Las Voces Que Solo Él Escucha

Capítulo 19: El hombre detrás de la puerta

La figura terminó de salir de la habitación.

Lenta.

Arrastrando un pie.

Como si cada movimiento le costara un esfuerzo imposible.

La oscuridad se deslizaba por su cuerpo como humo pegado a la piel. Era alta, demasiado delgada, con los hombros torcidos y la ropa hecha jirones. Su rostro permanecía oculto entre las sombras.

Excepto por los ojos.

Los ojos de Adrián.

Fríos.

Vacíos.

Negros.

El pasillo entero pareció contener la respiración.

La falsa Elena retrocedió un paso.

Por primera vez…

tenía miedo.

—No… —murmuró.

La figura levantó lentamente la cabeza.

Y entonces habló.

—Han pasado… demasiados años…

La voz era grave.

Rota.

Como si llevara décadas sin ser usada.

Adrián sintió un escalofrío.

Porque, debajo de aquella voz extraña…

había otra.

Humana.

Familiar.

Elena se quedó inmóvil.

—Papá… —susurró.

El silencio explotó dentro del pecho de Adrián.

Miró a Elena.

Después a la figura.

No podía ser.

No podía.

Pero Elena ya estaba llorando.

—No… no…

La figura dio un paso.

La madera crujió debajo de él.

—Elena…

Ella retrocedió de inmediato.

—No te acerques.

La voz volvió a sonar.

Más débil esta vez.

Más humana.

—Perdóname…

La falsa Elena lanzó una risa temblorosa.

—No la escuches. Ya no queda nada de él.

La figura giró lentamente la cabeza hacia ella.

Y el pasillo se estremeció.

La oscuridad alrededor de la falsa Elena vibró.

Como si reconociera algo más antiguo.

Más fuerte.

—Tú… —susurró la figura.

La falsa Elena dio otro paso atrás.

La sonrisa había desaparecido por completo.

—No…

La figura avanzó.

Más firme ahora.

—Tú no debías salir.

La casa entera tembló.

Las paredes comenzaron a agrietarse.

El techo crujió sobre ellos.

Y la falsa Elena gritó.

Un grito inhumano.

Doloroso.

La oscuridad alrededor de su cuerpo comenzó a moverse de forma violenta, como si intentara sostenerla.

—¡Cállate! —gritó ella—. ¡Tú no eres real!

La figura se detuvo.

Después levantó lentamente una mano.

Una mano temblorosa.

Humana.

—Yo me quedé… —dijo con dificultad—. Para que tú no salieras.

Elena comenzó a llorar de verdad.

—Papá…

Adrián sintió que no podía respirar.

Todo aquello había estado ahí desde el principio.

La puerta.

La advertencia.

El miedo de Elena.

No había encerrado solo a la entidad.

Había encerrado también a su padre.

La falsa Elena comenzó a retroceder.

La oscuridad se agitaba a su alrededor.

—No… no… no…

La figura dio otro paso.

Y por un instante, las sombras de su rostro se apartaron.

Adrián pudo verlo.

El padre de Elena.

O lo que quedaba de él.

Tenía la piel pálida, marcada por grietas negras que recorrían su cuello y su cara. Sus ojos estaban oscuros, sí, pero no completamente vacíos.

Todavía había algo ahí.

Algo humano.

Algo que seguía luchando.

—Elena… —dijo otra vez.

Ella tembló.

—Lo siento… —susurró—. Yo pensé que tú…

—Lo sé.

La voz se quebró.

—Pero todavía no terminó.

El pasillo quedó en silencio.

La falsa Elena dejó de retroceder.

Y lentamente…

volvió a sonreír.

Una sonrisa mucho peor que la anterior.

—Claro que no terminó.

Adrián sintió un escalofrío.

La figura del padre de Elena se tensó.

—No…

La falsa Elena levantó lentamente la mirada hacia Adrián.

—Porque él abrió la grieta otra vez.

El corazón de Adrián se detuvo.

—¿Qué?

La sonrisa se ensanchó.

—Tú creíste que te elegimos por casualidad.

La casa comenzó a vibrar.

La grieta, detrás de ellos, se abrió un poco más.

Una oscuridad espesa empezó a extenderse por el techo.

—Pero no —continuó ella—. Tú ya estabas conectado.

Adrián retrocedió.

—No…

La voz de la falsa Elena se volvió suave.

Casi amable.

—Siempre lo estuviste.

Imágenes atravesaron la mente de Adrián de golpe.

Una puerta.

Una habitación.

Él siendo niño.

Una casa que no recordaba.

Y una voz.

La misma voz.

Susurrando desde debajo de la cama.

Adrián se llevó las manos a la cabeza.

—No…

La habitación giró a su alrededor.

—¡Adrián! —gritó Elena.

Pero él ya no la escuchaba.

Porque lo estaba viendo.

Recordando.

Tenía ocho años.

Estaba sentado en el suelo de su cuarto, abrazando las piernas, mientras sus padres discutían al otro lado de la pared.

Y entonces…

algo había hablado desde la oscuridad.

“Si me dejas entrar, nunca volverás a estar solo.”

Adrián abrió los ojos de golpe.

Respirando con desesperación.

—No…

La falsa Elena sonrió.

—Y dijiste que sí.

El silencio cayó como un golpe brutal.

Elena lo miró.

—Adrián…

Él retrocedió.

—No recuerdo eso…

—Porque te hice olvidarlo —susurró la voz—. Hasta ahora.

La marca en su brazo ardió con una violencia insoportable.

Adrián cayó de rodillas.

Gritando.

La oscuridad comenzó a subir por su brazo.

Lenta.

Negra.

Viva.

El padre de Elena dio un paso hacia él.

—¡No lo escuches!

Pero la voz ya estaba dentro de Adrián otra vez.

Más fuerte que nunca.

—Tú me abriste la puerta…

La oscuridad llegó hasta su cuello.

Adrián levantó la mirada lentamente.

Y cuando Elena vio sus ojos…

retrocedió aterrorizada.

Porque por un segundo…

ya no eran los ojos de Adrián.



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En el texto hay: susoenso y amor, suspence

Editado: 30.03.2026

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