“Ciérrala.”
Las voces retumbaban por toda la casa.
Por las paredes rotas.
Por el techo que se agrietaba sobre ellos.
Por la oscuridad que comenzaba a tragarse cada rincón.
Adrián seguía arrodillado en el suelo, respirando con dificultad, mientras las palabras se repetían una y otra vez dentro de su cabeza.
“Ciérrala.”
La entidad rugió.
El sonido fue insoportable.
No parecía venir de un solo lugar. Venía de todas partes. De la casa. De la grieta. De la oscuridad bajo sus pies.
La falsa Elena ya había desaparecido por completo.
Ahora solo quedaba aquello.
Una masa negra.
Gigantesca.
Retorciéndose frente a ellos.
Con rostros apareciendo y desapareciendo en su superficie.
Rostros que gritaban.
Rostros que lloraban.
Rostros atrapados.
Lucía.
El padre de Elena.
Y, por un instante…
el suyo.
Adrián retrocedió de golpe.
—No…
—¡Adrián! —gritó Elena—. ¡La grieta!
Él levantó la vista.
La grieta había dejado de ser una simple abertura en la pared.
Ahora atravesaba toda la habitación.
Del suelo al techo.
Como una herida abierta en la realidad.
Y dentro de ella…
había algo.
No una forma.
No una criatura.
Algo peor.
Oscuridad infinita.
Vacío.
Y la sensación insoportable de que, si la miraba demasiado tiempo, jamás podría apartar la vista.
La voz volvió.
Más fuerte que nunca.
—Tú me abriste…
Adrián sintió el dolor en la marca.
La oscuridad volvió a subir por su brazo.
—Tú eres la puerta…
—¡No lo escuches! —gritó Elena.
Pero la entidad seguía hablando.
—Si cierras la grieta… tú también desapareces.
El silencio cayó de golpe.
Adrián se quedó inmóvil.
—¿Qué…?
Elena palideció.
—Está mintiendo.
Pero había duda en su voz.
Y Adrián la escuchó.
La entidad pareció sonreír.
—Tú lo sabes.
El padre de Elena avanzó hasta colocarse junto a ellos.
Cada movimiento parecía costarle un esfuerzo inmenso.
La oscuridad seguía consumiéndolo lentamente.
—No le creas… —dijo con dificultad.
La entidad rugió.
—¡Tú ya estás perdido!
El hombre ni siquiera la miró.
Sus ojos seguían fijos en Adrián.
—Escúchame… yo también le abrí la puerta una vez.
Adrián sintió que el corazón se detenía.
—¿Qué?
—No fui solo Elena. Antes de ella… fui yo.
Elena lo miró, sorprendida.
—Papá…
El hombre cerró los ojos un segundo.
—Cuando murió tu madre… yo quería escuchar su voz otra vez. Solo una vez.
El silencio llenó la habitación.
—Y la escuché.
La entidad se agitó violentamente.
—¡Cállate!
—Me prometió que podía traerla de vuelta. Me dijo exactamente lo que necesitaba oír.
Adrián sintió un escalofrío.
Porque entendía.
Demasiado bien.
—Yo también dije que sí —continuó el hombre—. Y por eso la grieta nunca se cerró del todo.
La casa volvió a temblar.
Pedazos del techo comenzaron a caer.
La oscuridad se extendía cada vez más rápido.
—Entonces… ¿cómo la cierro? —preguntó Adrián.
El hombre levantó la mirada hacia la grieta.
Había tristeza en sus ojos.
Y resignación.
—Tienes que rechazarla.
—¡Ya lo hice!
—No.
El hombre negó lentamente.
—Tienes que rechazar todo lo que te ofrece.
El silencio cayó entre ellos.
Adrián miró la grieta.
Después la oscuridad.
Después la entidad.
Y finalmente…
a sí mismo.
La voz regresó.
Más suave.
Más humana.
—No tienes que seguir sintiéndote así…
Imágenes aparecieron en su mente.
Su infancia.
Su soledad.
Todas las veces que sintió que no importaba.
Todas las veces que quiso desaparecer.
Y luego…
algo diferente.
Un lugar tranquilo.
Sin miedo.
Sin dolor.
Sin vacío.
La voz sonó justo detrás de él.
—Yo puedo darte eso.
Adrián cerró los ojos.
Por un segundo…
quiso creerle.
Quiso dejar de luchar.
Quiso dejar de sentir.
Y entonces escuchó otra voz.
—No estás solo.
Elena.
Abrió los ojos.
Ella seguía ahí.
Frente a él.
Temblando.
Llorando.
Pero ahí.
Real.
No una promesa.
No una mentira.
Real.
Adrián respiró hondo.
La marca ardía.
La oscuridad seguía trepando por su brazo.
Pero esta vez…
ya no sintió miedo.
Porque por primera vez en su vida…
entendió algo.
No estaba solo porque la entidad lo hubiera acompañado.
No estaba solo porque alguien finalmente lo hubiera encontrado.
No estaba solo…
porque Elena estaba ahí.
Porque había alguien dispuesto a quedarse.
Aunque fuera difícil.
Aunque doliera.
Aunque diera miedo.
Levantó lentamente la mirada hacia la grieta.
La entidad gritó.
—¡No!
Adrián dio un paso hacia ella.
—No te necesito.
La casa tembló.
La oscuridad retrocedió apenas.
La entidad rugió.
—¡Mientes!
Otro paso.
—No eres parte de mí.
La marca comenzó a agrietarse más.
La oscuridad de su brazo empezó a romperse.
—¡Tú me abriste!
Adrián sintió que todo el dolor volvía de golpe.
Todas las voces.
Todos los recuerdos.
Todo.
Pero siguió caminando.
—Y ahora te cierro.
La entidad lanzó un grito inhumano.
La grieta comenzó a vibrar.
El aire explotó a su alrededor.
Y entonces…
Adrián extendió la mano hacia la oscuridad.