El día transcurría con una calma engañosa.
El cielo estaba cubierto por nubes ligeras, y el aire llevaba ese aroma previo a la lluvia que hacía que el palacio pareciera contener la respiración. Althir caminaba por una de las galerías exteriores, acompañado por Darek a su lado izquierdo, tal como indicaban las normas.
Era un recorrido habitual.
Nada fuera de lugar.
Hasta que el pulso cambió.
No fue un golpe repentino, sino una tensión breve, casi imperceptible. Althir se llevó una mano al pecho sin darse cuenta.
—¿Te sientes mal? —preguntó Darek de inmediato.
—No… solo…
No terminó la frase.
Un sonido seco resonó desde lo alto de la galería. Una piedra decorativa, debilitada por el tiempo y la humedad, se desprendió del borde del arco superior. Cayó en un ángulo torcido, directa hacia donde Althir estaba de pie.
Todo ocurrió en un instante.
Darek no pensó.
No gritó.
No dudó.
Se adelantó, tomó a Althir por la cintura con una fuerza medida y lo giró sobre sí mismo, cubriéndolo con su cuerpo. La piedra cayó al suelo, estallando en fragmentos a escasos centímetros de ellos.
El ruido reverberó en la galería.
Althir quedó con el rostro presionado contra el pecho de Darek. Sintió el latido fuerte, firme, completamente real bajo su mejilla. No era el pulso del reino. Era el de un hombre.
Durante un segundo, nadie se movió.
—¿Estás herido? —preguntó Darek con voz baja, tensa.
Althir negó, aún sorprendido.
—No.
Darek aflojó el agarre lentamente, como si temiera soltarlo demasiado pronto. Cuando se separaron, el contraste fue evidente: Althir pequeño, pálido; Darek enorme, sólido, aún en posición protectora.
Llegaron otros guardias, alarmados.
—¿Qué ocurrió?
—Desprendimiento —respondió Darek con calma—. Revisen el arco.
No dramatizó.
No buscó reconocimiento.
Althir lo observó con atención.
Más tarde, cuando el lugar fue asegurado, continuaron el recorrido, pero algo había cambiado.
Althir caminaba un poco más cerca de Darek. No por miedo, sino por una sensación de seguridad nueva. Sus pasos se sincronizaban sin esfuerzo.
—Me salvaste —dijo al fin, casi en un susurro.
—Es mi trabajo.
—No —replicó Althir, deteniéndose—. Lo hiciste antes de pensar.
Darek lo miró. Sus ojos oscuros no esquivaron los de Althir.
—Algunas cosas se hacen así —respondió—. O no sirven.
Althir asintió lentamente. El pulso del reino, que había temblado apenas, volvió a estabilizarse. Pero su propio corazón… no.
—Gracias, Darek.
Esta vez, el nombre sonó distinto. Más cercano.
Darek inclinó la cabeza, pero su mano, aún temblando ligeramente, tardó un poco en relajarse.
Esa noche, Althir recordó el calor del cuerpo de Darek, el sonido de su corazón, la forma en que se interpuso sin medir consecuencias.
Y Darek, desde su guardia, comprendió algo con claridad incómoda:
Proteger al heredero no era difícil.
Lo difícil iba a ser no sentir.
Darek fue llamado al anochecer.
El mensaje no llevaba urgencia, pero tampoco opción. Cuando llegó al estudio del rey, el sol ya se había ocultado tras las torres, y la estancia estaba iluminada solo por dos lámparas bajas. No había guardias en la puerta.
Eso, por sí solo, decía mucho.
Darek entró y se detuvo a una distancia respetuosa. El rey Aldren estaba de pie junto a la mesa, revisando informes. No alzó la vista de inmediato.
—Habla —dijo al fin—. Quiero escuchar tu versión antes de la oficial.
Darek no se tensó.
No adornó.
—Un elemento del arco cedió. Evalué riesgo inmediato y actué.
Aldren levantó la mirada entonces. Sus ojos eran firmes, calculadores.
—Actuaste antes de que otros reaccionaran —señaló—. Te adelantaste incluso a la señal.
—Sí, majestad.
—¿Por qué?
La pregunta no era técnica.
Era personal.
Darek sostuvo la mirada sin desafío.
—Porque estaba cerca —respondió—. Y porque era lo correcto.
El rey rodeó la mesa y caminó despacio, observándolo como quien mide un arma desconocida.
—Hay guardias entrenados para reaccionar —dijo—. Tú llevas días aquí. No conoces todos los protocolos.
—Conozco lo suficiente para saber cuándo alguien está en peligro.
Aldren se detuvo frente a él.
—¿Sabes quién es mi hijo?
—El heredero de Lúmen.
—No —corrigió el rey con dureza contenida—. Es mi hijo.
El silencio cayó pesado.
—Si hubiera resultado herido —continuó—, este reino no te habría dado tiempo de explicarte.
—Lo sé.
—Entonces dime —insistió Aldren— por qué confiaste tu cuerpo al suyo sin dudar.
Darek respiró hondo.
—Porque si iba a caer alguien —dijo con voz grave—, no iba a ser él.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
Aldren lo observó largo rato. No había ira en su rostro. Tampoco aprobación inmediata.
—Eres consciente de que esa respuesta no es profesional.
—Sí, majestad.
—Y aun así la das.
—Sí.
El rey se giró hacia la ventana. Afuera, el palacio estaba en calma.
—El consejo cree que necesito a alguien sin lazos —dijo finalmente—. Alguien que no se deje llevar por emociones.
Darek no respondió.
—Pero el reino —continuó Aldren— no se sostiene solo con normas.
Se volvió hacia él.
—¿Puedes proteger a mi hijo sin olvidar quién eres?
Darek sostuvo la mirada.
—Puedo protegerlo porque no soy más que quien soy.
Aldren exhaló despacio.
—Althir habló de ti —dijo entonces—. No como heredero. Como persona.
Darek sintió un leve estremecimiento que no dejó ver.
—No te he llamado para reprenderte —concluyó el rey—. Te he llamado para advertirte.
Se acercó un paso más.
—Si cruzas la línea entre deber y apego, el reino reaccionará.
—Lo entiendo.
—¿De verdad?
Darek bajó la cabeza por primera vez.
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Editado: 07.01.2026