latidos de cristal

Capitulo 1: El peso del aire

​El sol de la mañana se filtraba por los altos ventanales de la biblioteca central de la Universidad. Para la mayoría de los estudiantes, aquel era un día común de segundo semestre, lleno de café barato y quejas sobre los exámenes parciales. Para Natalia, sin embargo, cada mañana era una victoria logística contra su propio cuerpo.

​Sentada en el rincón más alejado de la sección de economía, Natalia mantenía la espalda tan recta que parecía a punto de quebrarse. Frente a ella, el manual de "Fundamentos de Administración de Empresas" permanecía abierto por la página 142. Sus dedos, finos y ligeramente pálidos, trazaban líneas perfectas con un resaltador amarillo. Cada nota al margen era una declaración de guerra: ella no estaba allí solo para pasar, estaba allí para ser la mejor. Tenía que serlo. Una beca del cien por ciento no perdonaba la mediocridad, y su origen humilde no le otorgaba el lujo del error.

​De repente, un cosquilleo familiar y traicionero comenzó a escalar por su garganta. Natalia cerró los ojos con fuerza, apretando el libro hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Ahora no, suplicó mentalmente. Cinco minutos más, solo cinco minutos más de normalidad.

​Pero la fibrosis quística no entendía de horarios ni de ambiciones.

​El primer acceso de tos fue sofocado por su mano, pero el segundo fue más violento, sacudiendo su pequeña estructura. Se llevó un pañuelo a la boca, tratando de no atraer las miradas de los estudiantes de las mesas vecinas, quienes apenas levantaron la vista de sus portátiles de última generación. Para ellos, Natalia era solo una chica callada con un suéter de lana desgastado; no sabían que, dentro de sus pulmones, una mucosidad espesa y pegajosa intentaba robarle el oxígeno que el resto del mundo daba por sentado.

​Cuando la crisis pasó, Natalia quedó exhausta, con la frente perlada de sudor frío. Guardó el pañuelo con rapidez, sintiendo el sabor metálico en la boca. Se obligó a inhalar, una acción que para cualquiera es mecánica, pero que para ella era un ejercicio consciente de resistencia. Inhala, Natalia. Administra el aire como administras tus cuentas. No lo malgastes.

​—¿Estás bien, Nat? —La voz de su amiga de estudios, una chica de administración llamada Claudia, rompió el silencio.

​Natalia forzó una sonrisa, esa máscara que había perfeccionado desde la infancia.

—Sí, solo es el aire acondicionado. Ya sabes que me reseca la garganta.

​Claudia asintió, aunque sus ojos mostraban una chispa de duda.

—Deberías descansar. Llevas aquí desde las seis de la mañana. El profesor Martínez dice que el examen de mañana será una masacre, pero tú tienes el promedio más alto del decanato. No necesitas matarte así.

​Si supieras que ya me estoy matando solo por estar viva, pensó Natalia, pero se limitó a cerrar su cuaderno con elegancia.

—La excelencia no es un acto, Claudia, es un hábito —citó, intentando inyectar algo de humor a su voz ronca—. Además, mis padres están contando con que este semestre sea perfecto. No puedo fallarles.

​Natalia recogió sus cosas con movimientos lentos para no agitarse. Su mochila pesaba más de lo normal, o tal vez era ella la que se sentía más ligera, vacía de energía. Al salir de la biblioteca, el calor del campus la golpeó. Caminar hacia el pabellón de clases era un desafío de trescientos metros. Se detuvo a mitad de camino, fingiendo que miraba su teléfono, solo para recuperar el aliento.

​A su alrededor, la universidad rebosaba de una vitalidad que le resultaba ajena. Grupos de jóvenes reían, planeaban fiestas y se quejaban de problemas que a ella le parecían triviales. Vio pasar a un grupo de atletas, sus risas resonando con la fuerza de quienes poseen cuerpos invencibles. Natalia bajó la mirada hacia sus zapatos deportivos, limpios pero viejos. Ella pertenecía a otro mundo: al de los pasillos de hospital con olor a antiséptico, al de las fisioterapias respiratorias nocturnas que su madre le hacía con manos temblorosas pero llenas de amor, y al de la cuenta bancaria familiar que siempre estaba en números rojos debido a los medicamentos.

​Su madre, una costurera que trabajaba hasta la madrugada, siempre le decía: "Tu cerebro es tu salida, Natalia. Tus pulmones pueden ser débiles, pero tu voluntad es de acero".

​Con ese pensamiento como combustible, Natalia llegó al aula de Administración Financiera II. Se sentó en la primera fila, sacó su grabadora —una herramienta esencial para los días en que estaba demasiado débil para escribir— y se preparó para la clase. El profesor entró, pero antes de comenzar, el murmullo en el salón aumentó.

​—¿Ya vieron quién llegó hoy? —susurró un chico detrás de ella—. Dicen que Liam volvió de la pretemporada. El equipo no es nada sin él.

​Natalia no se dio la vuelta. No sabía quién era Liam, ni le importaba. Para ella, los deportistas eran seres de otro planeta, personas que desperdiciaban sus cuerpos perfectos corriendo tras un balón, mientras ella daría cualquier cosa por poder correr diez metros sin sentir que sus pulmones se incendiaban.

​Sin embargo, en ese momento, la puerta se abrió con un estruendo y un joven entró al salón. El aire pareció cambiar de densidad. Era alto, con el cabello castaño desordenado y una seguridad que bordeaba la arrogancia. Vestía la chaqueta oficial del equipo de fútbol, con el número 10 bordado en oro. Liam caminó hacia el fondo, saludando a todos con una sonrisa fácil, el tipo de sonrisa que solo poseen los que nunca han tenido que luchar por el derecho a respirar.

​Natalia sintió una punzada de envidia, pero la reprimió de inmediato. Abrió su libro de nuevo, concentrándose en las fórmulas de interés compuesto. El dinero, el poder, el éxito administrativo... eso era lo que la salvaría. O al menos, eso era lo que ella se repetía cada vez que sentía que el aire se le escapaba entre los dedos.

​La clase comenzó, y mientras el profesor hablaba de activos y pasivos, Natalia anotaba con una precisión quirúrgica. Ella era su propio activo más valioso, y su enfermedad era el pasivo que intentaba llevarla a la quiebra. Pero todavía no. Hoy no.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.