Las Voces Que Solo Él Escucha

Capítulo 6: Donde ya no hay salida

El aire afuera era distinto.

Adrián lo sintió en cuanto cruzó la puerta. No fue solo el frío ni la humedad de la noche, sino algo más profundo, algo que no podía nombrar pero que se instaló en su pecho como una advertencia. Era una sensación pesada, densa, como si el mundo entero se hubiera vuelto más lento… o como si él hubiera entrado en un lugar donde las reglas ya no eran las mismas.

Caminó junto a Elena sin decir nada al principio, pero cada paso le resultaba más difícil que el anterior. La neblina se extendía por la calle como si estuviera viva, envolviendo las casas, las luces, incluso sus propios pies.

Esto no está bien… pensó, sintiendo cómo el miedo regresaba poco a poco.

—No mires atrás —dijo Elena de pronto, con una firmeza que no dejaba espacio a dudas.

Adrián tragó saliva.

—¿Por qué lo dices así…? —preguntó, sin girarse.

Elena no respondió de inmediato. Su mirada se mantenía al frente, pero su expresión había cambiado.

—Porque eso es exactamente lo que quiere que hagas.

El silencio volvió a caer entre ellos, más pesado que antes. Adrián apretó ligeramente los puños dentro de sus bolsillos, intentando mantener el control.

Pero no podía evitar sentirlo.

Esa presión.

Esa presencia.

Detrás de él.

Solo mira… solo un segundo… susurró una parte de su mente.

Cerró los ojos por un instante.

—No… —murmuró para sí mismo—. No lo voy a hacer.

—Bien —respondió Elena en voz baja, como si hubiera escuchado sus pensamientos—. Sigue caminando.

Adrián abrió los ojos nuevamente, pero algo había cambiado.

La calle.

No era la misma.

Se detuvo.

—Elena… —dijo con la voz tensa—. ¿Siempre fue así este lugar?

Ella se giró levemente.

—¿A qué te refieres?

Adrián levantó la mirada hacia las casas.

—Las ventanas…

Había demasiadas.

Más de las que recordaba.

Filas enteras de ventanas oscuras, alineadas de forma irregular, como si hubieran aparecido de la nada. Ninguna tenía luz. Ninguna mostraba movimiento.

Pero todas…

parecían mirar.

—No las observes mucho —dijo Elena, ahora con más seriedad—. Solo sigue caminando.

Pero Adrián no podía apartar la vista.

Sentía las miradas.

No una.

Muchas.

Como si algo estuviera detrás de cada ventana, esperando el momento adecuado para mostrarse.

—Nos están viendo… —susurró.

Elena lo sujetó del brazo con más fuerza.

—Lo sé.

El silencio se volvió insoportable.

Y entonces…

la voz regresó.

—Adrián…

Él se detuvo de golpe.

Su corazón comenzó a latir con fuerza.

—No… otra vez no…

—No le respondas —dijo Elena rápidamente.

Pero esta vez no era una sola voz.

Eran muchas.

—Adrián…

—Adrián…

—Adrián…

El sonido se multiplicó, repitiéndose desde todos lados, mezclándose hasta volverse algo distorsionado, antinatural.

Adrián se llevó las manos a la cabeza.

—¡Basta! —exclamó—. ¡Cállense!

Pero no se detuvo.

Al contrario.

Se volvió más fuerte.

Más cercano.

Más invasivo.

Están dentro… pensó, desesperado.

Elena tomó su rostro con ambas manos, obligándolo a mirarla.

—Adrián, mírame —dijo con firmeza—. No escuches eso. Quédate aquí. Conmigo.

Adrián la miró, con dificultad.

Sus ojos eran lo único estable en medio de todo ese caos.

—No puedo… —murmuró—. Están en todos lados…

—No —respondió ella—. Están intentando estar en todos lados.

La marca en su brazo ardió de repente.

Un dolor intenso, profundo.

—¡Ah! —se quejó, doblándose ligeramente.

Elena miró su brazo de inmediato.

—Déjame ver.

Adrián levantó la manga con manos temblorosas.

La marca había cambiado.

Ya no era solo una mancha oscura.

Se extendía.

Lentamente.

Como si algo se moviera debajo de su piel.

—No… —susurró, con el miedo reflejado en su voz—. Esto no…

Elena dio un paso atrás.

—Está avanzando más rápido…

Adrián la miró, desesperado.

—¡Haz algo! —exclamó—. ¡No quiero esto!

Elena apretó los labios.

—No puedo detenerlo desde aquí.

—¿Entonces dónde?

Ella dudó.

Pero finalmente habló.

—En la casa.

El silencio fue inmediato.

Pesado.

—¿Qué? —dijo Adrián, incrédulo—. ¿Quieres que regrese ahí?

—Sí.

—¡Eso es lo que quiere!

—Lo sé —respondió ella—. Pero también es donde empezó todo.

Adrián negó, retrocediendo un paso.

—No… no voy a volver.

La voz apareció otra vez.

Más suave.

Más cercana.

—Vuelve…

Adrián cerró los ojos con fuerza.

—No…

—Escúchame —dijo Elena, acercándose—. No importa a dónde vayas. No importa cuánto corras. Esto no se va a detener.

Adrián la miró, con miedo.

—¿Y si no puedo?

Elena sostuvo su mirada.

—Entonces te ayudo.

El silencio cambió.

Por un momento, todo lo demás desapareció.

Adrián sintió algo distinto.

No era miedo.

No completamente.

Era… calma.

Pequeña.

Pero real.

—Tengo miedo… —admitió en voz baja.

Elena asintió.

—Yo también.

Esa respuesta lo sorprendió.

Pero también lo hizo sentirse menos solo.

Un sonido rompió el momento.

Un crujido.

Detrás de ellos.

Ambos se giraron lentamente.

Y ahí estaba.

La silueta.

Más clara.

Más definida.

Más cercana que nunca.

No tenía rostro.

Pero lo estaba mirando.

Esperando.

Adrián sintió cómo su respiración se detenía.

—No se fue… —susurró.

Elena negó lentamente.

—Nunca se fue.

La figura dio un leve movimiento.

Suficiente para que el miedo volviera con fuerza.

—Tenemos que decidir ahora —dijo Elena.

Adrián no apartó la vista de la silueta.



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En el texto hay: susoenso y amor, suspence

Editado: 22.03.2026

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