latidos de cristal

Capiulo 4: Grietas en la armadura

​El reloj de la torre universitaria marcó las seis de la tarde, dejando caer sombras alargadas sobre el asfalto. Para la mayoría de los estudiantes, era la hora de ir al gimnasio, de reunirse en la cafetería o de volver a las residencias para descansar. Para Natalia, era el inicio de su segunda jornada. Después de un día agotador de microeconomía y derecho mercantil, su cuerpo gritaba por un descanso que ella no podía permitirse.

​Caminó hacia la parada del autobús con el paso lento de quien mide cada gramo de energía. En su mochila, además de los pesados libros de administración, cargaba un nebulizador portátil y varios frascos de enzimas pancreáticas que debía tomar con cada comida. Al subir al transporte público, el aire viciado y el amontonamiento de personas la hicieron sentirse mareada. Se aferró al tubo de metal, cerrando los ojos y rezando para que el trayecto fuera rápido. Su destino no era su casa, sino una pequeña tienda de suministros de oficina cerca del centro, donde trabajaba cuatro horas organizando inventarios y atendiendo la caja para ayudar a sus padres con los gastos médicos.

​Mientras tanto, en el otro extremo de la ciudad, Liam conducía su Mustang sin un rumbo fijo. Tenía una cita para cenar con su padre y unos socios del club de fútbol, pero la idea de sentarse a escuchar proyecciones financieras y alardes de poder le resultaba insoportable. La imagen de Natalia colapsando en la biblioteca no salía de su cabeza. Había algo en su mirada, una mezcla de terror y determinación, que le recordaba demasiado a los momentos en que su propia madre intentaba ocultar las botellas vacías bajo la cama.

​—No puede ser solo una alergia —murmuró Liam para sí mismo, golpeando el volante con los dedos.

​Sin pensarlo mucho, giró en U. Recordaba haber visto a Natalia caminar hacia la zona comercial de la calle Linares varias tardes seguidas. Su instinto de delantero, ese que le permitía anticipar el movimiento del balón, le decía que ella ocultaba algo más que una simple nota alta.

​Tras media hora de búsqueda, la divisó a través del cristal de una papelería llamada "El Pergamino". Natalia estaba subida en una pequeña escalera de madera, acomodando pesadas cajas de papel bond en los estantes superiores. Se veía diminuta, casi frágil bajo la luz amarillenta de los tubos fluorescentes. Liam estacionó el auto a media cuadra y se quedó observando.

​Vio cómo Natalia se detenía a mitad de un movimiento. La caja que sostenía tembló en sus manos. Ella bajó de la escalera con torpeza, sentándose en el último peldaño mientras una mano se presionaba contra el pecho. Incluso desde la distancia, Liam pudo ver que estaba luchando por aire. Su rostro, generalmente pálido, tenía ahora un matiz grisáceo que le heló la sangre.

​Liam salió del auto y entró en la tienda. El sonido de la campanilla sobre la puerta hizo que Natalia levantara la vista. Al verlo, sus ojos se abrieron de par en par, una mezcla de sorpresa y absoluta humillación.

​—¿Qué haces aquí, Liam? —logró decir, su voz era apenas un susurro áspero.

​—Estaba por la zona —mintió él, acercándose rápidamente—. Natalia, te ves fatal. Deja esa caja.

​—No me digas qué hacer —respondió ella, intentando ponerse de pie con una dignidad que se desmoronaba—. Es mi trabajo. Vete, este no es tu mundo.

​—Tienes razón, no es mi mundo. Pero en mi mundo, cuando alguien se está asfixiando, llamamos a una ambulancia.

​Liam le arrebató la caja de las manos y la puso en el suelo con un golpe seco. Natalia quiso protestar, pero un nuevo acceso de tos la dobló por la mitad. Esta vez fue diferente; no pudo ocultarlo. Se apoyó en el mostrador, jadeando, mientras el sonido de sus pulmones silbaba como una tetera hirviendo.

​—Natalia, mírame —Liam le tomó las manos. Estaban heladas—. Tienes que sentarte. ¿Dónde está tu medicina?

​Ella señaló con un dedo tembloroso su mochila. Liam la abrió con urgencia, revolviendo los libros hasta encontrar el inhalador. Se lo entregó y esperó, en un silencio tenso, mientras ella realizaba las pulsaciones. El dueño de la tienda, un hombre mayor llamado Don Ricardo, salió de la trastienda con preocupación.

​—¿Otra vez, muchacha? Te he dicho que no hagas esfuerzos —dijo el hombre, mirando a Liam con desconfianza—. ¿Quién es este joven?

​—Un... un compañero de la universidad —respondió Natalia, recuperando un poco el aliento, aunque su pecho seguía subiendo y bajando con violencia.

​—Váyase a casa, Natalia —ordenó Don Ricardo con amabilidad—. Yo terminaré de organizar esto. Mañana será otro día.

​Liam no esperó permiso. Tomó la mochila de Natalia y la colgó en su hombro.

—Vienes conmigo. Te llevaré a tu casa.

​—Puedo tomar el autobús —replicó ella, aunque sus piernas temblaban tanto que apenas podía sostenerse.

​—No vas a tomar ningún autobús. Vas a subirte al auto o te llevaré cargada frente a toda la calle. Tú eliges.

​Natalia lo miró con furia, pero la fatiga era mayor que su orgullo. Caminaron hacia el Mustang en silencio. Al entrar en el auto, el olor a cuero nuevo y lujo rodeó a Natalia, recordándole la distancia abismal que los separaba. Ella le dio la dirección: un barrio humilde en las afueras, donde las calles no tenían asfalto y las casas compartían paredes delgadas de bloque sin frisar.

​A medida que el auto avanzaba, Liam se sentía cada vez más fuera de lugar. Las miradas de los vecinos se clavaban en el vehículo deportivo. Cuando finalmente se detuvieron frente a una casa pequeña pero impecablemente limpia, con flores en las ventanas, Natalia se quedó un momento inmóvil.

​—Gracias —dijo ella, sin mirarlo—. Pero mañana en la universidad, esto no pasó. No quiero tu lástima, Liam. No soy uno de tus proyectos de caridad.

​—No es lástima, Natalia —respondió él, con una seriedad que la sorprendió—. Es que es la primera vez que veo a alguien que lucha más que yo, y ni siquiera sé por qué lo haces.




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