Las Voces Que Solo Él Escucha

Capítulo 20: No eres tú

—¡Adrián!

La voz de Elena sonó rota.

Él seguía de rodillas en el suelo, con las manos clavadas sobre la madera del pasillo, respirando de forma irregular. La oscuridad avanzaba por su cuello, extendiéndose bajo su piel como venas negras.

Y sus ojos…

Por un instante, ya no eran los suyos.

Elena retrocedió.

No porque quisiera.

Porque el miedo la obligó.

La falsa Elena sonrió.

—Ya lo recuerdas.

Adrián levantó lentamente la cabeza.

Su expresión estaba vacía.

Ausente.

Como si hubiera alguien más mirando a través de él.

—No… —susurró Elena.

El padre de Elena avanzó de inmediato.

—¡No dejes que entre!

La falsa Elena rio.

—Ya está dentro.

La oscuridad del pasillo comenzó a moverse hacia Adrián, arrastrándose por las paredes, por el techo, por el suelo. Todo parecía inclinarse hacia él.

Como si la casa entera lo reconociera.

Adrián sintió algo romperse dentro de su cabeza.

Recuerdos.

Fragmentos.

La voz bajo la cama.

La sombra detrás de la puerta de su cuarto.

Las noches en que despertaba llorando sin saber por qué.

La sensación constante de no estar solo.

Nunca había desaparecido.

Solo había estado esperando.

Esperándolo a él.

—Tú me elegiste… —susurró la voz dentro de su mente.

Adrián cerró los ojos con fuerza.

—No…

—Tú querías que me quedara.

—¡No!

La oscuridad subió hasta su rostro.

Elena sintió que el corazón se le rompía.

Porque podía verlo.

Podía ver cómo desaparecía.

Como la entidad estaba ocupando cada parte de él.

Y entendió algo horrible.

Eso era lo que había pasado con Lucía.

Con su padre.

Con todos.

No los destruía.

Los iba borrando.

Poco a poco.

Hasta que ya no quedaba nada.

—¡Adrián mírame! —gritó ella.

Él no reaccionó.

La falsa Elena dio un paso hacia él.

—No sirve de nada.

Otro paso.

—Ya está cansado.

Otro.

—Ya no quiere seguir luchando.

—¡Cállate! —gritó Elena.

La falsa Elena sonrió.

—Tú sabes que es verdad.

Elena sintió lágrimas caer por su rostro.

Porque había una parte de ella…

una parte horrible…

que tenía miedo de que sí lo fuera.

Adrián había pasado toda su vida sintiéndose solo.

Roto.

Vacío.

Y la entidad lo sabía.

Sabía exactamente dónde lastimarlo.

La voz volvió a susurrarle a Adrián.

—Yo puedo quitarte el dolor…

La oscuridad cubrió por completo uno de sus ojos.

—Puedo hacer que ya no te sientas solo…

Elena comenzó a caminar hacia él.

Lenta.

Temblando.

El padre de Elena la miró.

—No te acerques.

Ella no lo escuchó.

—Adrián…

La falsa Elena se interpuso.

—No.

Elena la atravesó de un empujón.

La otra soltó un grito furioso.

Pero Elena no se detuvo.

Se arrodilló frente a Adrián.

Él seguía con la cabeza baja.

Inmóvil.

La oscuridad seguía extendiéndose.

—Adrián… mírame.

Nada.

Ella le tomó el rostro entre las manos.

Estaba helado.

—Por favor.

La falsa Elena comenzó a reír detrás de ellos.

—No queda nadie ahí.

Elena cerró los ojos un segundo.

Y entonces recordó.

La primera vez que vio a Adrián sonreír.

La primera vez que él confió en ella.

Las veces que fingía estar bien cuando claramente no lo estaba.

Las veces que ella también quiso rendirse… y él estuvo ahí.

Abrió los ojos otra vez.

—No me importa lo que te haya dicho toda tu vida —susurró—. No me importa cuántas veces te hizo sentir solo. No es verdad.

La oscuridad pareció detenerse apenas.

Muy poco.

Pero suficiente.

—No eres eso, Adrián.

Los dedos de él se movieron apenas.

La falsa Elena dejó de reír.

—No…

—No eres lo que te hizo creer.

Elena acercó más su rostro al de él.

Las lágrimas seguían cayendo.

—Y no estás solo.

El pasillo entero tembló.

La oscuridad alrededor de Adrián se agitó violentamente.

Como si algo estuviera resistiéndose.

Como si algo no soportara escuchar eso.

—¡No! —gritó la falsa Elena.

La marca del brazo de Adrián comenzó a arder.

Pero esta vez…

también comenzó a romperse.

Pequeñas grietas aparecieron sobre la oscuridad de su piel.

Adrián respiró de golpe.

Como si volviera a salir a la superficie después de haberse ahogado.

Sus ojos parpadearon.

Uno seguía oscuro.

El otro…

era suyo.

—Elena… —susurró.

Ella sintió un alivio tan fuerte que casi se rompe.

—Estoy aquí.

La falsa Elena gritó otra vez.

Su cuerpo comenzó a deformarse.

La piel de su rostro se agrietó.

La sonrisa desapareció.

Y debajo…

ya no estaba Elena.

Había algo mucho peor.

Algo sin rostro.

Sin forma.

Una masa oscura moviéndose bajo una piel prestada.

—¡No! —rugió la entidad—. ¡Él es mío!

El padre de Elena avanzó de inmediato.

Y por primera vez, Adrián vio lo mismo en sus ojos.

No miedo.

Rabia.

—No —dijo el hombre, con la voz quebrada—. Esta vez no.

La casa entera comenzó a derrumbarse.

Las paredes se abrieron.

La grieta en la habitación se expandió por el techo, por el suelo, por todo.

Y desde el interior de esa oscuridad…

comenzaron a aparecer más rostros.

Cientos.

Personas atrapadas.

Personas que habían sido reemplazadas.

Lucía.

El padre de Elena.

Y otros.

Muchos otros.

Todos mirando a Adrián.

Todos susurrando lo mismo.

“Ciérrala.”

La voz llenó la casa entera.

“Ciérrala ahora.”



#104 en Terror
#766 en Thriller
#267 en Suspenso

En el texto hay: susoenso y amor, suspence

Editado: 30.03.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.