Latidos

Capítulo 10: Lingotes de oro

El arroyo corría bajo, casi tímido, como si también él temiera interrumpir algo que no debía existir.

Althir llegó sin escolta visible, con el manto sencillo y los pasos inseguros. No sabía si encontraría a alguien… o solo al eco de un recuerdo. Se detuvo al borde del agua, respiró hondo, y entonces lo vio.

Darek estaba allí.

De pie, recto, con el cuerpo quieto como una muralla. La luz apagada del cielo dibujaba sus hombros, el contorno firme que Althir había aprendido a reconocer incluso en la ausencia. No se movió al verlo llegar. No dio un paso. No dijo su nombre.

Althir sí.

No con la voz.
Con el cuerpo.

Las piernas le fallaron antes de que pudiera pensar. Cayó de rodillas en la hierba húmeda, como si el peso de los meses se le hubiera venido encima de golpe. Las manos le temblaban. El aire no le entraba bien a los pulmones.

—No… —susurró, negando—. No puede ser…

Las lágrimas llegaron sin permiso. No eran ruidosas. No eran teatrales. Eran inevitables. Se llevó una mano al pecho, como si necesitara comprobar que seguía ahí, que no estaba soñando otra vez.

Darek lo miró.

Y por dentro, algo se le resquebrajó.

Pero su rostro no lo mostró.

Avanzó solo lo necesario. Sus botas se detuvieron a unos pasos de distancia. No se arrodilló. No lo tocó. Su postura era la de un soldado que ha aprendido a sobrevivir cerrando puertas.

—¿Qué hace aquí, majestad? —preguntó al fin.

La voz le salió firme, controlada. Demasiado.

Althir levantó la vista. Los ojos enrojecidos, el rostro mojado, la dignidad rota sin intento de disimulo.

—Yo… —tragó saliva—. No sabía que estarías aquí.

Darek apretó la mandíbula.

—¿Acaso usted me citó? —continuó, sin suavizar el tono—. ¿Sabe lo que significa que esté aquí?

El arroyo siguió su curso, indiferente.

—Si alguien nos ve…

Dio un paso más, solo uno.

—Es incorrecto.

Althir negó con la cabeza, desesperado.

—No me importa lo correcto —dijo en un hilo de voz—. Me importa que estés vivo. Que estés aquí. Que no te haya perdido del todo.

Darek cerró los ojos un segundo. Solo uno. Como quien contiene un golpe.

—Usted ya me perdió, majestad —respondió—. Cuando aceptó el silencio. Cuando me dejó marchar.

Althir se llevó ambas manos al rostro y lloró sin contenerse.

—No quise… —dijo entrecortado—. No tuve elección.

—Siempre hay elección —replicó Darek—. Solo que algunas cuestan más.

El silencio se hizo espeso.

Finalmente, Darek bajó la mirada hacia él. No había dureza en sus ojos. Había cansancio. Y algo más peligroso: verdad.

—Dígame por qué estoy aquí —pidió—. Y hágalo rápido… antes de que olvide por qué no debía venir.

Althir alzó el rostro, aún de rodillas, y lo miró como quien mira su único punto fijo en medio del naufragio.

—No fuí yo, pero aún te amo —dijo—. Y necesito saber si tú… si tú ya no.

El arroyo pareció detenerse.

Darek no respondió de inmediato.

Pero su silencio, esta vez, no fue una muralla.
Fue una grieta.

Darek respiró hondo.

No fue un suspiro visible ni un gesto dramático. Fue un ajuste interno, como quien vuelve a colocar una pieza en su sitio para que todo no se derrumbe. Miró el arroyo, luego el suelo, y finalmente a Althir, aún de rodillas, vulnerable de una forma que nadie más había visto jamás.

—No diga eso —dijo al fin—. No así.

Su voz había bajado. No era fría, pero sí contenida, como si cada palabra tuviera que pasar por un filtro antes de salir.

—Usted… —continuó— siempre ha tenido el privilegio de nombrar las cosas. De decidir qué existe y qué no. Yo no.

Dio un paso atrás. Pequeño. Casi imperceptible. Pero Althir lo sintió como una distancia enorme.

—Lo que sentí no desapareció —admitió—. No se borra algo así solo porque te lo ordenan. Pero tampoco puedo fingir que nada cambió.

Althir levantó lentamente la cabeza.

—Entonces… —susurró— ¿aún…?

Darek negó con la cabeza, no en rechazo, sino en advertencia.

—Aún siento —dijo—. Y precisamente por eso estoy aquí solo un momento. Porque si me quedo más… no voy a irme cuando deba.

Se acercó lo suficiente para que Althir pudiera oler el cuero, el metal, el polvo del camino. No lo tocó. No hacía falta.

—Usted eligió un deber —añadió—. Yo también. Y los míos no me permiten tomar lo que no puedo proteger.

El silencio cayó entre ambos, denso, cargado de todo lo que no se dijeron.

Entonces—

Un crujido.

No del agua.
De ramas.

Darek reaccionó primero. El cuerpo se le tensó al instante, mano al arma, mirada afilada hacia el límite del claro.

—No estamos solos —murmuró.

Althir apenas tuvo tiempo de ponerse en pie cuando una voz surgió desde la sombra de los árboles.

—Vaya… —dijo alguien, con tono demasiado tranquilo—. El arroyo sigue siendo un buen lugar para las confesiones.

Una figura salió lentamente de entre la vegetación. No vestía como soldado común. Su capa llevaba el sello del norte… y un emblema que Althir reconoció de inmediato.

Un enviado del consejo.

—Su majestad —saludó, inclinando apenas la cabeza—. Y tú… —añadió, mirando a Darek—. El guardia que nunca aprendió a marcharse del todo.

Darek dio un paso adelante, colocándose de forma instintiva frente a Althir.

—Aléjate —ordenó.

El hombre sonrió.

—Demasiado tarde para eso —respondió—. Creo que esta noche… acaba de cambiar muchas cosas.

El arroyo volvió a correr con fuerza, como si el mundo retomara el aliento justo antes de la tormenta.

La lluvia dejó de ser un murmullo y se volvió un peso. Golpeaba las hojas, el suelo, los hombros, como si quisiera borrar huellas y decisiones al mismo tiempo. El vigilante miraba a uno y a otro, incómodo, empapado.

—Alteza, debemos retirarnos —insistió—. Esto no es seguro.

Althir negó sin moverse.




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