La noche había caído por completo sobre Kharval.
El castillo dormía a medias. No había voces en los pasillos, solo el eco lejano del viento colándose entre las piedras. Althir abrió la puerta de su habitación con cuidado, envuelto en una manta oscura que apenas dejaba ver su silueta.
No sabía a dónde iba.
O quizá sí, pero no con palabras.
Caminó sin prisa, siguiendo algo más profundo que el pensamiento. Un impulso silencioso, constante, como si cada paso respondiera a un ritmo interno. Latidos. No los suyos únicamente.
Atravesó corredores vacíos, descendió una escalinata secundaria y cruzó un sendero estrecho donde la hierba crecía sin orden. La humedad del suelo enfriaba el aire. Kharval, de noche, parecía otro lugar.
Entonces la vio.
Una luz tenue en lo alto de una colina cercana, separada del cuerpo principal del castillo. No era una antorcha de vigilancia ni una torre activa. Era una habitación pequeña, casi olvidada.
Althir caminó hacia ella.
Desde lejos distinguió una figura sentada, recostada contra el muro exterior. Darek. Sin armadura completa. Descansando, con la mirada perdida en la oscuridad.
Althir se acercó sin hacer ruido.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca, habló de pronto:
—¿Siempre vigilas incluso cuando descansas?
Darek reaccionó al instante.
Se puso de pie con un movimiento brusco, sacando el arma por reflejo, el cuerpo tenso como si el peligro fuera inmediato. Solo cuando la luz alcanzó el rostro frente a él se detuvo.
Sus ojos se abrieron un segundo… y luego soltó una risa breve, auténtica, como no lo había hecho antes.
—Por todos los muros de Kharval… —dijo, bajando el arma—. ¿Por qué me hace esto? No vuelva a hacerlo, su majestad. Casi me mata del susto.
Althir sonrió apenas.
Se acercó un paso más, se puso de puntas y le dio un beso rápido, directo, sin ceremonia.
—No me digas alteza —murmuró.
Darek se quedó quieto. Sorprendido. Luego exhaló despacio.
—¿Qué haces aquí? —preguntó, más bajo.
—No podía dormir —respondió Althir—. Me sentía muy solo.
Se acomodó mejor la manta sobre los hombros.
—No vine a pedir nada —añadió—. Solo… quería estar aquí. Hablar contigo.
Darek guardó el arma con cuidado y se sentó de nuevo, señalando el espacio a su lado.
—Entonces siéntate —dijo—. El viento no perdona a estas horas.
Althir obedeció. Se sentó junto a él, lo suficientemente cerca como para compartir el calor, pero sin tocarlo del todo.
Por un momento, no dijeron nada.
La luz detrás de ellos dibujaba sombras largas sobre la hierba. El castillo quedaba lejos, silencioso. Allí arriba, solo existían dos personas que habían encontrado, sin buscarlo del todo, el mismo lugar.
—Aquí nadie escucha —dijo Darek al fin.
—Eso espero —respondió Althir.
Y se quedaron allí, hablando de cosas pequeñas, sin títulos, sin órdenes. Solo voces bajas en la noche de Kharval, siguiendo un ritmo que ninguno se atrevía aún a nombrar.
La noche avanzaba despacio.
El viento movía la hierba a su alrededor y la luz tenue de la habitación proyectaba sombras irregulares sobre la colina. Althir mantenía la manta cerrada sobre sus hombros; Darek apoyaba los antebrazos en las rodillas, mirando al frente.
—¿Siempre eliges lugares así para descansar? —preguntó Althir—. Lejos de todos.
—Es más fácil pensar —respondió Darek—. Y más difícil que te pidan algo.
Althir asintió.
—¿En qué piensas cuando no tienes órdenes?
Darek tardó en responder.
—En si algún día dejaré de obedecerlas sin cuestionar —dijo al fin—. Y en lo que pasa cuando lo hago.
Althir giró el rostro para mirarlo.
—¿Te arrepientes?
—No —respondió con firmeza—. Pero tampoco es sencillo vivir con ello.
Hubo un silencio breve. Althir jugueteó con el borde de la manta.
—¿Te pesa estar aquí… conmigo? —preguntó, sin mirarlo directamente.
Darek se giró entonces.
—No —dijo—. Me pesa que no puedas estar aquí como quisieras.
La respuesta fue directa. Demasiado.
Althir tragó saliva.
—¿Te incomoda que sea heredero?
—No —repitió Darek—. Me incomoda que tengas que cargar con cosas que nadie ve.
Althir dejó escapar una pequeña risa sin humor.
—Todos creen que es sencillo. Que el poder protege.
—No lo hace —dijo Darek—. Te expone.
Althir lo observó con atención.
—¿Y a ti qué te expone?
Darek dudó.
—A querer cuidar cosas que no me pertenecen.
El silencio que siguió fue más largo.
—Darek —dijo Althir finalmente—, si no fueras mi guardia… ¿me hablarías igual?
Darek sostuvo su mirada.
—Probablemente no —admitió—. Tendría menos cuidado.
—¿Y eso sería bueno o malo?
—Dependería de ti.
Althir sonrió, esta vez más suave.
—Entonces… me gusta que seas cuidadoso.
Darek bajó la vista un instante.
—¿Tú estás bien? —preguntó—. De verdad.
La pregunta era simple. La intención no.
—No siempre —respondió Althir—. Pero esta noche… sí.
Darek asintió.
—Me alegra.
Althir se inclinó un poco hacia él, sin tocarlo.
—¿Te quedarías aquí un rato más? —preguntó—. Aunque no digamos nada.
—Sí —respondió Darek sin dudar.
Se quedaron allí, compartiendo el silencio, con preguntas suspendidas en el aire y respuestas que ninguno estaba listo para pronunciar del todo.
La noche los cubrió sin juzgarlos.
Y Kharval, testigo mudo, guardó ese momento como algo que aún no debía ser nombrado… pero que ya existía.
El silencio duró apenas un instante más.
Darek respiró hondo, como si hubiera tomado una decisión.
—Puedo hacerte una pregunta —dijo—. Y si no quieres responderla, lo entenderé.
Althir levantó la vista.
—Pregúntala.
Darek no lo miró de inmediato. Fijó los ojos en la oscuridad frente a ellos.
—¿Te gusta mi cuerpo?
#1183 en Fantasía
#4836 en Novela romántica
reyes romanceprohibido, romance fantasía acción aventuras, boyslovechicoxchicogay
Editado: 12.01.2026