El viernes por la mañana, el hospital amaneció envuelto en una neblina densa , ocultando el sol que Natalia solía buscar desde su ventana. Dentro de la habitación 402, el ambiente era de una calma artificial. El zumbido del concentrador de oxígeno se había convertido en el metrónomo de sus vidas. Natalia, sentada en la cama con el respaldo inclinado, repasaba por quinta vez las fórmulas de análisis financiero. El profesor Valero llegaría en dos horas para supervisar su examen parcial, y ella se negaba a dejar que su cerebro se rindiera ante la fatiga de sus pulmones.
Liam estaba sentado a su lado, revisando su propia libreta. Había pasado la noche en el sillón de la habitación, ignorando las llamadas incesantes de su padre y del entrenador Santana. Su presencia allí era un acto de rebelión silenciosa, una declaración de principios que Natalia aún no terminaba de procesar.
—Liam, tienes que irte —dijo Natalia, bajando el libro. Su voz, aunque asistida por el oxígeno, tenía un matiz de urgencia—. Hoy es el último entrenamiento antes del partido de clasificación. Si no vas, Santana te quitará la capitanía. Lo escuché en los mensajes que no borraste.
Liam ni siquiera levantó la vista del cuaderno de contabilidad.
—La capitanía es un activo que puedo depreciar, Natalia. Tu examen de hoy es un flujo de caja que no podemos permitirnos perder. Si no saco al menos un 15 en este parcial, mi padre cortará los fondos de la auditoría que tanto te importa. Además... no me voy a ir.
—Eres un idiota arrogante —susurró ella, pero había una ternura en sus ojos que contradecía sus palabras—. Estás arruinando tu futuro por alguien que...
—No termines esa frase —la interrumpió Liam, cerrando el libro de golpe. Se acercó a ella, quedando a escasos centímetros de su rostro—. Mi futuro era una línea recta aburrida hacia una oficina de mármol. Tú le diste una pendiente, un sentido. Ahora, cállate y dime la diferencia entre el apalancamiento financiero y el operativo.
Natalia estaba a punto de responder cuando la puerta de la habitación se abrió de par en par, golpeando la pared con un estruendo seco. No era la enfermera con la medicación, ni el profesor Valero.
Era el señor Esteban, el padre de Liam.
Vestido con un traje sastre que costaba más que todo el equipo médico de la planta, Esteban entró como si fuera el dueño del hospital. Detrás de él, Rodrigo, el amigo de Liam, se asomaba con una expresión de culpa y timidez.
—Así que aquí es donde te escondes —la voz de Esteban era como un látigo de hielo—. Faltando a los entrenamientos, ignorando mis llamadas y desperdiciando tu tiempo en este lugar de mala muerte.
Liam se puso de pie lentamente, colocando su cuerpo como un escudo entre su padre y la cama de Natalia.
—Papá, sal al pasillo. Estamos estudiando. Natalia está enferma.
Esteban soltó una risa amarga, recorriendo la habitación con una mirada llena de desprecio, deteniéndose apenas un segundo en la figura frágil de Natalia, quien se aferraba a sus sábanas con nudillos blancos.
—¿Estudiando? Estás jugando al héroe con una causa perdida, Liam. ¿Esta es la chica? ¿La que te tiene hipnotizado con su lástima? Rodrigo me contó que te vio cargándola como si fuera un trofeo roto.
—¡Cállate! —gritó Liam, un grito que hizo que Natalia empezara a toser violentamente por el susto y la tensión.
—Señor, por favor... —intentó decir Natalia, pero el aire se le escapaba. El monitor cardiaco empezó a pitar con una frecuencia acelerada.
Esteban ignoró el pitido. Caminó hacia la cama, sacando un sobre de su bolsillo interno.
—Mira, jovencita. No sé cuál es tu plan, pero mi hijo tiene una carrera profesional en el fútbol y un imperio que heredar. No voy a permitir que una... —miró su máscara de oxígeno con asco— ...que una distracción de hospital lo arruine. Aquí hay suficiente dinero para que te trasladen a la mejor clínica y dejes de llamar a mi hijo. Tómalo y dile que se vaya.
Liam le arrebató el sobre a su padre y lo rompió en pedazos antes de que Natalia pudiera siquiera tocarlo.
—No es su plan, papá. Es el mío. Ella no me llama, yo soy el que no puede irse. Y si tienes que usar tu dinero para sentirte hombre, úsalo para pagar la auditoría de la facultad que ella tanto se ha esforzado en salvar. Vete de aquí. Ahora.
—Si no sales de esta habitación en cinco minutos —amenazó Esteban, con los ojos inyectados en sangre—, te olvidas del auto, de la cuenta bancaria y de tu lugar en la empresa. Tendrás que vivir en la miseria, igual que ella.
—Entonces empieza a cancelar las tarjetas —respondió Liam con una calma que aterrorizó a su padre—. Porque no me voy a mover.
Esteban salió de la habitación furioso, dejando una estela de tensión que parecía consumir el poco oxígeno que quedaba en el cuarto. Rodrigo se quedó un momento en la puerta, mirando a Liam con arrepentimiento.
—Lo siento, hermano... tu viejo me presionó. No sabía que ella estaba tan mal.
—Vete, Rodrigo —dijo Liam sin mirarlo.
Cuando la puerta se cerró, el silencio que quedó fue desgarrador. Natalia estaba temblando, las lágrimas corrían libremente por debajo de su máscara. El esfuerzo por mantenerse erguida ante el desprecio de Esteban la había dejado exhausta.
—Liam... —susurró ella, mientras él se sentaba de nuevo y le tomaba las manos—. Tu padre tiene razón. No puedes perderlo todo por mí. Yo soy un pasivo, Liam... una inversión con retorno negativo. No tengo futuro. Él te ofrece el mundo.
Liam le tomó el rostro con ambas manos, obligándola a mirarlo.
—Escúchame bien, Natalia. Mi padre no sabe nada de inversiones. Él solo sabe de precios, pero tú... tú me enseñaste lo que es el valor. No estoy perdiendo el mundo. Estoy eligiendo el mío. Y mi mundo está en esta habitación, ayudándote a pasar ese examen y aprendiendo a respirar contigo.
Natalia apoyó su cabeza en el hombro de Liam. Por primera vez en mucho tiempo, dejó de luchar por ser la mujer fuerte de negocios. En ese momento, solo era una chica con miedo a morir, aferrada al único chico que la veía como algo más que una enfermedad.