Las Voces Que Solo Él Escucha

Capítulo 8: Lo que te conoce

El umbral de la habitación parecía más oscuro que cualquier otro lugar de la casa.

No era solo la falta de luz, sino la sensación de que esa oscuridad tenía profundidad, como si no fuera un simple vacío, sino algo que respiraba, que esperaba. Adrián se quedó quieto frente a la puerta, incapaz de dar el siguiente paso, aunque algo dentro de él lo empujaba a hacerlo.

—No me gusta esto… —murmuró, sin apartar la mirada.

Elena se colocó a su lado, observando el interior con una atención tensa.

—A mí tampoco —admitió—. Pero ya estamos aquí.

El silencio que siguió no fue normal.

No era ausencia de sonido.

Era presión.

Pesaba sobre sus oídos, sobre su pecho, sobre cada pensamiento.

Adrián dio un paso dentro de la habitación.

Y el aire cambió.

Más frío.

Más espeso.

Como si acabara de entrar a un lugar donde el tiempo se había detenido… o donde nunca había existido realmente.

El suelo crujió bajo su peso, y ese pequeño sonido pareció expandirse por toda la habitación, rebotando en las paredes invisibles.

—¿Lo sientes? —preguntó Elena en voz baja.

Adrián asintió.

—Sí… es como si…

Dudó.

—Como si ya hubiera estado aquí.

Elena lo miró.

—Eso no es casualidad.

Adrián frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

Pero antes de que pudiera responder…

la voz habló.

—Porque lo estuviste…

Adrián se quedó completamente inmóvil.

Esa voz.

No venía de un punto específico.

Estaba en todas partes.

—No… —susurró, retrocediendo un poco—. Eso no es cierto.

La oscuridad pareció moverse.

No de forma brusca.

Sino como una sombra que cambia de forma sin dejar de ser la misma.

—Siempre estuviste aquí… —continuó la voz, más clara—. Solo que no lo recuerdas.

Adrián llevó una mano a su cabeza.

—Cállate…

Elena dio un paso al frente.

—No le creas —dijo con firmeza—. Está jugando contigo.

Pero la voz no se detuvo.

—Tú me llamaste…

El aire se volvió más pesado.

Adrián abrió los ojos con fuerza.

—Yo no llamé a nadie…

—Lo hiciste… —respondió—. Cada vez que escuchabas… cada vez que dudabas… cada vez que sentías miedo…

Una pausa.

Lenta.

Intencional.

—Me abriste la puerta.

Adrián sintió cómo algo dentro de él se quebraba.

No porque creyera completamente en esas palabras…

sino porque una parte de él…

lo dudaba.

—No le hagas caso —repitió Elena, más cerca ahora—. Solo quiere confundirte.

Adrián respiró con dificultad.

—Pero… ¿y si tiene razón?

Elena lo miró directamente.

—No la tiene.

—¿Y si sí? —insistió él—. ¿Y si todo esto… empezó por mí?

Elena dudó por primera vez.

Y ese pequeño instante…

fue suficiente.

La oscuridad se movió más rápido.

Una forma comenzó a definirse frente a ellos.

Alta.

Distorsionada.

Inestable.

Pero más clara que antes.

—Por fin lo entiendes… —susurró la voz.

Adrián retrocedió, pero no pudo apartar la mirada.

Había algo en esa figura…

algo que le resultaba familiar.

—¿Qué eres…? —preguntó, casi sin voz.

La silueta se inclinó ligeramente.

—Soy lo que dejaste entrar.

El silencio cayó como un golpe.

Adrián sintió la marca en su brazo arder con más intensidad.

—¡Ah! —se quejó, sujetándose el brazo.

Elena lo sostuvo.

—No te concentres en eso —dijo—. Te está usando.

—Siempre estuvo ahí… —continuó la voz—. Solo que ahora… puedes verme.

La figura avanzó un poco.

El aire se volvió casi irrespirable.

Adrián sintió que sus piernas temblaban.

—No te acerques… —murmuró.

Pero la silueta no se detuvo.

—No puedes alejarte de mí… —dijo—. Porque yo soy parte de ti.

Esas palabras lo golpearon más fuerte que cualquier otra cosa.

—Eso no es cierto… —susurró, aunque su voz ya no sonaba segura.

Elena apretó su brazo.

—No lo es.

Pero la figura se inclinó más.

Como si estuviera a punto de tocarlo.

—Mírate…

Adrián bajó la mirada por reflejo.

La marca.

Se había extendido aún más.

Oscura.

Moviéndose bajo su piel.

—Ya estoy dentro… —susurró la voz.

Adrián sintió un vacío en el pecho.

Un miedo profundo.

Pero también…

algo más.

Una extraña sensación de reconocimiento.

—No… —murmuró, retrocediendo.

Elena lo jaló con fuerza.

—Sal de aquí —dijo—. Ahora.

Adrián dudó.

Solo un segundo.

Pero fue suficiente.

La figura avanzó de golpe.

El aire se distorsionó.

La oscuridad se expandió.

Y por un instante…

todo desapareció.

Adrián sintió que caía.

Que su cuerpo ya no le respondía.

Que algo más…

estaba tomando su lugar.

—Adrián… ¡mírame! —escuchó la voz de Elena, lejana.

Con dificultad, abrió los ojos.

La habitación volvió.

Elena estaba frente a él, sosteniéndolo.

—Respira —dijo—. No dejes que te saque de aquí.

Adrián respiró con dificultad.

—Está… en mí…

Elena negó.

—No completamente.

Adrián la miró.

—¿Qué significa eso?

Elena sostuvo su mirada.

—Significa que aún puedes detenerlo.

El silencio volvió.

Pero esta vez…

no era el mismo.

Porque Adrián entendió algo que lo dejó helado.

Aquello no solo lo conocía.

No solo lo seguía.

No solo lo quería.

Lo necesitaba.

Y si no hacía algo pronto…

ya no habría diferencia entre los dos.



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En el texto hay: susoenso y amor, suspence

Editado: 22.03.2026

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