Las Voces Que Solo Él Escucha

Capítulo 7: El regreso

El camino de vuelta fue más silencioso de lo que Adrián esperaba.

No porque no hubiera sonidos, sino porque ninguno parecía natural. El viento no soplaba de forma constante, sino en ráfagas irregulares, como respiraciones entrecortadas. Las hojas no caían, parecían arrastrarse. Incluso sus propios pasos sonaban ajenos, como si no le pertenecieran del todo.

Caminaba junto a Elena, pero la sensación de compañía no lograba disipar el peso que llevaba en el pecho. Sabía a dónde iban. Sabía lo que significaba regresar a ese lugar. Y aun así, no podía detenerse.

Estoy caminando directo hacia eso… pensó, sintiendo cómo el miedo se mezclaba con una extraña aceptación.

—Aún puedes detenerte —dijo Elena de pronto, sin mirarlo—. Si decides no hacerlo… no te obligaré.

Adrián soltó una leve risa sin humor.

—Eso suena a que sí debería hacerlo.

Elena guardó silencio.

—No es una decisión fácil —añadió ella—. Pero tampoco lo es ignorarlo.

Adrián bajó la mirada mientras caminaba.

—Ya lo intenté —murmuró—. Ignorar todo esto… fingir que no existe.

Levantó la vista lentamente hacia la oscuridad del camino.

—Y mira dónde terminé.

Elena lo observó de reojo.

—Esto no empezó hoy —dijo—. Solo… dejó de esconderse.

Adrián no respondió.

Porque sabía que tenía razón.

La casa apareció frente a ellos poco después.

Tan silenciosa como antes.

Tan inmóvil.

Pero ahora… diferente.

No era solo una estructura abandonada. No era solo un lugar vacío.

Era… algo más.

Adrián se detuvo a unos metros.

—Se siente peor… —dijo en voz baja.

Elena asintió.

—Porque sabe que regresaste.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

—¿Sabe…? —repitió.

—Sí —respondió ella—. Esto no es solo un lugar. Está conectado contigo ahora.

Adrián tragó saliva.

Entonces no hay forma de evitarlo…

La puerta seguía entreabierta, moviéndose ligeramente con el viento. Un sonido leve, constante, que parecía marcar el ritmo de algo invisible.

—No quiero entrar —admitió.

Elena dio un paso hacia él.

—Lo sé.

—Pero tampoco quiero que esto siga —añadió, apretando los puños.

Elena sostuvo su mirada.

—Entonces tienes que enfrentarlo.

El silencio se instaló entre ellos, más denso que antes. Adrián miró la casa una vez más. Cada parte de él le gritaba que se fuera, que corriera, que no cruzara ese umbral otra vez.

Pero otra parte…

sabía que ya era tarde.

—Si algo pasa… —murmuró—. No te alejes de mí.

Elena asintió sin dudar.

—No lo haré.

Adrián respiró hondo.

Y dio el primer paso.

El interior de la casa era aún más frío de lo que recordaba. El aire parecía estancado, como si no hubiera sido tocado en años… o como si algo lo mantuviera así. Cada sonido se amplificaba: el crujido del suelo, el leve movimiento de la puerta al cerrarse detrás de ellos, incluso su propia respiración.

—Ya está aquí… —susurró Adrián.

Elena no respondió, pero su mirada recorría cada rincón con atención.

—Siempre ha estado aquí —dijo finalmente.

Avanzaron lentamente. La oscuridad parecía más profunda dentro, como si absorbiera la poca luz que lograba entrar desde afuera. Las paredes estaban marcadas por grietas irregulares, y el silencio era tan intenso que resultaba casi doloroso.

Adrián sintió la marca en su brazo arder de nuevo.

—Ah… —se quejó, llevándose la mano.

Elena lo miró de inmediato.

—Está reaccionando.

—¿A qué? —preguntó él, con la voz tensa.

Pero en el fondo… ya lo sabía.

Un sonido se escuchó arriba.

Un crujido.

Lento.

Arrastrado.

Ambos levantaron la mirada.

—Está en el segundo piso… —susurró Adrián.

Elena asintió.

—Ahí fue donde lo viste.

El silencio se volvió más pesado.

—No quiero subir… —admitió.

Elena dio un paso hacia las escaleras.

—Lo sé. Pero ahí es donde tenemos que ir.

Adrián la miró.

—¿Y si… no volvemos a salir?

Elena se detuvo.

Por primera vez… dudó.

Pero solo por un segundo.

—Entonces no dejaremos que pase.

Adrián soltó una respiración temblorosa.

—Eso no suena muy convincente.

Elena lo miró fijamente.

—No tiene que serlo. Solo tiene que ser suficiente para que no te detengas.

El silencio volvió.

Adrián observó las escaleras.

Oscuras.

Inquietantes.

Y sintió cómo su corazón comenzaba a latir más rápido.

Este es el punto… pensó.

El punto donde ya no hay vuelta atrás.

—Vamos —dijo finalmente, aunque su voz tembló.

Subieron.

Cada paso hacía crujir la madera bajo sus pies, rompiendo el silencio de forma incómoda. El aire se volvía más frío a medida que avanzaban, más pesado, como si algo los estuviera esperando arriba.

Cuando llegaron al segundo piso, el pasillo los recibió con una oscuridad más densa.

Las puertas estaban cerradas.

Todas.

—¿Cuál es? —preguntó Adrián en voz baja.

Elena miró el pasillo.

—No importa.

Adrián frunció el ceño.

—¿Cómo que no importa?

Elena lo miró.

—Va a encontrarnos igual.

Un golpe seco resonó al final del pasillo.

Ambos se tensaron.

Una de las puertas se abrió lentamente.

Sin que nadie la tocara.

Adrián sintió cómo su cuerpo se congelaba.

—Ahí… —susurró.

La oscuridad dentro de la habitación era absoluta.

Más profunda que el resto.

Más… viva.

—No entres solo —dijo Elena.

Adrián asintió.

Y juntos dieron un paso hacia la puerta.

El aire cambió de inmediato.

Más frío.

Más pesado.

Como si cruzaran un límite invisible.

—Adrián…

La voz volvió.

Más clara.

Más cercana.

Esta vez no había duda.

Venía de dentro de la habitación.



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En el texto hay: susoenso y amor, suspence

Editado: 22.03.2026

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