Latidos

Capítulo 3: Retorno y decisiones

El amanecer llegó con un cielo cubierto.

No era tormenta, pero tampoco claridad. Una luz opaca se filtraba por los ventanales del palacio, como si el día dudara antes de comenzar. Althir despertó despacio, con el nombre aún suspendido en los labios y el recuerdo del sueño latiéndole en el pecho.

Darek.

Se incorporó de golpe.

La habitación estaba en silencio. La guardia había cambiado, pero él lo supo incluso antes de mirar: Darek seguía ahí.

No junto a la cama.
En su lugar.
Correcto. Distante.

Como si nada hubiera ocurrido.

Althir tragó saliva.

—Buenos días —dijo, intentando que su voz sonara igual que siempre.

—Buenos días, Alteza —respondió Darek.

El uso del título le dolió más de lo que esperaba.

Althir se levantó, caminó hasta el ventanal y apoyó las manos en el marco. Desde ahí, el reino se extendía ante él: torres, jardines, caminos dorados. Todo seguía en equilibrio… y sin embargo, algo en él no.

—¿Dormí mal? —preguntó sin girarse.

Darek dudó apenas.

—Tuviste un sueño inquieto.

Althir cerró los ojos un segundo.

—¿Dije algo?

El silencio fue la respuesta más honesta.

Darek no avanzó. No retrocedió.

—Nada que no deba olvidarse —dijo finalmente.

Althir asintió, pero el rubor volvió a subirle al rostro. No se atrevió a mirarlo.

Mi padre tenía razón, pensó.
Esto empieza a notarse.

Durante el día, el palacio pareció más atento.

No era paranoia. Eran miradas que se alargaban, susurros que se cortaban al paso del heredero, gestos medidos. Althir caminaba con la espalda recta, la corona ligera sobre su cabello rubio —todavía poco usada, todavía extraña—, sintiendo por primera vez su verdadero peso.

Darek iba a su lado.

Siempre un paso detrás.
Siempre presente.

En el Salón de los Espejos, Althir se detuvo frente a uno de ellos. No para verse a sí mismo… sino para verlos juntos reflejados.

Tan distintos.
Tan cercanos.

—Darek —dijo en voz baja—. ¿Te incomoda estar aquí?

—No.

—¿Ni un poco?

Darek lo miró a través del reflejo.

—Me incomodaría no estar.

El corazón de Althir dio un salto traicionero.

—Eso no es una respuesta segura —murmuró.

—Nunca dije que lo fuera.

Por un instante, solo existieron ellos y el reflejo. Luego, pasos acercándose. Voces. El mundo regresó.

Althir se apartó primero.

Esa noche, el rey observó a su hijo durante la cena.

No con severidad.
Con preocupación.

La reina lo notó.

—No puedes protegerlo de todo —dijo en voz baja.

—No intento protegerlo —respondió Aldren—. Intento que sobreviva.

—También se sobrevive sintiendo.

El rey no contestó.

Miró a Althir reír suavemente ante un comentario, y luego —casi sin darse cuenta— buscar con la mirada a Darek, como si necesitara confirmar que seguía ahí.

El pulso del reino vibró.

No con alarma.
Con advertencia.

Esa noche, cuando el palacio volvió a dormir, Althir no llamó a Darek.

No lo necesitó.

Porque aunque no se tocaron, aunque no hablaron más de lo necesario, ambos supieron algo con claridad inquietante:

Lo que había nacido ya no era invisible.

Y el reino… empezaba a sentirlo.

El aviso llegó poco antes del mediodía.

Un mensajero del norte cruzó el puente principal con el estandarte marcado y señales claras de urgencia. Fue llevado directamente a la sala táctica del palacio. El rey ordenó que se reunieran los capitanes de guardia y los estrategas fronterizos.

Althir asistió como heredero.
Darek, como guardia asignado, permaneció a su espalda.

El mapa se extendió sobre la mesa central: líneas de frontera, pueblos menores, rutas de comercio. El consejero militar señaló una zona boscosa al noreste.

—Movimientos irregulares desde hace dos semanas —explicó—. Ataques breves, organizados. No son bandidos comunes.

—¿Identificación? —preguntó el rey.

—El mismo grupo que fue expulsado hace años. Se hacen llamar Los Silentes.

Althir reconoció el nombre. No eran numerosos, pero sí persistentes. Exmilitares, desertores, hombres entrenados que conocían los límites del reino.

—Han evitado enfrentamientos directos —continuó el consejero—. Pero esta madrugada atacaron un puesto de vigilancia. Dos heridos. Ningún muerto.

El rey apoyó ambas manos en la mesa.

—Quiero contención inmediata. No una guerra abierta.

Alzó la vista.

—Enviaré una unidad reducida. Precisa. Sin símbolos reales.

El silencio fue breve.

—Darek —dijo.

El guardia alzó la mirada de inmediato.

—Sí, majestad.

—Conoces el terreno. Has combatido fuera del reino antes.

—Así es.

—Encabezarás el despliegue.

No fue una pregunta.

Darek inclinó la cabeza.

—Parto cuando se ordene.

Althir giró el rostro hacia él. No habló.

El rey lo notó.

—No es una misión larga —añadió—. Reconocimiento, neutralización si es necesario. Regresarán en tres días.

Althir apretó los labios, pero no intervino. Sabía cuándo debía hacerlo… y cuándo no.

—Prepárate —ordenó Aldren—. Saldrás antes del anochecer.

El patio de armas estaba activo esa tarde.

Darek revisó equipo: armadura ligera, espada corta, cuchillo de reserva, provisiones básicas. No llevaba insignias del palacio. Era un soldado más.

Althir observó desde la galería superior.

No se acercó.
No llamó su atención.

Vio cómo Darek daba instrucciones breves a los hombres asignados. Señaló rutas, tiempos, posiciones. No alzaba la voz. No era necesario.

Cuando terminó, Darek alzó la vista.

Althir no se movió.

Sus miradas se cruzaron solo un segundo. Lo suficiente para reconocer la presencia del otro. Nada más.

Darek inclinó la cabeza, formal. Luego se dio la vuelta.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.