La mañana llegó sin ceremonia.
Darek ya estaba de pie cuando la luz se filtró por las rendijas del refugio. Llevaba el armamento puesto, cada pieza ajustada con la precisión de quien ha repetido el gesto cientos de veces. Afilaba una de sus armas con movimientos lentos y constantes; el sonido metálico llenaba el espacio con una calma extraña.
Althir despertó poco después. Se incorporó despacio, aún envuelto en la manta que le cubría el cuerpo. El frío de la piedra le recorrió la piel, pero no se movió de inmediato. Observó a Darek en silencio: la concentración en su rostro, la forma en que sus manos trabajaban sin esfuerzo aparente.
—¿Quieres algo de comer? —preguntó finalmente.
Darek levantó la vista apenas un instante y asintió.
Althir caminó hacia la pequeña cocina improvisada. Se detuvo al ver que había pan, frutas secas, un poco de queso, incluso agua limpia. Todo dispuesto con orden. No parecía el abandono que había imaginado.
¿Por qué hay comida en una casa abandonada?, pensó.
Regresó con un cuenco entre las manos.
—Darek… —dijo, antes de que él hablara.
Darek dejó el arma a un lado y respiró hondo.
—Te diré la verdad, porque mereces saberlo —empezó—. Solo… no quiero que me malinterpretes. Este lugar es mi hogar. Es pequeño, y sé que no es a lo que estás acostumbrado. No lo mencioné antes para que no preguntaras ni se sintiera incómodo. Dejé comida preparada para usted, majestad.
Althir lo miró con atención, como si esa confesión pesara más que muchas otras cosas que habían ocurrido. No comentó nada al respecto. No juzgó. No sonrió.
Solo preguntó, con voz suave:
—¿Puedes darme de comer?
Darek frunció el ceño, sorprendido.
—Tus brazos… —empezó.
—No puedo moverlos bien —interrumpió Althir.
Tal vez podía. Tal vez no. Pero no era eso lo importante.
Darek dudó apenas un segundo antes de acercarse. Tomó un poco de comida y la llevó con cuidado hasta los labios de Althir. Lo hizo con la misma atención con la que había limpiado sus heridas: sin prisa, sin comentarios innecesarios.
Althir aceptó el gesto sin decir nada más.
Y en ese silencio compartido, quedó claro que no solo se trataba de alimento, sino de algo más difícil de nombrar:
la elección consciente de permanecer cerca.
El refugio permaneció en calma después de la comida. Afuera, el día avanzaba lento, como si el mundo hubiera decidido ignorarlos por unas horas más.
Althir se sentó cerca del fuego apagado. Ya vestía una túnica sencilla, prestada, que no ocultaba del todo que no pertenecía a ese lugar, pero tampoco lo delataba como heredero. Era, por primera vez en mucho tiempo, solo un hombre sentado frente a otro.
—No sabía que tenías un hogar aquí —dijo al fin—. Pensé que… dormías donde te asignaban.
Darek negó con la cabeza.
—Los guardias comunes no siempre tenemos asignaciones fijas. Este lugar me sirvió antes de que me llevaran al palacio. Nadie lo reclama. Nadie lo recuerda.
Althir asintió, procesando eso.
—Cuando herede el trono —dijo de pronto—… ya no podré desaparecer así.
Darek levantó la vista. No interrumpió.
—Cada paso será observado. Cada decisión usada. Incluso mis silencios —continuó Althir—. Y tú…
Se detuvo. Dudó.
—¿Qué pasará contigo?
Darek apoyó los codos en las rodillas.
—Haré lo que siempre he hecho. Cumplir órdenes. Si me dicen que me vaya, me iré. Si me dicen que muera, lo haré.
Althir frunció el ceño.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única honesta.
El silencio volvió a caer, pero no era incómodo. Era denso.
—¿Y si no quiero eso? —preguntó Althir—. ¿Si no quiero que seas solo alguien que obedece?
Darek lo miró directamente por primera vez en mucho rato.
—Entonces tendrás que aprender algo que los reyes rara vez entienden —dijo—: que querer no siempre es suficiente.
Althir bajó la mirada.
—¿Te arrepientes? —preguntó—. De quedarte. De mirarme. De todo esto.
Darek negó despacio.
—No. Pero sé reconocer cuándo algo puede destruir a ambos.
Althir respiró hondo.
—No quiero promesas —dijo—. No quiero planes imposibles. Solo… dime que esto no es solo un error que pasará.
Darek tardó en responder.
—No es un error —dijo al fin—. Pero tampoco es algo que podamos vivir como si el mundo no existiera.
Althir aceptó esas palabras con una calma extraña. No eran dulces. No eran esperanzadoras. Pero eran reales.
—Entonces quédate hoy —pidió—. Solo hoy. Sin decidir nada más.
Darek asintió.
—Hoy puedo quedarme.
Allí ambos entendieron que el verdadero conflicto no estaba fuera, ni en los enemigos, ni en el reino…
sino en el futuro que ninguno sabía cómo entender.
La mañana avanzó sin prisa, pero con una tensión invisible que ninguno de los dos ignoraba.
Darek condujo el camino de regreso sin comentarios innecesarios. Althir cabalgaba detrás de él envuelto en una capa sobria, sin emblemas visibles. No llevaba corona. No la necesitaba. Su postura bastaba.
Las murallas del castillo se alzaron ante ellos cuando el sol ya estaba alto. Los guardias en las puertas tensaron la vigilancia al reconocer al heredero. No hicieron preguntas. Abrieron paso.
El sonido de los cascos resonó en el patio central. Varios oficiales se giraron al unísono. Algunos reconocieron a Darek. Otros solo vieron a un soldado común caminando demasiado cerca del heredero.
Althir desmontó primero.
—Convoca al consejo menor —ordenó—. Ahora.
No levantó la voz. No lo necesitó.
Fue llevado a la sala de piedra clara, aquella reservada para decisiones rápidas, sin protocolo extendido. El rey aún no estaba presente. Solo consejeros, capitanes y escribanos.
Darek permaneció de pie, a un paso detrás de él.
—Traigo una decisión —dijo Althir—. No para debatir. Para registrar.
Hubo un murmullo contenido.
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Editado: 12.01.2026