El Reino de Lúmen no se sostenía sobre piedra ni sobre oro, sino sobre algo más antiguo: el pulso invisible de la magia.
No era una magia ruidosa ni violenta. Vivía en los ríos que jamás se secaban, en los árboles que florecían incluso en invierno, en las campanas del palacio que vibraban solas cuando algo importante estaba por ocurrir. Los habitantes decían que el reino tenía corazón, y que ese corazón respondía a la sangre real.
Por eso, cuando el heredero despertaba inquieto, Lúmen también lo hacía.
Althir caminaba por los corredores del palacio con pasos suaves, acompañado por la luz de la mañana que se filtraba entre vitrales antiguos. Vestía telas claras, ligeras, bordadas con símbolos que había aprendido a reconocer antes de saber leer.
Era pequeño para su edad, delgado, casi frágil a simple vista. Su cabello rubio caía sin orden sobre su frente, y sus ojos verdes observaban el mundo con una atención que rozaba la melancolía. No había arrogancia en él; solo una sensibilidad que parecía amplificada por la magia que llevaba dentro.
—Siempre escuchas demasiado —le decía su madre con una sonrisa triste.
La reina Sereth era una mujer de porte sereno, mirada firme y voz suave. Nunca levantaba el tono, pero bastaba una palabra suya para imponer calma. Ella sabía que su hijo sentía el reino de una forma que pocos podían comprender.
Su padre, el rey Aldren, era distinto: alto, de presencia imponente, con manos marcadas por años de sostener más responsabilidades que armas. Amaba a su hijo con una mezcla de orgullo y preocupación silenciosa.
—No todo latido debe seguirse —le dijo una vez—. Algunos solo están para recordarnos que estamos vivos.
Althir no respondió.
Nunca sabía cómo explicar que, para él, los latidos no eran una metáfora.
Cada semana, Althir recorría el reino.
No por obligación, sino por necesidad.
Caminaba entre los mercados, escuchaba a los artesanos, se detenía a observar a los niños que jugaban sin saber quién era realmente. Aurelianos antiguos decían que el heredero debía conocer cada rincón de Lúmen, porque la magia no se hereda completa si no se comprende a quienes protege.
Althir ayudaba a una anciana a levantar una cesta caída, sonreía tímidamente cuando alguien le agradecía, y sentía —muy dentro— cómo el reino respondía a esos pequeños gestos.
Cuando estaba cerca de su gente, el pulso se calmaba.
Era allí donde se sentía más real.
Esa noche, durante la cena, el ambiente estaba cargado de un silencio distinto.
—El consejo insiste —dijo el rey Aldren—. Dicen que el reino necesita mayor protección.
La reina Sereth entrelazó los dedos.
—Hablan de guardias nuevos —continuó él—. De reforzar la seguridad del heredero.
Althir levantó la mirada.
—¿Tengo que dejar de salir?
—No —respondió su madre de inmediato—. Pero habrá cambios.
El heredero asintió despacio. Había aprendido a aceptar los cambios sin preguntar demasiado. Aun así, algo en su pecho se tensó, como si el corazón del reino hubiera marcado un compás nuevo.
Uno desconocido.
Uno que aún no tenía nombre.
El Salón estaba en silencio.
No un silencio vacío, sino uno cargado de intención. Las columnas blancas, grabadas con símbolos antiguos, parecían observar a quienes se reunían allí. El consejo real ocupaba su lugar en semicírculo, rostros serios, voces contenidas.
El rey Aldren permanecía de pie, con las manos apoyadas en el respaldo del trono que aún no ocupaba. Prefería escuchar antes de decidir.
—No hablamos de miedo —dijo el consejero Vaelor, el más anciano—, sino de previsión.
La reina Sereth alzó la mirada, atenta.
—El reino ha cambiado —continuó Vaelor—. No es una amenaza directa, pero sí una alteración. Y cuando algo cambia… el heredero es el primero en sentirlo.
Aldren frunció ligeramente el ceño.
—¿Insinúas que mi hijo corre peligro?
—Insinuamos —corrigió otra voz— que está expuesto.
Hablaron entonces de rumores, de fronteras inquietas, de movimientos que aún no tenían nombre. Nada concreto. Nada suficiente para declarar alarma… pero demasiado para ignorarlo.
—La recomendación del consejo es clara —concluyó Vaelor—: un nuevo guardia personal para el heredero. No uno de linaje noble. No alguien de la corte.
—¿Por qué no? —preguntó Sereth.
—Porque la cercanía excesiva al poder nubla el instinto —respondió Vaelor—. Necesitamos a alguien que no tema al trono. Alguien que vea al heredero como una vida que proteger, no como un símbolo que venerar.
El rey guardó silencio.
Sabía que aquella sugerencia no era menor. Un guardia externo significaba abrir las puertas del palacio a alguien sin lazos, sin juramentos antiguos… sin ataduras.
—Lo consideraré —dijo finalmente.
Pero el latido del reino ya había marcado su decisión.
Althir no estuvo en la reunión, pero lo sintió.
Esa tarde, mientras practicaba la armonización —el ejercicio que le enseñaron para escuchar la magia sin perderse en ella—, su respiración se desacompasó. Las velas del salón temblaron. El aire se volvió más denso.
Abrió los ojos, sobresaltado.
—Algo cambió —murmuró.
No era miedo.
Era anticipación.
Como si el reino hubiera inhalado profundamente.
Más tarde, su madre fue a buscarlo.
—Althir —dijo, acomodándole un mechón de cabello—, pronto habrá alguien nuevo en el palacio.
—¿Un sirviente?
Sereth negó con suavidad.
—Un guardia. Para ti.
Althir bajó la mirada. Sus dedos se cerraron sobre la tela de su túnica.
—¿He hecho algo mal?
—No —respondió ella con firmeza—. Has hecho todo bien. Precisamente por eso debemos protegerte.
El heredero asintió, aunque algo en su pecho latía distinto. No sabía por qué la idea de alguien nuevo —un desconocido— le provocaba inquietud… y una curiosidad inexplicable.
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Editado: 07.01.2026