palabras hicieron que el aire se volviera aún más pesado.

Adrián sintió un escalofrío recorrer todo su cuerpo.

—No… —repitió, negando—. No tiene sentido.

—Se alimenta de lo que sientes —continuó Elena—. Miedo, confusión… todo lo que te debilita.

Adrián bajó la mirada, procesando cada palabra.

—¿Y si dejo de tener miedo? —preguntó, casi con desesperación.

Elena negó lentamente.

—No es tan simple.

Un silencio incómodo se instaló entre ellos.

Adrián pasó una mano por su rostro, intentando pensar con claridad.

—Entonces… ¿qué hago?

Elena dio un paso hacia él.

—No lo enfrentes solo.

Adrián levantó la mirada.

—¿Por qué me ayudas?

La pregunta salió sin que pudiera detenerla.

Elena se quedó en silencio por unos segundos.

—Porque ya vi lo que pasa cuando alguien no tiene a nadie —respondió finalmente.

Había algo en su tono.

Algo que hizo que Adrián no preguntara más.

El silencio entre ellos cambió.

Ya no era solo tensión.

Había algo más.

Una cercanía extraña.

Real.

Adrián desvió la mirada, incómodo.

—Gracias… —murmuró.

Elena asintió levemente.

—Necesitas descansar —dijo—. Pero no puedes dormir así.

—¿Así cómo?

—Vulnerable.

Adrián frunció el ceño.

—¿Y qué se supone que haga?

Elena dudó un instante.

Luego dio un paso más cerca.

Demasiado cerca.

Adrián sintió cómo su respiración se detenía por un segundo. Podía notar el calor de su presencia, tan distinto al frío que lo había rodeado toda la noche.

—Quédate aquí —dijo ella suavemente—. Yo me quedo contigo.

Adrián la miró.

Sus ojos no mostraban duda.

Y por alguna razón… eso le dio calma.

—Está bien… —respondió.

Se sentó nuevamente, esta vez más cerca de ella.

El silencio volvió, pero ahora era distinto.

Menos pesado.

Más… tranquilo.

El cansancio volvió a caer sobre él, más fuerte que antes.

Cerró los ojos por un momento.

Y entonces lo sintió.

Un dolor agudo en su brazo.

—Ah… —se quejó, abriendo los ojos de golpe.

—¿Qué pasa? —preguntó Elena, acercándose.

Adrián se arremangó la manga con rapidez.

Y se quedó inmóvil.

Había algo en su piel.

Una marca.

Oscura.

Como si algo hubiera sido grabado desde dentro.

No tenía una forma clara, pero parecía… moverse.

—¿Qué es eso…? —susurró, con la voz temblorosa.

Elena lo miró.

Y su expresión cambió por completo.

—No… —murmuró.

Adrián sintió cómo el miedo regresaba con más fuerza.

—¿Qué significa esto? —preguntó, desesperado.

Elena levantó la mirada lentamente.

—Significa que ya empezó.

El silencio se volvió insoportable.

Adrián no podía apartar la vista de la marca. Sentía como si quemara, como si estuviera viva bajo su piel.

—No… no puede ser… —murmuró.

Elena dio un paso atrás.

Por primera vez… parecía asustada de verdad.

—Tenemos menos tiempo del que pensé.

Adrián la miró.

—¿Tiempo para qué?

Elena dudó.

Pero esta vez no pudo ocultarlo.

—Para sacarlo de ti.

Un golpe seco resonó en la casa.

Ambos se quedaron inmóviles.

El sonido vino de la puerta.

Alguien… o algo… estaba afuera.

El silencio se rompió con otro golpe.

Más fuerte.

Más insistente.

Adrián sintió cómo su cuerpo se tensaba.

—No… —susurró.

Elena lo miró, completamente seria.

—No abras.

El tercer golpe hizo vibrar toda la puerta.

Y entonces…

la voz volvió.

Pero esta vez no estaba en su cabeza.

Venía desde el otro lado.

—Adrián…

Su nombre.

Llamándolo.

Esperando.

Y en ese instante, supo algo con absoluta certeza.

Aquello…

ya sabía dónde estaba.



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En el texto hay: susoenso y amor, suspence

Editado: 22.03.2026

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