El hospital tenía un olor particular que Natalia podía reconocer incluso antes de abrir los ojos: una mezcla punzante de alcohol , detergente y ese matiz metálico que siempre asociaba con la enfermedad. Intentó mover la mano, pero la sintió pesada, anclada por una vía intravenosa que le enviaba antibióticos y suero directamente al torrente sanguíneo. Lo primero que registró su conciencia fue el roce de una máscara de plástico contra su rostro y el siseo constante, rítmico, del oxígeno que era forzado hacia sus pulmones.
Abrió los ojos lentamente. El techo blanco y las luces fluorescentes la cegaron por un instante. Recordaba el frío del faro, el viento golpeándole el pecho y la mirada de terror de Liam. Liam.
Giró la cabeza con un esfuerzo que le pareció monumental. Allí, sentado en una silla de plástico demasiado pequeña para su porte de atleta, estaba él. Liam no se veía como la estrella de los "Titanes". Tenía la ropa arrugada, el cabello castaño desordenado y unas ojeras profundas que hablaban de una noche en vela. Lo más impactante para Natalia fue ver que él sostenía su libro de Administración, aquel que ella siempre cargaba como un amuleto.
—Te despertaste —susurró Liam. Su voz sonó ronca, cargada de un alivio que hizo que el corazón de Natalia diera un vuelco doloroso.
Natalia intentó hablar, pero la máscara de oxígeno empañó el plástico y solo emitió un sonido ahogado. Con un movimiento débil, intentó quitársela, pero la mano de Liam la detuvo con una suavidad firme.
—No te la quites, Nat. Todavía no. La doctora dijo que tu saturación sigue baja. Necesitas el aire.
Natalia cerró los ojos, sintiendo que una lágrima caliente resbalaba por su mejilla. La humillación era total. Ya no era la tutora brillante; era una paciente, un número en una estadística de mortalidad, y él lo sabía todo. Se sentía desnuda, despojada de la única armadura que la protegía del mundo: su misterio y su autosuficiencia.
—¿Por qué no me lo dijiste? —preguntó Liam en voz baja, dejando el libro sobre la mesilla—. Pasamos semanas hablando de activos, pasivos y flujos de caja, y nunca mencionaste que tus propios pulmones estaban en quiebra técnica.
Natalia recuperó la fuerza suficiente para bajarse un poco la máscara, solo lo necesario para hablar.
—Porque no quería... que me miraras así —logró decir, su voz era un hilo quebradizo—. No quería ser tu "obra de caridad". Quería ser Natalia, la estudiante. No "la chica de la fibrosis".
—Nunca serás una obra de caridad para mí, Natalia —respondió él, inclinándose hacia ella. Su mirada era intensa, desprovista de cualquier rastro de la arrogancia que lo caracterizaba—. Ayer, cuando te desmayaste en mis brazos, no pensé en el dinero de mi padre o en lo que dirían en el campus. Solo pensé que el mundo no tenía sentido si tú dejabas de respirar.
El silencio que siguió fue interrumpido por la entrada de Doña Marta, la madre de Natalia. Venía con el rostro cansado y las manos temblorosas, pero al ver a su hija despierta, se abalanzó hacia ella con un sollozo ahogado.
—¡Ay, mi niña! Te dije que no fueras tan lejos —decía la mujer mientras le acariciaba el cabello—. Gracias a Dios que este joven estaba contigo. No sé qué habría pasado si hubieras estado sola en ese autobús.
Liam se puso de pie, sintiéndose de repente como un intruso en la intimidad del dolor ajeno.
—Señora, voy a salir un momento para que puedan hablar. Estaré afuera, en el pasillo.
—No te vayas lejos, hijo —dijo Doña Marta, mirándolo con una gratitud que a Liam le dolió en el alma—. Natalia no tiene a mucha gente, y tú te has portado como un ángel.
Liam asintió y salió de la habitación. En el pasillo del hospital público, el contraste con su vida habitual era violento. Vio a personas durmiendo en los bancos, familiares compartiendo un solo plato de comida y médicos corriendo con batas desgastadas. Se sintió avergonzado. Se dio cuenta de que mientras él se quejaba de que su padre no iba a sus partidos, Natalia estaba luchando literalmente por cada bocanada de aire en un sistema que no le ofrecía ninguna garantía.
Sacó su teléfono y vio decenas de mensajes de Rodrigo y del entrenador Santana. El equipo lo necesitaba para el partido de clasificación del sábado. "Liam, ¿dónde estás?", decía uno. "Si faltas a otro entrenamiento, el viejo te quita la capitanía", decía otro.
Liam apagó el teléfono. En ese momento, la capitanía del equipo se sentía tan insignificante como un grano de arena. Caminó hacia la oficina de la Dra. Mendoza.
—Doctora, necesito la verdad —dijo Liam al entrar, sin preámbulos—. ¿Qué tan grave es? ¿Hay algún tratamiento que no estemos viendo por falta de dinero?
La doctora lo miró por encima de sus gafas.
—Natalia es una paciente ejemplar, joven. Pero la fibrosis quística no perdona la disciplina. Sus pulmones tienen muchas cicatrices. Lo que necesita es un trasplante, pero en este país la lista de espera es un sueño lejano y ella no tiene la estabilidad física necesaria para una cirugía de esa magnitud ahora mismo. Necesita cuidados constantes, oxígeno domiciliario y medicamentos que... bueno, que su familia difícilmente puede costear a largo plazo.
—Yo tengo el dinero —intervino Liam rápidamente.
—No es solo el dinero, Liam —respondió la doctora con sabiduría—. Natalia tiene un orgullo que es más fuerte que su enfermedad. Si ella siente que la estás comprando, su espíritu se rendirá antes que su cuerpo. Ella necesita una razón para luchar, no un patrocinador.
Liam regresó a la habitación de Natalia. Doña Marta se había quedado dormida en la silla, agotada. Natalia estaba despierta, mirando por la ventana hacia el cielo azul que tanto amaba.
—Natalia —dijo Liam, sentándose de nuevo a su lado—. Mañana es el examen de contabilidad con el profesor Valero.
Ella lo miró sorprendida.
—Liam, estoy en un hospital. No puedo ir al examen. Voy a perder la beca si no presento ese parcial. Es el treinta por ciento de la nota.