El rugido del estadio era un sonido que Liam sentía en los huesos, no en los oídos. Era una vibración eléctrica que lo alimentaba, una droga que lo hacía sentirse invencible cada vez que sus botines tocaban el césped. Esa tarde, bajo el sol implacable de la universidad, Liam acababa de anotar el gol que sellaba la victoria en el partido de práctica. Mientras sus compañeros corrían hacia él para colgarse de sus hombros y gritar su nombre, él simplemente sonrió con esa arrogancia ensayada que el mundo esperaba de él.
Para todos, Liam era el "Rey de la Cancha". El chico que conducía un auto deportivo que costaba más que la casa de tres familias promedio, el hijo del magnate de las importaciones, el atleta con el futuro asegurado en las ligas profesionales.
—¡Eres un animal, Liam! —gritó el capitán del equipo, dándole una palmada en la espalda—. ¡Ese pase fue una locura! Esta noche celebramos en mi casa, ¿no? Habrá de todo.
Liam se sacudió el sudor de la frente, apartando un mechón de cabello castaño.
—Claro, ahí estaré —respondió con voz aterciopelada, manteniendo esa máscara de seguridad—. Pero no se acostumbren a que les salve el pellejo siempre. Alguien tiene que verse bien en las fotos de los periódicos.
Las risas estallaron. Liam se alejó hacia los vestidores con paso firme, disfrutando de las miradas de admiración de las chicas que se agolpaban en las gradas. Era fácil ser Liam en la universidad. Era fácil ser el centro del universo cuando tenías el control del balón y el bolsillo lleno. Sin embargo, a medida que se alejaba del ruido y el vapor de las duchas se disipaba, la máscara empezaba a pesar.
Al salir al estacionamiento, su lujoso Mustang negro brillaba bajo la luz del atardecer. Subió, encendió el motor y dejó que el rugido del escape silenciara sus pensamientos por un momento. Pero el silencio volvió cuando entró en la zona residencial de clase alta, donde las casas eran tan grandes que parecían mausoleos de cristal.
Al cruzar el umbral de su mansión, el olor no era a triunfo, ni a perfume caro. El olor era a ginebra barata y a encierro.
—¿Mamá? —llamó Liam, dejando las llaves sobre la mesa de mármol de la entrada.
No hubo respuesta, solo el sonido sordo de una televisión encendida en el salón principal. Liam caminó con pasos lentos, el corazón latiéndole con una pesadez que nunca sentía en la cancha. Allí, en el sofá de cuero blanco, estaba ella. Elena, una mujer que alguna vez fue el alma de la alta sociedad, ahora era una sombra con los ojos vidriosos y una copa a medio llenar temblando en su mano.
—Oh, Liam... llegaste —arrastró las palabras, intentando enfocar la vista—. ¿Ganaste? Tu padre dijo que... dijo que no vendría a cenar. Otra vez.
—Papá nunca viene a cenar, mamá. Está en la oficina o en un avión. Lo sabes.
Liam se acercó y, con una mezcla de ternura y asco que le quemaba las entrañas, le quitó la copa de la mano. Ella no se resistió; simplemente se dejó caer hacia atrás, perdida en su propio abismo de alcohol. Esta era la realidad del chico más envidiado de la ciudad: un padre que compraba su ausencia con depósitos bancarios de seis cifras y una madre que intentaba ahogar la soledad en botellas que Liam encontraba escondidas incluso en el cuarto de lavado.
El dinero no compraba aire en esa casa. Compraba silencio.
Subió a su habitación, un espacio impecable lleno de trofeos que ahora le parecían pedazos de metal sin sentido. Se dejó caer en su cama, ignorando los cientos de notificaciones en su teléfono: invitaciones a fiestas, mensajes de chicas, etiquetas en redes sociales.
"Eres un afortunado", le decían siempre.
Liam cerró los ojos y, por un instante, la imagen de la chica de la biblioteca cruzó su mente. Natalia. Recordó la forma en que ella lo había ignorado en el salón de clases, cómo ni siquiera había levantado la vista de sus libros de administración. Ella lo miró como si fuera nada, y eso, de manera extraña, lo había sacudido. En un mundo donde todos le decían "sí", esa chica humilde con suéter viejo y tos persistente lo había mirado con una indiferencia que se sentía más real que cualquier aplauso en el estadio.
Ella estudiaba porque el conocimiento era su única arma. Él jugaba porque el fútbol era su único escape de la miseria dorada de su hogar.
El sonido del teléfono lo sacó de su trance. Era su padre. Liam suspiró antes de contestar.
—¿Dígame?
—Liam, me avisó el decano que estás al borde de la suspensión por tus notas en Contabilidad —la voz de su padre era fría, mecánica, como un contrato comercial—. No voy a permitir que arruines la imagen de la familia por una estupidez académica. He hecho una donación al departamento de deportes, pero no es suficiente. Te asignaron una tutora. Te verás con ella mañana a primera hora. No es una sugerencia.
—No necesito una niñera, papá.
—Necesitas graduarte para heredar esto, o al menos para que los patrocinadores sigan creyendo que tienes algo en la cabeza además de aire. Se llama Natalia. Es la mejor de su clase. No la hagas perder el tiempo.
Liam colgó sin despedirse. Natalia. La misma chica.
Una sonrisa amarga apareció en su rostro. Así que la chica que lo miraba como si fuera un estorbo iba a ser la encargada de salvar su carrera. Se levantó y caminó hacia el ventanal que daba a la piscina iluminada. Afuera, el mundo creía que Liam lo tenía todo. Pero mientras miraba su reflejo en el cristal, solo veía a un chico que corría muy rápido en la cancha para intentar dejar atrás el olor a alcohol de su madre y el silencio de hierro de su padre.
Mañana vería a Natalia. Y por primera vez en mucho tiempo, Liam no estaba seguro de si su arrogancia sería suficiente para ocultar el vacío que cargaba en el pecho.
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