Las Voces Que Solo Él Escucha

Capítulo 24: Lo que espera detrás

Adrián no podía apartar la mirada de la puerta.

El niño seguía ahí.

Pequeño.

Quieto.

Con esa expresión triste que le partía el pecho.

—No cierres esta puerta… —repitió.

Detrás de él, la oscuridad se movió otra vez.

Lenta.

Como si algo enorme respirara al otro lado.

Elena lo sujetó del brazo.

—Adrián, no.

Pero él apenas la escuchó.

Porque el niño era él.

Era esa parte de sí mismo que acababa de aceptar.

La parte que había abrazado.

La parte que ya no estaba sola.

Entonces… ¿por qué estaba ahí otra vez?

El niño bajó la mirada.

—Si la cierras… yo también desaparezco.

El corazón de Adrián se detuvo.

—No…

La oscuridad detrás del niño pareció inclinarse.

Escuchando.

Esperando.

Elena dio un paso al frente.

—Está mintiendo.

El niño la miró.

Y por un instante, su rostro cambió.

Muy poco.

Solo un segundo.

La sonrisa desapareció.

Los ojos se volvieron demasiado oscuros.

Demasiado vacíos.

Y luego volvió a ser él.

—No quiero quedarme aquí otra vez… —susurró.

Adrián sintió que las piernas le temblaban.

Porque esa voz…

esa tristeza…

eran reales.

La entidad estaba usando lo único que todavía podía hacerlo dudar.

A sí mismo.

—¿Qué hago…? —murmuró.

Elena lo miró.

Tenía miedo.

Pero también entendía.

Porque ella había escuchado la voz de sus padres.

Ella también había querido creer.

—No tienes que abandonarlo —dijo suavemente—. Solo no tienes que dejarlo ahí.

Adrián frunció el ceño.

—¿Qué?

Elena respiró hondo.

—La otra vez lo abrazaste. Lo aceptaste. Ya no está solo ahí adentro.

El niño levantó la mirada de golpe.

La oscuridad detrás de él se agitó violentamente.

—No… —susurró la voz de la entidad, saliendo desde todas partes a la vez.

Elena apretó la mano de Adrián.

—No tienes que volver a entrar. Solo tienes que llevarlo contigo.

La casa entera tembló.

La puerta crujió.

El niño comenzó a retroceder lentamente hacia la oscuridad.

—Adrián… —dijo, ahora asustado de verdad.

Y detrás de él…

la cosa salió un poco más.

Una mano.

Gigante.

Negra.

Llena de rostros moviéndose bajo la piel.

La entidad.

Más grande que nunca.

Esperando que él dudara.

Esperando que eligiera abrir la puerta otra vez.

Adrián respiró con dificultad.

Y entonces entendió.

La puerta no era la entidad.

La puerta era el miedo.

La culpa.

La herida.

Y toda su vida había intentado cerrarla fingiendo que no existía.

Por eso siempre volvía.

Por eso la entidad siempre encontraba una forma de entrar.

Porque una parte de él seguía encerrada ahí.

Miró al niño.

Esta vez de verdad.

No como una trampa.

No como un recuerdo.

Como a sí mismo.

Y extendió la mano.

—Ven conmigo.

El niño se quedó inmóvil.

La entidad rugió.

La oscuridad explotó alrededor de la puerta.

—¡No!

El niño comenzó a llorar.

—¿De verdad…?

Adrián asintió.

Tenía lágrimas en los ojos.

—No voy a dejarte ahí otra vez.

La casa tembló tan fuerte que las paredes comenzaron a romperse.

La entidad lanzó un grito horrible.

La mano gigante se abalanzó desde la oscuridad.

Pero el niño corrió.

Corrió hacia Adrián.

Y en el instante en que sus dedos se tocaron…

todo estalló.

Una luz atravesó la casa.

La puerta se partió por la mitad.

La oscuridad gritó.

Los rostros atrapados aparecieron una última vez, retorciéndose dentro de la entidad.

Lucía.

El padre de Elena.

Todos.

Y después…

desaparecieron.

La grieta en la pared comenzó a cerrarse de nuevo.

Más rápido.

Más fuerte.

La entidad retrocedió.

Su cuerpo empezó a romperse.

A deshacerse.

—¡No! —rugió—. ¡Tú me necesitas!

Adrián sintió al niño abrazado contra él.

Pequeño.

Temblando.

Pero ya no solo.

Y levantó la mirada hacia la oscuridad.

—No.

La grieta se cerró por completo.

La casa entera quedó en silencio.

Y la entidad desapareció.

No con un grito.

No con violencia.

Simplemente…

dejó de estar.

El silencio que quedó después fue extraño.

Ligero.

Como si la casa hubiera estado conteniendo la respiración durante años… y por fin pudiera soltarla.

Adrián miró hacia abajo.

El niño seguía ahí.

Frente a él.

Pero ahora sonreía.

Una sonrisa real.

Tranquila.

Y poco a poco…

comenzó a desvanecerse.

—Gracias… —susurró.

Adrián sintió lágrimas caer por su rostro.

—Lo siento…

El niño negó suavemente con la cabeza.

Y desapareció.

La casa crujió una última vez.

Pero ya no sonaba viva.

Ya no sonaba enferma.

Solo vieja.

Vacía.

Elena seguía a su lado.

Temblando.

Mirándolo.

—¿Terminó? —preguntó en voz baja.

Adrián miró la pared.

La grieta había desaparecido.

Solo quedaba una línea delgada, casi invisible.

Como una cicatriz.

Entonces él tomó la mano de Elena.

Y por primera vez desde que todo comenzó…

la casa no respondió.



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En el texto hay: susoenso y amor, suspence

Editado: 30.03.2026

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