El amanecer en la universidad siempre tenía un aire de renovación, pero para Natalia, esa mañana se sentía como el día después de una derrota. Al entrar al campus, sentía que cada mirada era una flecha. En su mente, el secreto de su dirección y su colapso en la papelería ya no le pertenecían solo a ella; ahora estaban en manos de Liam, el chico que personificaba todo lo que ella intentaba evitar: el privilegio sin esfuerzo.
Caminó hacia el edificio de Administración, sintiendo el peso extra de su mochila. Su madre, Doña Marta, le había insistido en que se quedara en cama, pero Natalia sabía que faltar un día era perder el ritmo de una competencia que ya estaba amañada en su contra. Al llegar a su casillero, se detuvo en seco.
Pegado a la puerta metálica, había un sobre de color crema, de un papel tan grueso y costoso que contrastaba violentamente con el entorno gris del pasillo. No tenía nombre, pero el aroma a perfume de diseñador que desprendía era una firma inequívoca. Natalia lo abrió con dedos temblorosos. Dentro, no había una nota, sino una tarjeta de una clínica privada de neumología, la más prestigiosa de la ciudad, con una cita programada a su nombre para esa misma tarde. Debajo, grapado con una elegancia casi ofensiva, había un cheque en blanco firmado por el padre de Liam.
El aire, ese recurso que siempre le faltaba, se le escapó de golpe, pero esta vez no fue por la fibrosis. Fue por la rabia.
—¿Qué es esto? —La voz de Natalia sonó como el crujido de un cristal rompiéndose.
Liam estaba apoyado en la pared de enfrente, observándola con una expresión que él creía protectora, pero que ella leyó como superioridad pura. Llevaba su chaqueta de los "Titanes", el equipo de la universidad, y sostenía un café de cadena que costaba lo mismo que el almuerzo de Natalia de tres días.
—Es una solución, Natalia —dijo él, acercándose con paso relajado—. Hablé con mi padre. Ese médico es el mejor del país. No tienes que preocuparte por el trabajo en la papelería ni por el costo del tratamiento. Solo tienes que ir.
Natalia sintió que la sangre le subía a las mejillas. Arrugó el cheque y la tarjeta en su puño hasta convertirlos en una bola de papel informe.
—¿Una solución? ¿Crees que mi vida es una deuda que puedes cancelar con la chequera de tu papá? —Natalia dio un paso hacia él, ignorando el dolor punzante en su costado—. Te dije que no quería tu lástima, Liam. Lo que hiciste no es generosidad, es un insulto.
Liam frunció el ceño, desconcertado. En su mundo, el dinero era el lenguaje universal. Si algo estaba roto, se pagaba para arreglarlo. Si alguien sufría, se compraba su bienestar. No entendía por qué la chica que ayer apenas podía respirar hoy parecía tener la fuerza de un incendio forestal.
—No seas terca —replicó Liam, subiendo el tono—. Te vi ayer. Casi te mueres en esa tienda de mala muerte. Tienes una oportunidad de recibir atención de primera clase y la vas a tirar por... ¿por qué? ¿Por orgullo? El orgullo no te va a dar pulmones nuevos, Natalia.
—El orgullo es lo único que me queda cuando el cuerpo me falla —respondió ella, con los ojos encendidos—. Estudio Administración para aprender a generar mis propios recursos, no para ser el gasto deducible de impuestos de una familia rica. Tú ves un "pasivo" que hay que eliminar. Yo veo mi dignidad.
Ella le lanzó la bola de papel al pecho. El cheque arrugado cayó al suelo, quedando entre los dos como una frontera insalvable. Los estudiantes que pasaban por el pasillo empezaron a detenerse, susurrando al ver al gran Liam siendo increpado por la "chica de la beca".
Entre la multitud, apareció Rodrigo, el mejor amigo de Liam y defensa del equipo, un chico de hombros anchos y sonrisa burlona.
—¿Pasa algo, Liam? ¿La tutora no quiere jugar? —soltó Rodrigo con una risita, mirando a Natalia de arriba abajo con desprecio.
—Cállate, Rodrigo —espetó Liam sin quitarle la vista de encima a Natalia.
Pero Natalia ya no estaba allí. Se dio la vuelta y se alejó con toda la rapidez que sus pulmones le permitían, refugiándose en el aula del profesor Valero. Se sentó en su lugar de siempre, abrió su cuaderno y empezó a escribir, aunque las lágrimas nublaban su visión. "Eficiencia operativa", escribió. "Sostenibilidad financiera". Palabras que intentaban darle estructura a un mundo que se sentía caótico.
La clase de ese día fue un suplicio. Liam entró tarde y se sentó en la última fila, pero Natalia sentía su mirada clavada en su nuca. Cuando terminó la sesión, ella intentó salir rápido, pero el profesor Valero la llamó.
—Señorita Natalia, necesito hablar con usted sobre el proyecto de auditoría.
Ella se acercó al escritorio, tratando de ocultar su agitación. Valero, un hombre de mirada penetrante y poco amigo de las distracciones, la observó con detenimiento.
—He notado que su ritmo ha bajado ligeramente, y he recibido una llamada de la decanatura preguntando por su estado de salud. Me informan que un "donante anónimo" quiere asegurar su permanencia en la facultad.
Natalia sintió que el suelo desaparecía. Liam no solo había intentado comprar su salud, sino también su carrera.
—Profesor... yo no he pedido nada. Mi beca se basa en mis méritos académicos, no en donaciones.
—Lo sé —dijo Valero, suavizando un poco el tono—. Y por eso rechacé la gestión. En esta facultad administramos talento, no caridad. Pero tenga cuidado, Natalia. El mundo empresarial es voraz, y a veces, los que quieren "ayudarte" son los que terminan siendo dueños de tu tiempo.
Al salir del aula, Natalia encontró a Liam esperándola junto a la fuente del patio central. El sol de mediodía era intenso, y ella sintió que el calor le dificultaba aún más la entrada de aire.
—Natalia, espera —dijo Liam, esta vez sin rastro de arrogancia—. No quise decir que fueras un proyecto. Es solo que... en mi casa, el dinero es lo único que funciona. Mi papá no me da abrazos, me da tarjetas de crédito. Mi mamá no me escucha, me pide dinero para su "medicina". Pensé que era lo que necesitabas.