Las Voces Que Solo Él Escucha

Capítulo 22: Del otro lado

En el instante en que la mano de Adrián tocó la grieta…

el mundo desapareció.

No hubo luz.

No hubo ruido.

No hubo dolor.

Solo vacío.

Un vacío tan absoluto que parecía tragarse incluso los pensamientos.

Adrián abrió los ojos lentamente.

Ya no estaba en la casa.

Estaba de pie en medio de una oscuridad infinita.

No había suelo.

No había techo.

Solo negrura extendiéndose en todas direcciones.

Y, frente a él…

había una puerta.

La misma puerta.

Vieja. De madera oscura. Con la pintura desgastada y la perilla oxidada.

La puerta que había visto en sus sueños.

La puerta que estaba al final del pasillo.

La puerta que llevaba toda su vida esperándolo.

Adrián sintió un escalofrío.

La voz habló detrás de él.

—Todavía puedes abrirla.

Él no se giró.

—No.

—Si la abres, se termina.

La voz era distinta ahora.

Ya no sonaba monstruosa.

Sonaba como él.

Como su propia voz.

Más cansada.

Más triste.

—No más miedo. No más dolor. No más sentirte vacío.

Adrián cerró los ojos un segundo.

Porque una parte de él quería creerlo.

Una parte muy pequeña.

Pero todavía estaba ahí.

—No.

La voz se acercó.

—¿Entonces qué vas a hacer cuando todo esto termine? ¿Volver a sentirte igual? ¿Volver a estar solo?

Adrián apretó los puños.

—No estoy solo.

La oscuridad alrededor de él tembló.

La voz soltó una pequeña risa.

—¿Por Elena?

Adrián no respondió.

—Ella también te va a dejar.

La frase le atravesó el pecho.

Porque era exactamente el tipo de miedo que siempre había tenido.

Perder a las personas.

Quedarse atrás.

Volver a estar solo.

La voz siguió.

—Todos se van. Siempre se van.

Frente a él, la puerta comenzó a abrirse lentamente.

Y al otro lado…

vio su cuarto de cuando era niño.

La cama.

La ventana.

La oscuridad debajo de la cama.

Y a sí mismo.

Con ocho años.

Sentado en el suelo.

Llorando en silencio.

Adrián dejó de respirar.

El niño levantó la cabeza lentamente.

Y lo miró.

Tenía los ojos llenos de miedo.

—¿Por qué no vino nadie? —preguntó.

La voz sonrió detrás de él.

—Porque nunca vino nadie.

Adrián sintió un nudo insoportable en la garganta.

Miró al niño.

Se veía tan pequeño.

Tan roto.

Tan solo.

Y por primera vez…

entendió que esa era la parte de él que la entidad había encontrado.

La herida.

La grieta.

La voz volvió a hablar.

—Déjame entrar. Yo puedo quedarme con él.

Adrián sintió lágrimas arder en sus ojos.

El niño seguía mirándolo.

Esperando.

Esperándolo a él.

No a la entidad.

A él.

Entonces Adrián caminó.

No hacia la oscuridad.

No hacia la voz.

Hacia el niño.

La voz cambió de inmediato.

—¡No!

La oscuridad comenzó a moverse violentamente a su alrededor.

El suelo tembló.

La puerta crujió.

Pero Adrián siguió avanzando.

Hasta arrodillarse frente al niño.

El pequeño retrocedió un poco.

Asustado.

—No…

Adrián tragó saliva.

—Lo sé.

El niño lo miró.

—Tengo miedo.

La voz gritó.

—¡No lo escuches!

Pero Adrián ya no la escuchaba.

Porque estaba viendo esa parte de sí mismo.

La que había estado sola tanto tiempo.

La que creyó que nadie iba a quedarse.

Y extendió lentamente la mano.

—Yo también.

El niño comenzó a llorar.

Adrián sintió cómo algo dentro de él se rompía.

No de dolor.

De otra cosa.

De alivio.

Porque por primera vez…

no estaba huyendo de esa parte de sí mismo.

La estaba mirando.

La estaba aceptando.

—No fue tu culpa —susurró.

El niño levantó la mirada.

—¿Qué?

—Que se fueran. Que te sintieras solo. No fue tu culpa.

La oscuridad rugió.

Todo comenzó a desmoronarse.

La voz gritó con furia.

—¡Él me pertenece!

Adrián abrazó al niño.

Y en el instante en que lo hizo…

la oscuridad se agrietó.

Miles de grietas atravesaron el vacío.

La puerta comenzó a romperse.

La voz gritó.

No de rabia.

De miedo.

—¡No! ¡Si lo aceptas, ya no me necesitas!

Adrián cerró los ojos.

Todavía abrazando al niño.

—Exacto.

El vacío explotó.

La puerta se hizo pedazos.

La oscuridad se rompió alrededor de ellos.

Y Adrián cayó.

Otra vez.

Pero esta vez…

no cayó solo.

Cuando abrió los ojos, estaba de nuevo en la casa.

Tirado en el suelo.

Elena lo sostenía.

La grieta frente a ellos estaba cerrándose.

Lentamente.

Como una herida que por fin comenzaba a sanar.

La entidad gritaba desde el otro lado.

Su cuerpo se deshacía.

Los rostros atrapados comenzaban a desaparecer.

Lucía.

El padre de Elena.

Todos.

Pero antes de desaparecer por completo…

el padre de Elena miró a su hija.

Y sonrió.

Una sonrisa cansada.

Humana.

Real.

—Ya está… —susurró.

Elena rompió a llorar.

—Papá…

Y entonces él desapareció.

La grieta se cerró un poco más.

La casa dejó de temblar.

El silencio cayó sobre ellos.

Pero justo antes de que todo terminara…

la entidad susurró una última vez desde la oscuridad:

—Todavía queda una puerta…

Y la grieta…

se detuvo.



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En el texto hay: susoenso y amor, suspence

Editado: 30.03.2026

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