Darek sostuvo el anuncio entre los dedos un segundo más, como si aún pudiera deshacerlo. Luego lo dobló y lo guardó en el interior de su chaqueta. Cuando habló, su voz no fue firme: fue honesta.
—Alteza… creo que ahora yo también estoy en peligro —dijo—. Pero más que eso… usted lo está. Y temo que, lejos del castillo, llegue un momento en el que yo no sea suficiente. Allí… al menos hay muros. Guardias. Leyes.
Althir negó de inmediato, un paso atrás, como si las palabras fueran un filo.
—Darek, no quiero ir a ese lugar. Sabes que es una trampa.
—Quizá no lo sea —respondió él, aunque no sonó convencido—. Eres el heredero. El reino aún responde a tu nombre.
—No —repitió Althir, más bajo—. No quiero volver.
Darek dio un paso hacia él, con cuidado, como si se acercara a alguien herido.
—Althir…
—Por favor —interrumpió, y la voz se le quebró—. No me lleves.
Las lágrimas comenzaron a caer sin permiso. No hubo dignidad real, ni orgullo aprendido. Solo miedo. Uno muy antiguo.
—Allí me quitan el aire —dijo entre sollozos—. Allí me rompen. Me usan. Aquí… aquí puedo respirar. Contigo.
Darek sintió el golpe en el pecho con más fuerza que cualquier arma. Extendió la mano, dudó un instante… y la apoyó finalmente en la nuca de Althir, acercándolo con cuidado hasta su pecho.
—No llores —murmuró, sin autoridad alguna—. No llores así…
Althir se aferró a su ropa, temblando.
—Tengo miedo —confesó—. No por mí… sino por ti. Porque sé lo que te harían si creen que me estás reteniendo.
Darek cerró los ojos.
Ese era el punto exacto donde todo se volvía imposible:
si se quedaban, ponían precio a su cabeza.
si regresaban, entregaban el alma de Althir.
—Escúchame —dijo al fin, separándolo apenas para mirarlo a los ojos—. No te llevaré a ningún sitio sin que tú lo decidas. Pero debemos movernos. Cambiar de lugar. Pensar.
Althir respiró con dificultad, asintiendo apenas.
—Prométeme algo —pidió—. Pase lo que pase… no me entregues.
Darek apoyó su frente contra la de él.
—Antes morir —respondió—.
No fue una promesa heroica.
Fue una verdad.
Afuera, el viento movió los árboles, arrancando restos de papel olvidados.
El bosque ya no era refugio.
Y el hogar… estaba cada vez más lejos.
Darek no perdió tiempo.
—Cubre tu rostro —ordenó con voz baja pero firme—. No mires atrás.
Althir obedeció. Tomó el manto grueso y lo acomodó sobre su cabeza, ocultando el cabello claro y la forma delicada de su rostro. Por un instante, al hacerlo, sintió que también se cubría algo más que su identidad: dejaba atrás lo último que lo ataba a lo que había sido.
Darek reunió solo lo indispensable. Pan duro, carne salada, una cantimplora llena, mantas, una daga extra. Nada que hiciera ruido. Nada que delatara prisa, aunque la urgencia le tensaba los hombros.
El caballo resopló suavemente cuando lo sacó del cobertizo. Era fuerte, de patas firmes, acostumbrado a caminos largos y silenciosos. Darek ajustó las correas con manos expertas, revisó los nudos dos veces, como si cada gesto fuera una forma de proteger lo que estaba a punto de llevar consigo.
La casa quedó atrás en silencio. El fuego se apagaba lentamente, como un corazón que aprende a latir sin testigos.
Althir se detuvo antes de subir al caballo.
—¿Ya tienes planeado a dónde ir? —preguntó, la voz amortiguada bajo el manto.
Darek sostuvo las riendas un segundo más de lo necesario.
—Sí —respondió.
—¿A dónde?
Darek levantó la vista hacia el bosque, hacia un horizonte que no prometía nada… pero tampoco exigía coronas.
—A un pueblo muy lejano —dijo—. Uno donde los nombres no importan. Donde nadie pregunta de dónde vienes, solo si trabajas duro y pagas lo justo. Un lugar pequeño, olvidado… y por eso seguro.
Ayudó a Althir a subir al caballo. Cuando se acomodó detrás de él, Darek montó de un solo movimiento, firme, protector. Ajustó la capa alrededor de ambos, cerrando el mundo exterior fuera de ese pequeño círculo de calor y respiración compartida.
—Nadie podría encontrarnos allí —añadió—. No si no saben qué buscar.
El caballo empezó a moverse.
El sendero se tragó sus huellas casi de inmediato. La tierra húmeda, los árboles cerrándose, el sonido rítmico de los cascos marcando un nuevo tiempo. Althir apoyó la frente contra la espalda de Darek, aferrándose a la tela como si fuera lo único sólido que quedaba.
No sabían cuánto duraría la huida.
No sabían qué perderían en el camino.
Pero mientras avanzaban hacia lo desconocido, una verdad quedó clara, silenciosa y firme:
ya no corrían por miedo.
corrían por elección.
Una elección silenciosa.
El caballo redujo el paso cuando el camino se abrió en una pequeña bifurcación. Antorchas encendidas rompían la penumbra del amanecer y, entre ellas, las siluetas rígidas de los guardias del castillo cortaban el avance como una advertencia muda.
—Alto —ordenó uno de ellos, adelantándose—. ¿Hacia dónde se dirigen?
Darek no dudó. Tiró suavemente de las riendas y mantuvo la espalda recta, segura. El casco de hierro ocultaba su rostro; solo su voz, grave y controlada, se elevó entre el sonido del viento.
—Llevo a mi esposa —dijo—. Está a punto de enfermar. Voy con un especialista antes de que empeore.
El guardia observó con atención a la figura cubierta por la manta. Althir mantuvo la cabeza inclinada, el cuerpo pequeño, frágil, exactamente como se esperaba de una joven enferma en camino urgente. La tela ocultaba sus manos, su cuello, su identidad entera. Con esa manta… realmente parecía otra persona.
El guardia asintió, con un gesto casi indiferente.
—Sigan. Y que los dioses la protejan.
Darek inclinó apenas la cabeza y espoleó al caballo. Avanzaron sin prisa, sin mirar atrás, hasta que las voces y las antorchas quedaron atrás, tragadas por la curva del sendero y el murmullo del bosque.
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Editado: 12.01.2026