Latidos

Capítulo 4: Instinto

La habitación de Althir estaba a oscuras.

No había encendido lámparas. La única luz entraba desde el balcón, fragmentada por las cortinas. Estaba sentado en el borde de la cama, inclinado hacia adelante, con las manos cubriéndole el rostro. No hizo esfuerzo por contener el llanto. No era escandaloso. Era constante.

Había pasado el día entero sosteniéndose. Ahora no.

No le gustaba la conclusión a la que había llegado. No le gustaba admitirla. No le gustaba, sobre todo, el riesgo que implicaba.

Golpes suaves en la puerta.

Althir no respondió.

—Alteza —dijo una voz conocida—. Solicité permiso a Su Majestad.

El silencio duró unos segundos más. Luego, Althir habló sin alzar la cabeza.

—Pasa.

Darek entró y cerró tras de sí. Se detuvo al verlo. No avanzó de inmediato.

—¿Qué ocurre?

Althir soltó una risa breve, quebrada.

—Eso debería preguntártelo yo.

Darek dio unos pasos más. Se detuvo frente a él.

—Te escuché —dijo—. Desde el pasillo.

Althir alzó la vista. Tenía los ojos enrojecidos. No intentó ocultarlo.

—No quería esto —dijo—. No quería sentirlo.

Darek frunció ligeramente el ceño.

—¿Sentir qué?

Althir respiró hondo, como quien se obliga a cruzar un punto sin retorno.

—A ti.

El silencio se tensó de inmediato.

Darek no habló. Althir continuó.

—Sé lo que implica. Sé lo que dicen. Sé lo que arriesgo. Y aun así… —se interrumpió—. No pude evitarlo.

Las lágrimas volvieron. Darek acortó la distancia y, sin pedir permiso, levantó la mano y le secó el rostro con el pulgar. El gesto fue firme, casi torpe.

—No deberías —dijo Darek—. No es correcto.

Althir cerró los ojos un instante.

—Lo sé.

—Eres el heredero.

—Lo sé.

—Y yo soy un guardia —continuó—. Nada más.

Althir abrió los ojos.

—No para mí.

Darek retiró la mano.

—Eso es precisamente el problema.

Se enderezó.

—No puedes tener un romance conmigo. No así. No ahora. No nunca.

Althir se puso de pie también.

—¿Ni siquiera en secreto?

Darek dudó. Solo un instante.

—Eso sería peor.

—¿Por qué?

—Porque te haría creer que puedes dividir lo que eres.

El silencio volvió a caer. Más pesado.

Darek dio un paso atrás, como si se dispusiera a irse.

—Debí venir solo para asegurarme de que estabas bien.

Althir negó.

—No lo estoy.

Darek se giró hacia él, y antes de que pudiera reaccionar, lo tomó por la cintura y lo alzó apenas del suelo. El movimiento fue rápido, decidido. No violento.

Althir se quedó sin palabras.

Darek lo besó.

No fue largo. No fue cuidadoso. Fue directo. Un contacto firme que no pedía permiso ni prometía nada.

Cuando se separó, Althir seguía con las manos suspendidas en el aire.

—Esto —dijo Darek— no cambia lo que te dije.

Apoyó la frente contra la de él por un segundo.

—Pero tampoco lo niega.

Althir respiró hondo. El temblor en su cuerpo se aquietó.

—Gracias —dijo en voz baja.

Darek lo bajó con cuidado.

—Descansa —ordenó—. Mañana volverán a mirarte como heredero.

Se alejó hacia la puerta.

—Y yo volveré a vigilarte como corresponde.

Salió sin mirar atrás.

Althir permaneció de pie, en silencio, con una mano aún en el lugar donde Darek lo había sostenido.

La habitación seguía a oscuras.

Pero ya no estaba vacía.

La mañana llegó sin señales de ruptura.

El palacio despertó como siempre: puertas abiertas al alba, pasos medidos en los corredores, el murmullo constante de una corte que nunca descansaba del todo. No hubo miradas prolongadas. No hubo gestos fuera de lugar.

Althir asistió al desayuno en el salón menor. Escuchó informes. Respondió con precisión. No evitó conversaciones ni buscó refugio en el silencio. Su postura era recta, su voz estable.

Darek ocupó su lugar habitual, a una distancia correcta, atento, inmóvil cuando debía serlo. Sus movimientos eran los de siempre. Ni más lentos. Ni más cuidadosos.

Si alguien observaba con atención, habría notado solo una cosa: funcionaban bien. Demasiado bien.

No se miraban más de lo necesario.
No se evitaban tampoco.

El equilibrio era exacto.

La reina pidió ver a Althir después del mediodía.

No fue una orden. Fue una invitación.

El jardín interior estaba tranquilo. La reina Elyra se encontraba sentada, revisando unas cartas que dejó a un lado al ver llegar a su hijo.

—Siéntate —dijo.

Althir obedeció.

—Te veo sereno —comentó ella—. Anoche no lo estabas.

Althir no respondió de inmediato.

—Las noches pasan —dijo finalmente.

La reina lo observó con atención, como quien no busca respuestas, sino confirmar intuiciones.

—El guardia regresó con vida —continuó—. Y tú retomaste tu rutina.

—Es lo que se espera de mí.

—¿Y de él?

Althir alzó la vista apenas.

—Cumple su deber.

La reina asintió.

—Lo hace bien.

—Sí.

Elyra entrelazó las manos.

—Te cuida con atención —dijo—. No es algo que pase desapercibido.

Althir sostuvo la mirada de su madre.

—Es su trabajo.

—No todos lo hacen de la misma forma.

Althir respiró hondo.

—Me agrada cómo lo hace —admitió—. Es… discreto. Eficiente. No invade, pero siempre está.

La reina sonrió apenas.

—Eso suele tranquilizar a quienes cargan responsabilidades grandes.

—Exacto.

Elyra lo miró un segundo más.

—No te preguntaré nada que no quieras decir.

—Gracias.

—Solo te diré algo —añadió—: quienes gobiernan también necesitan sentirse a salvo. No es debilidad. Es condición.

Althir asintió.

—Lo tendré presente.

La reina se levantó.

—Regresa a tus asuntos.

Althir se inclinó con respeto y se retiró.

Al salir al corredor, Darek estaba allí, en su lugar habitual.




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