La frontera no perdonaba distracciones.
Para Darek, los días se volvieron una sucesión de patrullas, informes y frío persistente. Kharval quedaba lejos; la capital, más aún. Aquí no importaban los rumores ni los juegos del consejo. Importaba mantener el paso, leer el terreno, anticipar emboscadas.
El general Maerik no tardó en medirlo.
—Peleas como alguien que no espera volver —le dijo una noche, sin acusación.
Darek no respondió. No porque fuera cierto, sino porque explicar habría sido inútil.
Las noches eran lo peor. El campamento se aquietaba y el silencio traía recuerdos que no había pedido. Darek se obligaba a revisar armas, a limpiar equipo ya limpio, a mantenerse ocupado. Pensar en Althir no lo debilitaba en combate… lo hacía más cuidadoso. Más preciso. Como si no pudiera permitirse fallar.
Un mensajero llegó al décimo día.
No traía cartas. Traía noticias.
—El heredero ha asumido más funciones del consejo —dijo, casi como comentario casual—. Dicen que el rey lo está probando.
Darek asintió, impasible.
Pero cuando quedó solo, apoyó la espalda contra un tronco y cerró los ojos un segundo de más. No sonrió. No suspiró. Solo dejó que la certeza se asentara: Althir estaba creciendo a la fuerza, y él no estaba allí para verlo.
En la capital, Althir también cambiaba.
Las restricciones no se levantaron, pero se aflojaron. El rey observaba. Medía. Probaba hasta dónde llegaba la firmeza de su hijo ahora que había expuesto algo tan peligroso como una verdad.
Althir no volvió a mencionar el nombre de Darek.
No lo necesitó.
Sus decisiones comenzaron a ser más rápidas. Sus respuestas, más cortas. Cuando un consejero intentó usar la palabra flor de nuevo, Althir lo miró con tal frialdad que no fue necesario decir nada más.
Esa noche, regresó al escritorio.
Abrió el compartimento oculto. Sacó la carta. La leyó de nuevo, no como quien revive el dolor, sino como quien confirma un rumbo. Tomó otro papel… y lo dejó en blanco.
Aún no.
En la frontera, una alarma cortó la madrugada.
Exploradores regresaron con informes urgentes: movimientos irregulares, símbolos de los Silentes mezclados con mercenarios. No era una escaramuza. Era preparación.
Darek escuchó el informe completo sin interrumpir.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó.
—Semanas, quizá menos.
Darek asintió.
Sabía lo que eso significaba: el conflicto no había terminado. Solo había cambiado de forma.
Y por primera vez desde que partió, pensó lo mismo que Althir había pensado noches atrás:
Si algo ocurre… nada de esto habrá sido en vano.
El reino avanzaba.
La frontera se tensaba.
Y entre ambos, dos hombres aprendían a sostener lo que habían elegido, incluso separados.
Esa misma noche llegó un ataque.
Los exploradores que debían regresar al amanecer no lo hicieron. Darek lo notó antes de que alguien lo dijera en voz alta. En la frontera, el silencio nunca era neutral.
—Formación cerrada —ordenó—. Nadie avanza solo.
La niebla aún cubría el valle cuando el primer proyectil cayó. No fue una flecha común, sino una vara corta, pesada, que se incrustó en la tierra con un sonido seco. Luego otra. Y otra más.
—Silentes —murmuró alguien.
No atacaban desde un solo frente. Nunca lo hacían.
Las sombras se movieron entre los árboles, rápidas, bajas. No buscaban romper la línea, sino cansarla. Hostigar. Medir tiempos. Darek reaccionó sin elevar la voz, redistribuyendo hombres, cerrando flancos, forzando a los Silentes a mostrarse lo justo para ser vistos.
Entonces llegó la segunda fase.
Un cuerno grave resonó desde la colina norte. No era una señal de ataque total, sino de encierro. El terreno se volvió enemigo: rocas que antes protegían ahora bloqueaban retirada, senderos que solo los locales conocían.
—No persigan —ordenó Darek—. Mantengan posición.
Un error común era seguirlos. Él no lo cometió.
El choque fue cercano. Cuchillas cortas, sin brillo. Golpes dirigidos a articulaciones, a puntos blandos. Darek luchó al frente, porque allí podía ver el conjunto. Recibió un corte en el brazo izquierdo, superficial, ignorado al instante.
Cuando uno de los Silentes intentó flanquearlo, Darek lo derribó sin ceremonia. No miró el rostro. No era personal.
La lucha duró menos de lo esperado.
De pronto, como habían llegado, los Silentes se retiraron. No huyeron. Se disolvieron. Dejaron atrás cuerpos, armas rotas… y algo más.
Un estandarte.
Negro, sin emblemas reales, solo una marca tallada en madera oscura: un círculo incompleto.
Darek lo observó en silencio.
—Esto no fue un ataque —dijo finalmente—. Fue un mensaje.
Esa noche, mientras los heridos eran atendidos y los muertos contados, Darek permaneció despierto. El círculo incompleto no era un símbolo común. Lo había visto antes, años atrás, en informes antiguos.
Significaba reclamación.
No de tierras.
De personas.
En la capital, esa misma noche, Althir despertó sobresaltado, sin saber por qué. Se sentó en la cama, el corazón acelerado, con una sensación incómoda en el pecho.
No era miedo.
Era algo más fuerte.
Algo que había comenzado.
Los Silentes no improvisaban.
El ataque en la frontera no había sido un intento de victoria, sino una confirmación. Querían saber quién mandaba realmente, cómo respondía, cuánto tardaban los refuerzos y, sobre todo, quién protegía qué.
Darek había confirmado lo esencial sin saberlo:
el heredero ya no estaba cerca.
En un refugio oculto entre las montañas del este, lejos de rutas comerciales y campamentos visibles, los líderes Silentes se reunieron en silencio. No había tronos ni mesas largas, solo piedra y mapas extendidos sobre el suelo.
—El guardián fue apartado —dijo uno, señalando la frontera—. El fuerte.
#1183 en Fantasía
#4836 en Novela romántica
reyes romanceprohibido, romance fantasía acción aventuras, boyslovechicoxchicogay
Editado: 12.01.2026