Adrián sintió que el mundo entero se inclinaba bajo sus pies.
La falsa Elena seguía de pie frente a ellos, sonriendo con esa expresión imposible, mientras la verdadera permanecía inmóvil al otro lado del pasillo. Había lágrimas en sus ojos.
Pero no intentaba negarlo.
Y eso era lo peor.
—No… —susurró Adrián—. No…
La falsa Elena soltó una risa baja.
—Díselo todo.
La verdadera cerró los ojos un instante.
Como si hubiera esperado ese momento durante demasiado tiempo.
Como si hubiera sabido que tarde o temprano llegaría.
—Hace nueve años —dijo al fin—. Yo vivía aquí.
Adrián no podía apartar la mirada de ella.
—Tenía dieciséis años. Mi madre había muerto hacía poco y mi padre… apenas estaba. La casa se sentía vacía. Siempre fría. Siempre silenciosa.
La falsa Elena dio otro paso lento por el pasillo.
—Y entonces escuchaste la voz…
La verdadera Elena asintió apenas.
—Al principio pensé que era mi imaginación. Después comenzaron las pesadillas. Las sombras. Las puertas abriéndose solas. Y una noche… vi la grieta.
Adrián sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.
—¿Y qué pasó?
Ella bajó la mirada.
—No estaba sola.
El silencio se volvió insoportable.
—Había otra chica conmigo.
La falsa Elena sonrió más.
—La primera.
Adrián miró a una y a otra, confundido.
—¿Qué… qué estás diciendo?
La verdadera Elena levantó la vista lentamente.
—Cuando encontré la grieta… ella ya estaba ahí.
Por un instante, nadie dijo nada.
El pasillo parecía respirar alrededor de ellos.
La oscuridad se movía despacio entre las paredes.
—Se llamaba Lucía —susurró Elena—. Decía que llevaba semanas atrapada en la casa. Que había una cosa aquí. Que la seguía. Que quería entrar en ella.
La falsa Elena soltó una carcajada.
—Y tú no le creíste.
Elena cerró los ojos.
—No al principio.
Adrián sintió un escalofrío.
—¿Entonces qué pasó?
Elena tardó demasiado en responder.
Y cuando lo hizo…
su voz casi se rompió.
—La dejé sola.
La frase quedó suspendida en el aire.
Adrián recordó de inmediato las palabras escritas en la pared.
“Tú la dejaste sola.”
Sintió un nudo en la garganta.
—No…
—Tenía miedo —dijo Elena—. Ella me pidió ayuda. Me dijo que no la dejara. Pero yo escuché la voz. Me dijo que si me alejaba… estaría a salvo.
La falsa Elena inclinó la cabeza.
—Y me escuchaste.
La verdadera Elena tembló.
—Corrí. La dejé atrás. Cerré la puerta. Y cuando regresé…
No pudo terminar.
La falsa Elena sonrió.
—Ya era tarde.
El pasillo tembló.
Las luces parpadearon.
Y durante un segundo…
Adrián vio otra imagen detrás de la falsa Elena.
No era ella.
Era una chica distinta.
Cabello oscuro.
Rostro pálido.
Los ojos completamente negros.
Y la misma sonrisa.
Lucía.
La imagen desapareció un instante después.
Pero fue suficiente.
—Dios mío… —susurró Adrián.
La falsa Elena dio otro paso.
—Ella salió.
La verdadera Elena retrocedió.
—No.
—Tú la dejaste entrar.
—¡No!
—Y después… tomé tu lugar.
Adrián miró a Elena de golpe.
Ella estaba llorando.
—¿Qué quiere decir eso?
Elena respiró temblorosamente.
—Durante semanas después de aquella noche… seguí viendo a Lucía.
Aparecía en la casa. En los espejos. En mi cuarto. Y cada vez… se parecía más a mí.
Adrián sintió el terror crecer dentro de él.
—Hasta que una noche… desperté y ella estaba sentada al borde de mi cama.
La falsa Elena sonrió lentamente.
—Y tú entendiste.
—Ella no quería matarme —susurró Elena—. Quería ser yo.
El silencio fue brutal.
Adrián sintió que todo encajaba de una manera horrible.
La voz.
La marca.
La manera en que la entidad hablaba.
“Ya me pertenece.”
No quería destruirlos.
Quería reemplazarlos.
—¿Y cómo escapaste? —preguntó él, con la voz rota.
Elena levantó la mirada.
—No escapé.
La falsa Elena dejó de sonreír.
Por primera vez.
—¿Qué?
La verdadera Elena dio un paso hacia Adrián.
—La encerré.
La casa entera crujió.
La falsa Elena retrocedió apenas.
—Mentira.
—La atrapé detrás de la puerta.
La oscuridad del pasillo pareció agitarse.
La sonrisa de la falsa Elena desapareció por completo.
—Tú no podías hacerlo sola…
—No lo hice sola.
Adrián sintió un escalofrío.
—¿Quién te ayudó?
Elena lo miró.
Había miedo en sus ojos.
Pero también culpa.
Muchísima culpa.
—Mi padre.
El silencio cayó de golpe.
—Después de todo lo que había pasado, finalmente me creyó. Vio a Lucía. Vio lo que era. Y juntos… la encerramos.
La falsa Elena comenzó a respirar más rápido.
Como si estuviera perdiendo el control.
—No… —murmuró.
—La encerramos detrás de esa puerta —continuó Elena—. Y mi padre se quedó del otro lado para asegurarse de que nunca saliera.
Adrián sintió que la sangre se le helaba.
—¿Qué…?
Las luces explotaron.
El pasillo quedó a oscuras.
Y desde el interior de la puerta destruida…
algo comenzó a arrastrarse.
Lento.
Pesado.
Acompañado por un sonido húmedo y horrible.
La voz de la falsa Elena salió temblando.
Ya no sonaba humana.
—No debiste recordarlo…
Una mano apareció entre los restos de madera.
Vieja.
Pálida.
Llena de sangre seca.
Después otra.
Y finalmente…
una figura comenzó a salir lentamente de la habitación.
Alta.
Torcida.
Con el rostro cubierto por sombras.
Pero Adrián pudo ver una cosa.
Los ojos.
Eran exactamente iguales a los suyos.