Una orden llegó antes del amanecer.
No hubo ceremonia, ni estandartes, ni discursos. Solo un mapa extendido sobre la mesa de guerra y un nombre marcado en tinta oscura: los Silentes del Este, los mismos que no habían olvidado Kharval ni las concesiones forzadas.
Esta vez no pedían tierras.
Esta vez avanzaban.
El rey fue claro:
—No habrá presencia real. No arriesgaremos símbolos.
Althir escuchó desde la galería superior. No dijo nada. No pudo. Sabía que, aunque no se pronunciara el nombre de Darek, él ya estaba incluido.
La expedición partió al mediodía.
Darek marchaba al frente de una columna reducida, tropas escogidas, hombres que sabían moverse sin ruido y matar sin gloria. El terreno era hostil: colinas secas, pasos estrechos, bosques donde la luz apenas tocaba el suelo.
No era una batalla.
Era una cacería.
Los Silentes atacaron al tercer día.
No como ejércitos.
Como sombras.
Flechas desde lo alto, trampas enterradas, gritos falsos para dividir filas. La primera línea cayó rápido. Darek reaccionó sin pensar, reorganizando, ordenando retirada parcial hacia una garganta de piedra que ofrecía defensa.
Allí resistieron.
Horas.
El aire se llenó de polvo y hierro. La sangre oscureció la tierra. Darek luchó sin descanso, no con furia, sino con precisión. Cada movimiento era cálculo. Cada orden, una renuncia a algo humano.
En un momento crítico, cuando el flanco izquierdo cedía, un soldado dudó.
Darek no gritó.
No castigó.
Simplemente se puso delante.
Recibió el impacto que no iba dirigido a él. El golpe lo hizo caer de rodillas, pero no soltó el arma. Contraatacó con violencia seca, sin adornos. Los Silentes retrocedieron, no derrotados… sino medidos.
Se retiraron cuando entendieron que no era ese el día.
La victoria fue amarga.
Regresaron con menos hombres. Con heridas mal cerradas. Con silencios pesados.
Cuando Darek volvió al reino, no pidió audiencia. No informó directamente al rey. Entregó el reporte y volvió a su torre asignada, agotado.
Althir se enteró por terceros.
Por un consejero nervioso.
Por un nombre tachado en la lista de caídos.
Por la ausencia prolongada en los pasillos.
Esa noche, el heredero se detuvo frente a la torre donde ahora se alojaba Darek.
No subió.
No llamó.
Se quedó allí, escuchando el viento, comprendiendo por primera vez lo que significaba no poder estar.
Y lejos de allí, Darek, sentado solo, limpiando una herida que no cerraba bien, pensó exactamente lo mismo.
La orden era clara.
Después del conflicto, nadie debía acercarse a los hombres que regresaban hasta que los sanadores reales terminaran sus evaluaciones. Era una cuestión de control, de imagen, de evitar filtraciones.
Althir la escuchó.
La entendió.
Y la rompió esa misma noche.
Esperó hasta que el castillo quedará en silencio, cuando los pasos se vuelven contables y las antorchas ya no se reponen. Se cubrió con una capa oscura, sin insignias, y tomó el pasillo que no se usaba desde la ampliación de la torre oeste.
Sabía exactamente dónde estaba Darek.
Al llegar a la torre vió que la puerta estaba cerrada, sin guardia. Eso ya decía demasiado. Althir dudó un segundo antes de tocar… y decidió no hacerlo. Giró el picaporte con cuidado y entró.
El olor lo golpeó primero: metal, ungüentos, sudor seco.
Darek estaba sentado en el borde de la cama, el torso descubierto, una venda mal puesta cruzándole el costado. Tenía el ceño fruncido, concentrado en apretar los dientes mientras intentaba limpiar una herida que claramente no alcanzaba a ver bien.
—No lo hagas así —dijo Althir, en voz baja.
Darek se tensó de inmediato. La mano fue al arma por reflejo… y se detuvo cuando reconoció la voz.
—Su majestad… —empezó, incorporándose.
—No —lo cortó Althir—. Esta noche no.
Cerró la puerta tras de sí y dejó la capa sobre una silla. Caminó despacio, sin prisa, como si el lugar fuera suyo. Tomó el cuenco con agua limpia, revisó las vendas, evaluó las heridas con una atención que no parecía improvisada.
—Te estás reabriendo —añadió—. Así no cerrará.
Darek no discutió. Se quedó quieto, los hombros rígidos, observándolo trabajar. Althir se arrodilló frente a él para alcanzar mejor el costado, deshaciendo la venda con cuidado.
Había cortes superficiales… y uno profundo, mal tratado.
—Esto debió verlo un sanador —murmuró Althir.
—Lo hizo —respondió Darek—. No insistió.
Althir apretó los labios. Limpió la herida con precisión, sin temblar. Sus manos eran firmes, acostumbradas a escribir decretos, no a tocar carne abierta… y aun así no fallaron.
—Pudiste morir —dijo finalmente.
No como reproche.
Como dato.
Darek lo miró entonces, de frente.
—Sí.
Nada más.
El silencio se hizo pesado. Althir terminó de vendar, ajustando con más cuidado del necesario. Se quedó allí un segundo de más, las manos aún apoyadas en su costado.
—No debí venir —dijo—. Si se enteran…
—Gracias —interrumpió Darek.
Una sola palabra.
Suficiente.
Althir retiró las manos despacio, como si soltarlo costara más de lo esperado. Se puso de pie, evitando mirarlo directamente.
—Descansa —ordenó, recuperando algo de su tono habitual—. Mañana… mañana veremos qué pasa.
Se dirigió a la puerta sin mirar atrás.
—Althir —dijo Darek.
El heredero se detuvo.
—No te expongas por mí otra vez.
Althir sonrió apenas, sin girarse.
—Eso ya no depende solo de mí.
Cerró la puerta con suavidad.
Y mientras regresaba a su habitación, supo que había cruzado una línea que no figuraba en ningún decreto… pero que el reino, tarde o temprano, le haría pagar.
El consejo fue convocado al amanecer con mensajeros discretos y a puertas cerradas. Althir lo supo antes de que nadie se lo dijera. Lo sintió en el aire del castillo, en la forma en que los sirvientes evitaban mirarlo a los ojos, en el silencio demasiado ordenado de los pasillos.
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Editado: 12.01.2026