La figura permaneció inmóvil frente a ellos.
No desapareció cuando Adrián pronunció aquellas palabras. No retrocedió, no se deshizo en oscuridad, no volvió a la grieta. Solo se quedó ahí, temblando ligeramente, como una imagen mal formada que intenta mantenerse unida. Pero ya no avanzaba.
Y eso era nuevo.
Adrián seguía respirando con dificultad. Sentía el cuerpo débil, la cabeza pesada y la marca ardiendo debajo de la piel, pero algo había cambiado. Por primera vez desde que todo comenzó, la presión no venía solo de la entidad. También venía de él.
De la decisión de resistirse.
—Está más débil… —murmuró.
Elena no apartó la vista de la figura.
—No. Solo está dudando.
Adrián frunció el ceño.
—¿Dudando?
—No esperaba que te resistieras así.
El silencio volvió a llenar la habitación.
La figura permanecía quieta, pero había algo distinto en ella. Ya no parecía segura. La forma de su cuerpo se distorsionaba por momentos, como si una parte quisiera acercarse y otra no pudiera.
Y entonces…
sonrió.
No tenía rostro.
No tenía boca.
Pero Adrián lo sintió.
Sintió esa sonrisa.
Fría.
Oscura.
Imposible.
—No… —susurró.
La voz regresó de inmediato.
Entonces tendré que mostrarte algo más…
La habitación entera tembló.
Las paredes crujieron con fuerza.
La grieta se abrió de golpe.
Y antes de que Adrián pudiera reaccionar, el suelo desapareció bajo sus pies.
Sintió el vacío.
Después oscuridad.
Y luego…
silencio.
Cuando abrió los ojos, ya no estaba en la casa.
Respiró de golpe, confundido. Seguía sintiendo el mismo frío, la misma presión en el pecho, pero el lugar era diferente. Estaba de pie en una habitación pequeña, cerrada, apenas iluminada por una vieja lámpara que parpadeaba desde el techo.
Las paredes eran grises.
Húmedas.
Y no había ventanas.
—¿Elena? —preguntó de inmediato.
No hubo respuesta.
Adrián giró sobre sí mismo.
La habitación estaba vacía.
Solo había una cama vieja, una silla de madera y una puerta al fondo.
—¿Elena?
El silencio respondió.
Un miedo distinto comenzó a crecer dentro de él.
No el mismo miedo de antes.
Este era más profundo.
Más antiguo.
Como si ya hubiera estado ahí alguna vez.
La lámpara volvió a parpadear.
Y entonces lo vio.
Sobre la pared, escrito con letras oscuras, torcidas, como si hubieran sido hechas con las uñas:
“Tú la dejaste sola.”
Adrián sintió un escalofrío recorrerle todo el cuerpo.
—No…
Retrocedió un paso.
—No es real…
Pero la habitación cambió.
La lámpara dejó de parpadear.
Y la puerta, al fondo, comenzó a abrirse lentamente.
Un sonido agudo, viejo, oxidado.
Adrián sintió cómo su respiración se detenía.
—¿Quién está ahí?
Nadie respondió.
La puerta terminó de abrirse.
Y al otro lado…
había un pasillo.
Largo.
Oscuro.
Con manchas negras sobre las paredes.
Adrián no quería avanzar.
Lo sabía.
Cada parte de él le decía que no lo hiciera.
Pero sus pies comenzaron a moverse solos.
Un paso.
Después otro.
—No…
Intentó detenerse.
No pudo.
Ven…
La voz ya no sonaba como la entidad.
Sonaba como Elena.
Adrián levantó la cabeza de golpe.
—¿Elena?
El pasillo permanecía vacío.
Pero la escuchó otra vez.
—Adrián…
Era su voz.
Débil.
Lejana.
Asustada.
—Estoy aquí…
Adrián comenzó a caminar más rápido.
—¡Elena!
El pasillo parecía no terminar nunca. Las paredes eran cada vez más estrechas, el aire más pesado, y la oscuridad se acumulaba en las esquinas como si estuviera viva. A cada paso, las manchas negras se hacían más grandes, hasta que Adrián entendió que no eran manchas.
Eran manos.
Cientos de manos oscuras marcadas sobre las paredes.
Como si alguien hubiera intentado salir.
Como si alguien hubiera quedado atrapado ahí.
—No… no…
Pero la voz volvió.
—Adrián… ayúdame…
Él echó a correr.
El pasillo terminó de repente frente a otra puerta.
La abrió sin pensar.
Y se quedó inmóvil.
Era la habitación de Elena.
Pero no como la conocía.
Todo estaba destruido.
La cama rota.
Los muebles volcados.
Y sobre el suelo, de espaldas a él…
estaba ella.
—¡Elena!
Corrió hacia ella y cayó de rodillas a su lado.
Le tocó el hombro.
—Elena, mírame…
Ella no respondió.
—Por favor…
La giró lentamente.
Y sintió cómo todo dentro de él se detenía.
No era Elena.
Era él.
Su propio rostro.
Pálido.
Con los ojos completamente negros.
Y una sonrisa imposible dibujada en la cara.
—Ya es tarde…
Adrián retrocedió de golpe.
—¡No!
La habitación desapareció.
Todo se rompió a su alrededor.
Oscuridad.
Ruido.
Voces.
Y de pronto volvió a caer.
Cuando abrió los ojos otra vez, estaba de nuevo en la casa.
En el suelo.
Respirando con desesperación.
Elena estaba arrodillada frente a él, sujetándole el rostro.
—¡Adrián! ¡Adrián mírame!
Él la observó, aún temblando.
—Tú…
Elena frunció el ceño.
—¿Qué pasó?
Adrián no podía hablar.
Seguía viendo esa imagen.
Su rostro.
Sus ojos.
La sonrisa.
—Me mostró algo… —murmuró finalmente.
Elena palideció.
—¿Qué viste?
Adrián levantó la mirada lentamente hacia la grieta.
La figura seguía ahí.
Inmóvil.
Esperando.
Y por primera vez…
Adrián entendió cuál era su verdadero miedo.
No tenía miedo de morir.
Tenía miedo de convertirse en eso.