Las Voces Que Solo Él Escucha

Capítulo 17: Lo que vio Elena

—¿Qué viste?

La voz de Elena sonó lejana.

Adrián seguía mirando la grieta, inmóvil, con el pecho subiendo y bajando demasiado rápido. La figura continuaba ahí, apenas visible entre la oscuridad, quieta, como si supiera exactamente lo que acababa de hacer.

Como si hubiera sembrado algo.

—Adrián.

Él parpadeó.

Volvió a verla frente a él. Elena seguía sujetándole el rostro, pero había miedo en sus ojos. No el miedo de antes. No miedo por la criatura.

Miedo por él.

—Me vi a mí mismo… —susurró.

Elena guardó silencio.

—Pero no era yo.

Su voz se quebró un poco.

—Era… lo que quiere que sea.

La presión en la habitación pareció disminuir por un instante.

Solo un poco.

Elena lo ayudó a levantarse despacio.

—Eso es lo que hace —dijo ella, con la voz baja—. Te muestra lo peor. Lo que más miedo te da. Lo que puede romperte.

Adrián la miró.

—¿Y si tiene razón?

Elena negó de inmediato.

—No la tiene.

—¿Cómo lo sabes?

Ella abrió la boca para responder.

Pero no dijo nada.

Porque no lo sabía.

Adrián lo vio en su expresión.

Y eso dolió más de lo que esperaba.

El silencio cayó otra vez.

La figura seguía observándolos desde la grieta.

Quieta.

Paciente.

Como si no tuviera ninguna prisa.

Y entonces la luz volvió a apagarse.

Todo quedó completamente oscuro.

Adrián sintió cómo el aire se congelaba.

—Elena…

No hubo respuesta.

—¡Elena!

Una luz débil volvió un segundo después.

Solo la lámpara del pasillo.

Parpadeando.

Y Elena ya no estaba.

Adrián sintió un vacío brutal en el pecho.

—No…

Se puso de pie de golpe.

Miró a todos lados.

La habitación estaba vacía.

La grieta seguía ahí.

La figura también.

Pero Elena había desaparecido.

—¡Elena!

Corrió hacia la puerta.

El pasillo estaba oscuro, largo, silencioso.

—¡Elena!

Nada.

Solo el eco de su voz.

Y entonces escuchó algo.

Un golpe.

Suave.

Viniendo del final del pasillo.

Adrián comenzó a caminar.

Rápido.

Después más rápido.

La lámpara del techo parpadeaba sobre él mientras avanzaba. Una vez. Dos veces. Tres.

Y en cada parpadeo…

el pasillo era distinto.

La primera vez, estaba vacío.

La segunda…

había una sombra al fondo.

Alta.

Inmóvil.

La tercera…

la sombra estaba más cerca.

Adrián se detuvo de golpe.

El corazón le golpeaba tan fuerte que apenas podía respirar.

La luz volvió a parpadear.

Y la sombra desapareció.

—No…

Siguió avanzando.

El golpe volvió a escucharse.

Más fuerte esta vez.

Venía de una puerta cerrada al final del pasillo.

La misma puerta que nunca habían podido abrir.

La misma que Elena le había dicho que evitara.

Adrián sintió un nudo en el estómago.

La puerta tembló.

Otro golpe.

—¡Adrián! —gritó una voz desde adentro.

Era Elena.

Él corrió.

—¡Elena!

Puso la mano sobre la perilla.

Estaba helada.

—¡Aléjate de la puerta! —gritó ella desde el otro lado.

Adrián se congeló.

—¿Qué?

—¡No la abras!

Otro golpe.

Más fuerte.

La puerta se sacudió entera.

—¡Elena, estás ahí!

—¡No importa! ¡No abras la puerta!

Adrián retrocedió un paso.

—¿Qué está pasando?

Y entonces la escuchó llorar.

Del otro lado.

Llorando de verdad.

—Por favor… no lo hagas…

Adrián sintió que algo dentro de él se rompía.

—No voy a dejarte ahí.

—¡No soy yo! —gritó ella.

El silencio cayó de golpe.

Adrián dejó de respirar.

—¿Qué…?

La voz volvió.

Más suave.

Más cercana.

—No soy yo…

La puerta dejó de moverse.

Todo quedó quieto.

Demasiado quieto.

Y luego…

una voz detrás de él dijo:

—Lo sé.

Adrián se giró de golpe.

Elena estaba en medio del pasillo.

Pálida.

Temblando.

Con los ojos llenos de terror.

—¿Elena…?

Ella lo miró.

Y antes de que pudiera decir algo, la puerta detrás de Adrián explotó.

La madera se hizo pedazos.

La oscuridad salió disparada desde el interior como si hubiera estado esperando.

Una figura cayó al suelo entre los restos de la puerta.

Tenía la forma de Elena.

Su ropa.

Su rostro.

Su voz.

Pero había algo mal.

Muy mal.

Sonreía.

Una sonrisa demasiado amplia.

Demasiado perfecta.

Demasiado vacía.

—Adrián… —dijo.

La verdadera Elena retrocedió.

—No la escuches.

La otra inclinó lentamente la cabeza.

—¿Por qué no? —preguntó, todavía sonriendo—. Siempre me escucha a mí.

Adrián sintió que el cuerpo se le paralizaba.

La falsa Elena dio un paso hacia él.

—Yo estuve aquí primero.

—¡No! —gritó la verdadera Elena.

La otra sonrió más.

—Tú solo apareciste después.

La verdadera Elena se quedó inmóvil.

Adrián la miró.

—¿Qué quiere decir?

Elena no respondió.

Y eso fue suficiente.

Porque la falsa Elena comenzó a reír.

Una risa baja.

Fría.

Dolorosa.

—Por fin lo entiende…

Adrián retrocedió lentamente.

Miró a Elena.

La verdadera.

O al menos… la que él creía que era la verdadera.

—Elena… —susurró—. ¿Qué significa eso?

Ella levantó la mirada.

Y por primera vez desde que la conocía…

parecía rota.

—Yo ya había estado aquí antes, Adrián.

El silencio fue absoluto.

—¿Qué?

La falsa Elena dejó de reír.

Ahora solo sonreía.

Esperando.

Disfrutándolo.

—Hace años —dijo Elena, con la voz temblando—. Antes de conocerte.

Adrián sintió el pecho helarse.

—No…



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En el texto hay: susoenso y amor, suspence

Editado: 30.03.2026

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