latidos de cristal

Capitulo 3: El activo y el pasivo.

​La biblioteca de la universidad se sentía más fría de lo habitual esa mañana. Natalia se había asegurado de llegar quince minutos antes para elegir la mesa más alejada del tránsito de estudiantes. Necesitaba silencio, no solo para concentrarse, sino para ocultar cualquier sonido de su respiración que pudiera delatarla. Sobre la madera pulida, tenía todo organizado con una precisión militar: el libro de Contabilidad de Costos, una calculadora financiera, un fajo de hojas de trabajo y sus tres resaltadores de confianza.

​Miró su reloj de pulsera. Faltaban dos minutos para las nueve. Natalia odiaba la impuntualidad; para ella, el tiempo era el recurso más escaso y valioso que poseía, mucho más que el dinero.

​—¿Eres Natalia, verdad?

​La voz era profunda, segura y cargada de una pereza deliberada. Natalia levantó la vista. Allí estaba él. Liam no vestía el uniforme del equipo hoy, pero su presencia llenaba el espacio de todos modos. Llevaba una sudadera de marca color gris y unos jeans oscuros. No traía mochila, solo un cuaderno de espiral arrugado y un bolígrafo que parecía haber recogido del suelo de su auto.

​—Llegas un minuto tarde —dijo Natalia con voz plana, sin mostrarse impresionada por la sonrisa de medio lado que él le dedicó.

​Liam soltó una carcajada seca y se dejó caer en la silla frente a ella, haciendo que la mesa vibrara.

—¿Un minuto? Vaya, eres de las que cuentan los segundos. Relájate, genio. Me llamo Liam, aunque supongo que ya lo sabes.

​—Sé que eres el estudiante que necesita un promedio mínimo de 14 para no ser expulsado del equipo de fútbol —respondió ella, abriendo el libro de texto sin mirarlo—. Y yo soy la persona que va a evitar que eso pase, siempre y cuando no me hagas perder el tiempo. Empecemos.

​Liam arqueó una ceja. Estaba acostumbrado a que las chicas tartamudearan o buscaran su aprobación, pero Natalia lo trataba como si fuera una cifra negativa en un balance general. Observó sus manos: eran pequeñas, de dedos largos y extremadamente pálidas. Notó también el ligero tono azulado bajo sus ojos y la forma en que ella evitaba hacer esfuerzos bruscos al moverse.

​—Vaya bienvenida —murmuró Liam, abriendo su cuaderno vacío—. Mi padre dijo que eras la mejor, pero no mencionó que eras tan... estricta.

​—La contabilidad no es subjetiva, Liam. O los números cuadran o no cuadran. Igual que tu situación en el equipo —Natalia le pasó una hoja con ejercicios—. Haz el primer asiento contable. Quiero ver qué tanto ignoraste en las clases del profesor Valero.

​Liam tomó el bolígrafo con desgano. Mientras intentaba descifrar los términos de "Activos Circulantes" y "Pasivos a Largo Plazo", el silencio se volvió pesado. Natalia aprovechó para revisar sus propios apuntes, pero de repente, una punzada de dolor le recorrió el pecho. Sintió que el aire se volvía espeso, como si estuviera intentando inhalar arena.

​Cerró los ojos y presionó sus manos contra sus muslos, tratando de controlar la respiración diafragmática que le habían enseñado en terapia. No frente a él, se repitió. No dejes que este chico vea que eres débil.

​—Oye, esto no tiene sentido —dijo Liam, interrumpiéndola—. ¿Por qué el inventario es un activo si es algo que todavía no he vendido? Es solo dinero estancado.

​Natalia esperó unos segundos antes de responder, asegurándose de que su voz no temblara.

—Es un activo porque tiene el potencial de generar flujo de caja futuro. El hecho de que esté estancado, como dices, depende de la gestión. Si no sabes mover tu inventario, se convierte en una pérdida. Es como tú en la banca: si tienes talento pero no juegas, eres un recurso desperdiciado.

​Liam dejó el bolígrafo y la miró fijamente. Por primera vez, su mirada no era arrogante, sino curiosa.

—Usaste una analogía de fútbol. Pensé que odiabas los deportes.

​—No los odio. Simplemente me parece que la gente que tiene salud de sobra suele desperdiciarla en cosas que no requieren intelecto —respondió ella, sintiendo que la tos empezaba a subir por su tráquea.

​—¿Salud de sobra? —Liam frunció el ceño—. Entrenar seis horas al día no es precisamente "desperdiciar" la salud. Se necesita disciplina. Algo que tú pareces tener en exceso, pero que te hace ver... amargada.

​Natalia no pudo responder. El ataque de tos la golpeó de repente, rompiendo su fachada de hierro. Fue una tos seca, profunda, que parecía nacer desde el fondo de sus pulmones. Se tapó la boca con el pañuelo rápidamente, dándole la espalda a Liam. Sus hombros se sacudían violentamente.

​Liam se puso de pie, asustado por la intensidad del ataque.

—¡Oye! ¿Estás bien? ¿Quieres agua?

​Él alargó la mano para tocarle el hombro, pero Natalia se apartó bruscamente, recuperando el aliento como pudo. Tenía los ojos llorosos y las mejillas, por fin, con un rastro de color, aunque era el rojo de la asfixia.

​—Estoy... bien —logró decir, con la voz quebrada—. Es el polvo de los libros viejos. Soy alérgica. Siéntate.

​—Eso no sonó a alergia, Natalia. Sonó como si te estuvieras desarmando por dentro.

​—No es tu problema —sentenció ella, recuperando su tono gélido—. Si quieres preocuparte por algo, preocúpate por ese balance que está mal hecho. El capital social no se registra en el debe.

​Liam la observó durante un largo minuto. Sabía reconocer cuando alguien estaba ocultando un dolor profundo; él lo hacía todas las noches cuando veía a su madre desplomarse en el sofá. Había una pared entre ellos, pero por un segundo, la grieta se había hecho visible.

​—De acuerdo —dijo él, volviendo a su asiento con una suavidad que no había mostrado antes—. El capital social va en el haber. Entendido.

​El resto de la hora transcurrió en un silencio tenso pero productivo. Liam, por primera vez en el semestre, prestó atención. No lo hacía por la materia, sino porque ver a esa chica tan pequeña y frágil luchar por cada palabra le hacía sentir que sus propios problemas con el estudio eran ridículos.




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