Las Voces Que Solo Él Escucha

Capítulo 12: El límite

La grieta no desapareció.

Seguía ahí, extendiéndose lentamente por la pared como una herida abierta, oscura y profunda, como si algo del otro lado estuviera empujando con paciencia, esperando el momento exacto para atravesarla por completo. Adrián no podía apartar la mirada. Sentía cómo algo dentro de él respondía a ese movimiento, como si la conexión fuera más fuerte de lo que quería admitir. No era solo miedo. Era atracción. Una fuerza que lo jalaba, que lo llamaba, que lo reconocía.

—No la mires así —dijo Elena, sujetándolo con más fuerza—. No te acerques.

Adrián no respondió de inmediato.

—Es como si… me necesitara —murmuró finalmente.

Elena tensó la expresión.

—No. Es al revés.

Adrián giró ligeramente la cabeza hacia ella.

—¿Qué quieres decir?

—Te hace sentir eso para que bajes la guardia —respondió—. No te necesita… te usa.

El silencio se volvió más denso.

Adrián tragó saliva, pero no logró apartar del todo la mirada de la grieta. Cada segundo que pasaba, sentía que algo dentro de él cedía un poco más, como si esa presencia estuviera encontrando nuevas formas de alcanzarlo.

Ven…

El susurro fue suave.

Casi íntimo.

Adrián cerró los ojos de golpe.

—No…

Elena lo miró con preocupación.

—¿Otra vez?

Adrián asintió levemente.

—Está más claro… —dijo, con la voz baja—. Ya no suena lejos.

Elena apretó su brazo.

—Porque ya no está lejos.

La grieta vibró.

Un sonido profundo, como un eco atrapado, salió de su interior. La oscuridad dentro de ella parecía moverse, tomar forma, deshacerse y volver a formarse en cuestión de segundos.

Adrián sintió la marca arder con más intensidad.

—¡Ah…!

Se dobló ligeramente, apretando los dientes.

Elena lo sostuvo.

—No dejes que te controle.

—No estoy intentando… —murmuró él—. Solo… pasa…

Déjalo pasar…

La voz volvió.

Más firme.

Más segura.

Adrián apretó los ojos con fuerza.

—Cállate…

Elena lo tomó del rostro, obligándolo a mirarla.

—Adrián, mírame.

Él lo hizo, pero con dificultad.

—Escúchame —continuó ella—. Esto no eres tú. No es parte de ti. No le des ese lugar.

Adrián respiró con dificultad.

—Pero lo siento… —susurró—. Siento que… ya está aquí.

Elena negó con firmeza.

—No completamente.

—¿Y cuándo lo esté?

La pregunta quedó suspendida en el aire.

Elena no respondió de inmediato.

Y ese silencio fue más aterrador que cualquier palabra.

Adrián bajó la mirada, sintiendo cómo el miedo volvía a crecer.

—No quiero llegar a eso… —murmuró.

Elena dio un paso más cerca.

—Entonces no lo permitas.

Adrián soltó una leve risa amarga.

—Ojalá dependiera solo de mí.

El silencio volvió.

Pero esta vez…

cambió.

La grieta emitió un sonido más fuerte.

Más profundo.

Como si algo hubiera golpeado desde dentro.

Ambos giraron la mirada de inmediato.

La abertura se expandió un poco más.

Y por un instante…

algo cruzó.

Una sombra.

Rápida.

Distorsionada.

Pero real.

Adrián sintió un tirón en el pecho.

Fuerte.

Doloroso.

—¡Elena!

Ella lo sostuvo antes de que cayera.

—Está intentando cruzar —dijo, tensa.

—No lo dejes… —murmuró él.

Elena apretó los labios.

—No puedo detenerlo desde fuera.

El silencio fue inmediato.

Adrián levantó la mirada lentamente.

—Entonces… ¿desde dónde?

Elena lo miró.

Y esta vez…

no dudó.

—Desde ti.

El aire se volvió más pesado.

Adrián negó.

—No sé cómo hacer eso…

Elena se acercó más.

Demasiado cerca.

—Tienes que enfrentarlo —dijo—. No huir, no ignorarlo… enfrentarlo.

Adrián sintió cómo su respiración se detenía por un segundo.

—¿Y si pierdo?

Elena sostuvo su mirada.

—Entonces no te dejo caer.

El silencio entre ellos cambió.

Otra vez.

Más intenso.

Más cercano.

Adrián sintió algo que no esperaba.

Confianza.

—¿Por qué…? —murmuró—. ¿Por qué haces esto por mí?

Elena bajó la mirada por un instante.

—Porque sé lo que se siente estar ahí… —dijo en voz baja—. Y no tener a nadie que te saque.

Adrián la observó.

Había algo en su voz.

Algo real.

Algo que no había mostrado antes.

—Entonces… no me sueltes —dijo él.

Elena levantó la mirada.

—No lo haré.

La grieta volvió a vibrar.

Más fuerte.

Más inestable.

Adrián respiró hondo.

—Está esperando… —murmuró—. Espera a que dude.

Elena asintió.

—Entonces no dudes.

Adrián cerró los ojos por un segundo.

Ahora…

La voz regresó.

Más clara que nunca.

Es el momento…

Adrián apretó los puños.

—No…

El tirón volvió.

Más fuerte.

Más violento.

La grieta se abrió un poco más.

La oscuridad se movió.

Y esta vez…

no se detuvo.

Adrián sintió cómo algo dentro de él respondía.

Como si una parte suya…

quisiera dejarlo entrar.

—¡No! —exclamó, retrocediendo.

Elena lo sostuvo.

—Adrián, mírame.

Él la miró.

Y por un instante…

todo se detuvo.

—No eres eso —dijo ella—. No lo olvides.

Adrián respiró con dificultad.

—No lo soy…

—Dilo.

—No lo soy.

La presión disminuyó levemente.

La grieta vibró.

Pero no avanzó.

Adrián sintió cómo el control regresaba poco a poco.

Pequeño.

Pero real.

Y en ese instante lo entendió.

No se trataba solo de resistir.

Se trataba de decidir.

De no dejar que esa voz definiera lo que era.

Pero también entendió algo más.

Aquello no se iba a rendir.

No ahora.

No después de haber llegado tan lejos.



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En el texto hay: susoenso y amor, suspence

Editado: 30.03.2026

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