El golpe volvió a resonar.
Más fuerte.
Más cercano.
La madera de la puerta vibró como si algo del otro lado estuviera empujando con insistencia, con una paciencia inquietante. Adrián no se movió. Su mirada permanecía fija en la entrada, mientras su respiración se volvía cada vez más corta.
—No abras —repitió Elena, esta vez con más firmeza.
Pero el problema no era solo la puerta.
Era la voz.
—Adrián…
No era un grito.
No era una amenaza.
Era un llamado.
Suave.
Casi… familiar.
Adrián tragó saliva.
—Suena… —murmuró, sin terminar la frase.
—No termines eso —lo interrumpió Elena rápidamente—. No es lo que crees.
Otro golpe.
Más violento.
El marco de la puerta crujió.
Adrián sintió cómo el impulso crecía dentro de él. Una necesidad extraña, irracional, que lo empujaba a acercarse, a girar la perilla, a abrir.
—Está pidiendo entrar… —susurró.
Elena dio un paso al frente, colocándose entre él y la puerta.
—No está pidiendo —dijo—. Está intentando convencerte.
Adrián cerró los ojos por un instante.
Pero eso lo empeoró.
Porque entonces la escuchó más clara.
Más cerca.
Como si ya estuviera dentro de su cabeza.
—Déjame pasar…
Adrián apretó los dientes.
—¡Cállate! —exclamó, llevándose las manos a la cabeza.
Elena lo sujetó de los hombros.
—Escúchame —dijo con firmeza—. No le respondas. No le des espacio.
—No puedo… —murmuró él—. Está… está muy cerca.
Otro golpe sacudió la puerta.
Esta vez acompañado de un sonido distinto.
Un rasguño.
Lento.
Arrastrándose por la madera.
Adrián sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—Está… arañando —dijo, con la voz temblorosa.
Elena no apartaba la mirada de la puerta.
—Quiere que lo imagines —respondió—. Quiere que le des forma.
El sonido continuó.
Más insistente.
Más… desesperado.
—Adrián…
La voz volvió.
Pero esta vez…
no estaba afuera.
Estaba justo detrás de él.
Adrián abrió los ojos de golpe y se giró.
Nada.
Pero el aire cambió.
Se volvió más frío.
Más denso.
—Elena… —murmuró—. Ya no está en la puerta.
Elena lo miró de inmediato.
Y lo entendió.
—Se está moviendo —dijo en voz baja—. Está probando hasta dónde puede llegar.
El miedo en el pecho de Adrián se volvió más intenso.
—¿Y si ya entró? —preguntó.
Elena no respondió de inmediato.
Ese silencio…
fue suficiente.
Un golpe seco sonó dentro de la casa.
No en la puerta.
En una de las paredes.
Adrián se quedó completamente inmóvil.
—No… —susurró.
El sonido volvió.
Más cerca.
Como si algo caminara… pero no con pasos normales.
Era irregular.
Arrastrado.
Antinatural.
Adrián retrocedió lentamente.
—No me gusta esto… —dijo, mirando a su alrededor.
Elena lo tomó del brazo.
—No te separes de mí.
Otro golpe.
Más fuerte.
Más cerca.
Y entonces…
silencio.
Un silencio absoluto.
Pesado.
Adrián dejó de respirar por un segundo.
—¿Se fue…? —preguntó.
Elena negó lentamente.
—No.
El susurro llegó desde el techo.
—Aquí…
Adrián levantó la mirada de golpe.
Y por un instante…
lo vio.
Una sombra deslizándose por encima de ellos, deformándose como si no tuviera una forma fija, como si estuviera hecha de algo que no pertenecía a ese lugar.
—¡Elena! —exclamó.
Ella también lo vio.
Y esta vez, no pudo ocultar el miedo.
—No lo mires directamente —dijo, retrocediendo con él—. No le des más fuerza.
Pero era imposible.
La sombra comenzó a descender lentamente por la pared.
Retorciéndose.
Acercándose.
Adrián sintió la marca en su brazo arder.
—¡Ah! —se quejó, sujetándose el brazo.
Elena lo miró de inmediato.
—Está reaccionando —dijo—. Te está usando.
La sombra se detuvo.
Como si escuchara.
Como si entendiera.
Y entonces…
se inclinó hacia él.
—Ya eres mío…
La voz no fue un susurro esta vez.
Fue clara.
Directa.
Adrián sintió un vacío en el pecho.
Como si algo tirara de él desde dentro.
—No… —murmuró, retrocediendo.
Elena lo sujetó con más fuerza.
—No lo dejes entrar —dijo—. No ahora.
—No puedo… —respondió él—. Está… está dentro…
La sombra avanzó un poco más.
El aire se volvió casi irrespirable.
Y en ese instante…
la puerta se abrió de golpe.
Un sonido violento.
Repentino.
Ambos se giraron.
La entrada estaba completamente abierta.
Pero no había nadie.
Solo la oscuridad.
Silenciosa.
Esperando.
Elena apretó el brazo de Adrián.
—Tenemos que salir de aquí.
Adrián asintió, sin poder apartar la mirada de la puerta.
Porque aunque no había nada visible…
podía sentirlo.
Ahí.
Del otro lado.
Esperando a que dieran un paso.
Y en ese momento, lo entendió.
No estaba tratando de entrar.
Estaba tratando de que ellos salieran.