El rey escuchó el informe de pie.
No se sentó. No interrumpió. Observó cada detalle con atención medida: el dardo, la rendija del muro, la ubicación de los cuerpos. Cuando terminó, hizo un gesto breve.
—Retírense.
El salón quedó vacío, salvo por tres figuras.
Aldren, de pie junto a la mesa.
Darek, recto, con el hombro vendado.
Althir, a medio paso entre ambos.
—Diste órdenes —dijo el rey, sin rodeos—. Sin autorización.
—Sí, majestad —respondió Darek—. La situación lo exigía.
—No decides eso.
—Decidí proteger al heredero.
El rey lo miró con dureza.
—No eres general. No eres consejero. No tienes mando sobre el ala central.
Darek no bajó la cabeza.
—Pero soy responsable de su vida.
El rey dio un paso al frente.
—Y al hacerlo, alteraste la cadena de mando.
Althir avanzó entonces.
—Padre.
Aldren se giró hacia él.
—No es momento.
—Sí lo es —replicó Althir—. Porque si Darek no hubiera actuado, yo no estaría aquí.
El rey lo observó en silencio.
—Se interpuso —continuó Althir—. Recibió el ataque. Dio órdenes claras cuando los demás dudaron. Me protegió. Me salvó.
—Eso no le da autoridad.
—Le da razón —respondió Althir—. Y yo le debo la vida.
La frase fue directa. Irrevocable.
El rey cerró los ojos un instante.
—Este palacio ya no es seguro —dijo finalmente—. No mientras el consejo esté dividido y los enemigos atentos.
Se volvió hacia Darek.
—No te castigaré.
Darek no reaccionó.
—Pero tampoco puedo permitir que permanezcas aquí bajo esta dinámica.
Althir frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Aldren se volvió hacia su hijo.
—Te enviaré fuera del núcleo político.
—¿Exilio?
—Protección —corrigió el rey—. A ti, y a él.
El silencio volvió a asentarse.
—Mi hermano Grenn gobierna el castillo del este —continuó—. Es territorio leal, discreto, lejos de las Marcas y del consejo.
—¿Dónde? —preguntó Althir.
—En Kharval —respondió el rey—. Fortaleza de frontera antigua. Agua, bosque y piedra. Nadie entra sin ser visto. Nadie escucha lo que no debe.
Althir asintió lentamente.
—¿Por cuánto tiempo?
—Hasta que sepamos quién ordenó el atentado.
El rey miró a Darek.
—Irán juntos.
No fue una sugerencia.
—Sí, majestad —respondió Darek.
Althir sostuvo la mirada de su padre.
—Gracias.
Aldren no respondió de inmediato.
—No confundas esto con permiso —dijo al fin—. Es contención.
—Lo entiendo.
—Espero que sí.
No fue una sugerencia.
—Sí, majestad —respondió Darek.
Althir sostuvo la mirada de su padre.
—Gracias.
Aldren no respondió de inmediato.
—No confundas esto con permiso —dijo al fin—. Es contención.
—Lo entiendo.
—Espero que sí.
El trayecto hacia Kharval duró casi un día entero.
El paisaje cambió conforme se alejaban del reino principal: los caminos se volvieron más estrechos, la vegetación más baja, el aire más frío. Las colinas de piedra gris anunciaban la cercanía de la fortaleza incluso antes de que esta se hiciera visible.
Kharval no era un castillo pensado para impresionar.
Era una construcción antigua, levantada para resistir. Muros gruesos, torres bajas, almenas marcadas por el paso del tiempo. Todo en él hablaba de defensa y vigilancia, no de lujo.
Althir observó en silencio desde el carruaje. No preguntó nada. Sabía que aquel lugar no era un castigo abierto, pero tampoco una concesión: era una forma de apartarlos del centro del poder.
Darek viajaba a caballo, unos metros adelante. Recto. Atento. Cumpliendo su función sin desviarse.
Cuando llegaron, Grenn los recibió sin ceremonia excesiva. El hermano del rey era más parco, más directo. No hizo preguntas incómodas ni dio discursos largos. Solo dejó claro que, mientras estuvieran en Kharval, estarían bajo su protección… y bajo su vigilancia.
—Aquí no llegan los rumores con facilidad —dijo Grenn—. Eso es una ventaja. Pero tampoco las excusas.
Los condujeron a sus aposentos.
La habitación asignada era amplia, de techos altos y ventanas estrechas que dejaban entrar una luz grisácea. Dos camas separadas ocupaban extremos opuestos del cuarto, ambas iguales, ambas perfectamente ordenadas. Entre ellas, una mesa sencilla y una chimenea apagada.
No había símbolos reales.
No había guardias en la puerta.
Solo silencio.
Althir entró primero. Se detuvo un instante, recorriendo el lugar con la mirada. No mostró decepción ni alivio; simplemente asintió, como si aquello confirmara algo que ya sabía.
Darek cerró la puerta tras ellos.
—Puedo pedir que te asignen otra habitación —dijo, sin mirarlo directamente.
—No —respondió Althir de inmediato—. Así está bien.
Hubo una pausa breve. No incómoda, pero cargada de cosas no dichas.
Darek dejó su espada apoyada contra la pared, con el cuidado de quien no baja la guardia ni siquiera en descanso. Althir se quitó el abrigo con movimientos precisos y lo colocó sobre el respaldo de una silla.
Por primera vez en días, no había órdenes inmediatas, ni miradas ajenas, ni necesidad de fingir distancia.
—Kharval es seguro —añadió Darek—. Grenn no tolera intrigas dentro de sus muros.
—Eso espero —respondió Althir—. Aquí… necesito pensar.
Darek lo miró entonces. No con preocupación evidente, sino con esa atención constante que había aprendido a dirigirle sin darse cuenta.
—Descansa —dijo—. Yo estaré cerca.
No fue una promesa.
Fue un hecho.
Althir se sentó en el borde de su cama, las manos apoyadas sobre las rodillas. Asintió despacio.
Esa noche, el castillo permaneció en calma.
Y entre dos camas separadas por piedra y silencio, ambos entendieron que Kharval no sería solo un refugio… sino una prueba distinta. Más lenta. Más peligrosa.
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Editado: 12.01.2026