El pasillo del hospital era un túnel de luz blanca y silencio sepulcral, interrumpido únicamente por el roce de los zapatos de goma de las enfermeras sobre el suelo. Liam estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared fría, justo al lado de la puerta de la Unidad de Cuidados Intensivos. Sus manos, las mismas que habían levantado trofeos y firmado autógrafos, ahora temblaban de forma incontrolable. En su bolsillo ya no sentía el peso del teléfono de última generación ni las llaves del Mustang; su padre se lo había quitado todo, pero el vacío que sentía en el pecho no tenía nada que ver con los lujos perdidos.
Hacía tres horas que se habían llevado a Natalia. Tres horas desde que el pitido agudo del monitor cardíaco había anunciado que sus pulmones, agotados por el esfuerzo del examen y la tensión del enfrentamiento con Esteban, habían decidido dejar de luchar.
—¿Liam?
Él levantó la vista. La Dra. Mendoza caminaba hacia él. Ya no llevaba la bata impecable de la mañana; se veía agotada, con la mirada cargada de esa melancolía que solo tienen los médicos que tratan enfermedades sin cura.
—Logramos estabilizarla —dijo la doctora, dejándose caer en el asiento junto a él—. Pero fue un aviso, Liam. Un aviso muy serio. Su corazón sufrió una arritmia severa por la falta de oxígeno. Natalia ha vuelto, pero no de la misma forma.
—¿Qué quiere decir con eso? —preguntó Liam, con la voz quebrada.
—Quiere decir que el daño en sus pulmones ha alcanzado un punto de no retorno. Ya no es suficiente con el oxígeno de alto flujo. Natalia necesita estar conectada a un respirador mecánico de forma permanente si queremos mantenerla con vida mientras buscamos una alternativa. Y esa alternativa... joven, usted sabe que es un trasplante que no llega.
Liam cerró los ojos con fuerza. Recordó a Natalia corrigiéndole los ejercicios de contabilidad apenas unas horas antes. Ella había dado su último aliento por un examen, por un sueño de graduarse que ahora parecía una broma cruel del destino.
—Quiero verla —sentenció Liam.
—Está despierta, pero está muy débil. Y Liam... su madre está ahí dentro. Ella también necesita apoyo.
Al entrar en la unidad, el olor a ozono y antiséptico era casi asfixiante. Natalia estaba rodeada de más máquinas que antes. Una cánula nasal más gruesa le enviaba aire con un sonido sibilante. Su rostro parecía de porcelana fina, casi transparente, y sus ojos estaban hundidos, pero cuando vio entrar a Liam, una chispa mínima de reconocimiento brilló en ellos.
Doña Marta estaba sentada al otro lado de la cama, sosteniendo un rosario entre sus dedos ásperos por la costura. Al ver a Liam, la mujer se puso de pie y lo abrazó.
—Gracias por quedarte, hijo —sollozó la mujer—. El señor Valero vino hace un rato. Dijo que Natalia sacó la nota máxima. Es la mejor de la clase, incluso desde aquí.
Liam se acercó a la cama y tomó la mano de Natalia. Estaba tan ligera que temía romperla.
—Lo lograste, genio —susurró él, intentando forzar una sonrisa—. El profesor dijo que tu examen fue perfecto. Eres oficialmente la mejor administradora que ha pasado por esa facultad.
Natalia movió los labios, pero no salió ningún sonido. Con un esfuerzo supremo, se bajó la máscara un milímetro.
—Liam... vete a... casa —logró decir entre jadeos—. Tu padre... el dinero...
—No tengo casa, Natalia —respondió él, besando sus nudillos—. Y no tengo dinero. Mi padre cumplió su palabra. Pero tengo algo que él nunca tuvo: tengo un propósito. Y mi propósito es sacarte de aquí.
Natalia cerró los ojos, agotada por las pocas palabras. Liam se dio cuenta de que no podía quedarse de brazos cruzados. Salió de la habitación y buscó a Rodrigo, quien lo esperaba en la cafetería, visiblemente incómodo.
—Rodrigo, necesito que hagas algo por mí —dijo Liam, agarrando a su amigo por los hombros—. Sé que mi viejo te tiene amenazado, pero tú eres mi hermano.
—Dime qué necesitas, Liam. Lo que sea.
—Vende mi colección de relojes. Están en la caja fuerte de mi habitación, la clave es mi fecha del primer campeonato. Y mi equipo de entrenamiento profesional, los balones firmados... todo. Véndelo todo en el mercado negro si es necesario. Necesito efectivo. Natalia necesita medicamentos que el hospital público no tiene y una enfermera privada para cuando regrese a su casa... si es que regresa.
Rodrigo lo miró con asombro.
—Liam, esos relojes son tu herencia. Algunos pertenecieron a tu abuelo.
—Mi abuelo me enseñó que el valor de un hombre se mide por lo que protege, no por lo que acumula —replicó Liam con una madurez que asustó a Rodrigo—. Hazlo. Ahora.
Los días siguientes fueron una lección de humildad extrema para Liam. Pasó de vivir en una mansión a dormir en el banco de madera de la casa de Doña Marta, ayudándola a organizar las cuentas médicas. Natalia fue dada de alta una semana después, pero con una condición: debía estar conectada a un tanque de oxígeno las veinticuatro horas y no podía volver a la universidad.
El regreso a la humilde casa de Natalia fue un choque de realidad para Liam. No había aire acondicionado, el techo de lámina hacía un ruido infernal cuando llovía y el espacio era tan pequeño que apenas cabía la cama clínica que Liam había logrado comprar vendiendo su reloj favorito.
Una tarde, mientras Liam ayudaba a Natalia con su terapia respiratoria, ella lo miró con una tristeza infinita.
—Estás desperdiciando tu vida en este barrio, Liam. Deberías estar en la cancha. El entrenador Santana dice que los scouts de la liga profesional están preguntando por ti.
Liam le acomodó la almohada y revisó el flujo del tanque.
—Los scouts pueden esperar. Ahora mismo, mi mayor contrato es asegurarme de que este balance mensual de tu salud no entre en déficit. Además... estoy aprendiendo más administración aquí contigo, contando cada centavo para los antibióticos, que en todos los semestres de la universidad.