El Mustang de Liam subía la colina con una agilidad que contrastaba con la pesadez que Natalia sentía en su pecho. El aire de la ciudad se estaba volviendo insoportable para ella, y la invitación de Liam a "un lugar para respirar" había sido una tentación que su orgullo no pudo rechazar. Sin embargo, Liam seguía a oscuras. Para él, Natalia era una chica brillante, reservada y quizás un poco "enfermiza" debido al estrés y la mala alimentación de su vida humilde. Tenía sospechas de que algo en sus pulmones no andaba bien —aquella tos persistente, la palidez extrema—, pero en su mente de atleta invencible, todo se curaba con descanso y buenos médicos.
—Ya casi llegamos —dijo Liam, echándole una mirada rápida. Notó que ella apretaba las manos contra sus muslos—. Te va a gustar, Natalia. Es un viejo faro abandonado. Desde ahí arriba, la universidad parece un juguete y los problemas... bueno, los problemas parecen más pequeños.
Natalia intentó sonreír, pero el esfuerzo de la altitud estaba empezando a jugarle una mala pasada.
—Espero que el balance beneficio-costo de subir hasta allá valga la pena, Liam —bromeó ella con voz ronca, aferrándose a sus términos de administración para ocultar su miedo.
Cuando el auto se detuvo frente a la imponente estructura de piedra blanca, el paisaje era sobrecogedor. La ciudad, se extendía abajo como un manto de luces comenzando a encenderse bajo el crepúsculo. Al bajar del auto, el viento frío golpeó a Natalia. Fue un choque térmico inmediato. Sus pulmones, ya inflamados y llenos de esa mucosidad espesa característica de la fibrosis, reaccionaron cerrándose.
—Es... hermoso —susurró ella, caminando con pasos cortos hacia el mirador.
Liam se colocó a su lado, sintiéndose extrañamente protector.
—Mi abuelo decía que este faro guiaba a la gente incluso cuando el río se secó. Siento que tú eres un poco así, Natalia. Vas por ahí guiando a tipos perdidos como yo, aunque parezca que vas a colapsar en cualquier momento.
Él se rió, esperando una respuesta sarcástica, pero Natalia no respondió. Estaba quieta, con la mirada fija en el horizonte, pero sus hombros subían y bajaban con una frecuencia alarmante.
—¿Natalia? —Liam le tocó el brazo. Estaba helada—. Oye, si tienes frío podemos volver al...
No pudo terminar la frase. El cuerpo de Natalia se sacudió por un ataque de tos que no se parecía a nada de lo que Liam hubiera presenciado antes. No era una tos de gripe; era un sonido cavernoso, un desgarro que parecía venir de lo más profundo de sus entrañas. Natalia se dobló por la mitad, cayendo de rodillas sobre la hierba seca.
—¡Natalia! ¡Mírame! —Liam se arrodilló a su lado, aterrado.
Ella intentó inhalar, pero solo logró emitir un silbido agudo y desesperado. Sus labios empezaron a tornarse de un color violáceo bajo la luz del atardecer. El pánico, una emoción que Liam nunca sentía en la cancha, lo invadió por completo al ver que ella no podía recuperar el aliento. Sus ojos, antes llenos de inteligencia y fuego, estaban ahora desorbitados por el terror de la asfixia.
—¡Respira, por favor, respira! —gritó Liam, tomándola en brazos.
Natalia perdió el conocimiento en ese instante, su cuerpo quedando laxo contra el pecho del atleta. Sin dudarlo, Liam la cargó y corrió hacia el Mustang. Manejó cuesta abajo como un demente, ignorando semáforos y señales, con una mano en el volante y la otra sujetando la mano fría de Natalia.
—No te mueras, por favor, no te me mueras ahora —suplicaba él en voz alta, el corazón golpeándole las costillas como un animal enjaulado.
Al llegar a la sala de emergencias del Hospital Universitario, Liam entró gritando por ayuda. Los enfermeros aparecieron con una camilla y se llevaron a Natalia hacia el área de trauma. Liam intentó seguirlos, pero un guardia de seguridad lo detuvo.
Pasaron dos horas que se sintieron como siglos. Liam caminaba de un lado a otro en la sala de espera, su chaqueta de los "Titanes" manchada con un poco de sangre que Natalia había tosido. Finalmente, una doctora de mediana edad, de apellido Mendoza, salió con una carpeta en la mano.
—¿Familiares de Natalia? —preguntó la doctora.
—Yo... soy su... —Liam se detuvo, dándose cuenta de que ni siquiera sabía qué era él para ella—. Soy su compañero. ¿Cómo está? ¿Qué tiene? ¿Es neumonía?
La doctora Mendoza lo miró con una mezcla de cansancio y compasión.
—Joven, ¿usted no sabía la condición de su amiga? Natalia tiene un cuadro avanzado de Fibrosis Quística. Sus pulmones están funcionando a menos del cuarenta por ciento de su capacidad. Lo que tuvo hoy fue una insuficiencia respiratoria aguda complicada por la altitud y el clima.
Liam se quedó paralizado. La palabra "Fibrosis" resonó en su cabeza como un pitazo final.
—Fibrosis... ¿Qué significa eso exactamente? ¿Se va a curar con antibióticos?
La doctora suspiró, cerrando la carpeta.
—Es una enfermedad genética, crónica y degenerativa. No tiene cura, solo tratamiento paliativo para extender la calidad de vida. Natalia ha estado luchando con esto desde que nació, y por lo que veo en su historial, ha sido una paciente extremadamente disciplinada para llegar a segundo semestre de universidad en su estado. Pero hoy... hoy sus pulmones dijeron "basta".
Liam se desplomó en una de las sillas de plástico de la sala de espera. Todo encajó en su mente como un rompecabezas cruel: los inhaladores escondidos, el rechazo al dinero, la obsesión por estudiar rápido, el cansancio que ella llamaba "estrés". Ella no era solo una chica humilde y dedicada; era una guerrera que estaba librando una batalla perdida contra su propio ADN.
—¿Puedo verla? —preguntó Liam, su voz apenas un hilo quebrado.
—Está dormida, bajo sedación y con oxígeno de alto flujo. Puede entrar un minuto, pero necesita estar tranquilo. Ella necesita calma, no más agitación.
Liam entró a la unidad de cuidados intermedios. El sonido de los monitores rítmicos era lo único que llenaba el aire. Allí, rodeada de cables y con una máscara de oxígeno cubriéndole la mitad del rostro, Natalia se veía más pequeña que nunca. Ya no era la tutora implacable que le enseñaba contabilidad; era una niña frágil rota por el destino.