La luz de la mañana en el barrio ya no se sentía como una amenaza. Con la llegada del nuevo concentrador de oxígeno de grado industrial —un gigante de metal silencioso que Liam había bautizado como "El Guardián"— y la primera ronda de antibióticos de espectro especializado, el aire en la pequeña habitación de Natalia parecía haber recuperado su transparencia. Por primera vez en semanas, el siseo del oxígeno no era un estertor desesperado, sino un murmullo constante que permitía que el silencio fuera, al menos por unas horas, un espacio de paz.
Natalia se despertó sin la opresión habitual. No es que la fibrosis se hubiera ido; ella sabía, con la precisión de la administradora que era, que esto solo era un refinanciamiento de su deuda con el destino. Pero hoy, los números estaban en azul.
Liam estaba dormido en el pequeño sillón individual que Doña Marta le había acondicionado. Tenía un libro de "Estrategia Empresarial" abierto sobre el pecho y todavía llevaba puesta la pulsera de tela. Natalia lo observó en silencio. El chico arrogante que había entrado en su clase de segundo semestre con un Mustang y una sonrisa de suficiencia había desaparecido. En su lugar, había un hombre con las manos endurecidas por el trabajo doméstico y los ojos cargados de una sabiduría prematura y dolorosa.
—Liam —susurró ella. Su voz tenía una fuerza que lo hizo saltar de la silla de inmediato.
—¿Qué pasa? ¿Te falta aire? ¿Necesitas el nebulizador? —Liam estaba alerta en un segundo, con la mano ya puesta en el regulador del tanque.
Natalia soltó una risa suave, un sonido que Liam no había escuchado en semanas y que le supo a gloria.
—No, tonto. Estoy bien. De hecho... estoy muy bien. Siento que tengo un superávit de energía hoy.
Liam relajó los hombros y se pasó una mano por el cabello desordenado.
—No me asustes así, genio. Mi corazón no tiene la misma resistencia que tus ganas de estudiar.
—Liam... quiero salir —dijo ella, con una determinación que no admitía discusiones—. No al hospital, no a la universidad. Quiero una cita. Una cita de verdad. Como si no nos estuviéramos muriendo, como si no tuviéramos un balance de vida en cuenta regresiva.
Liam la miró con preocupación, pero al ver el brillo en sus ojos, supo que negarse sería apagar la poca llama que le quedaba.
—Está bien. Pero bajo mis condiciones. Nada de caminar largas distancias, nada de cambios bruscos de temperatura y el tanque portátil va con nosotros como si fuera nuestro tercer acompañante.
—Trato hecho —aceptó ella, extendiendo su mano delgada.
El resto de la mañana fue un caos de preparativos. Doña Marta ayudó a Natalia a vestirse con un vestido de flores que guardaba para ocasiones especiales. Se puso un poco de color en las mejillas para ocultar la palidez persistente y se recogió el cabello castaño con un lazo. Liam, por su parte, pidió prestado el viejo sedán de Rodrigo, un auto que tosía más que la propia Natalia pero que era discreto y funcional.
Salieron del barrio mientras el sol empezaba a calentar las calles. Liam la llevó a un jardín botánico privado en las afueras, un lugar que recordaba de su infancia. Era un espacio lleno de orquídeas y senderos de piedra, donde el ruido del mundo exterior desaparecía tras los muros de hiedra.
Caminaron lentamente. Liam sostenía el tanque de oxígeno portátil en una mochila diseñada para que ella no sintiera el peso, y la otra mano rodeaba la cintura de Natalia, sosteniéndola como si fuera el cristal más valioso de una exposición.
—Mira eso, Liam —dijo Natalia, señalando un árbol de araguaney que empezaba a florecer en amarillo intenso—. En administración, diríamos que es un activo que solo muestra su valor real una vez al año. El resto del tiempo es solo madera y potencial.
—Tú siempre pensando en términos de oficina —sonrió Liam, deteniéndose frente a un estanque de lirios—. Yo creo que ese árbol simplemente está esperando el momento justo para ser el centro de atención. Como tú cuando entraste a esa clase y me pusiste en mi lugar.
Se sentaron en un banco frente al agua. Natalia apoyó la cabeza en el hombro de Liam. Por un momento, el sonido del agua y el canto de los pájaros hicieron que se olvidaran de las medicinas, de los médicos y del desprecio del señor Esteban.
—Liam... —susurró ella—. ¿Te arrepientes? Dejaste el fútbol profesional, tu herencia, tu vida de lujo. Todo por cuidar a una chica que ni siquiera puede garantizarte un próximo semestre.
Liam le tomó la barbilla y la obligó a mirarlo. Sus ojos oscuros, que antes solo reflejaban ambición, ahora estaban llenos de una devoción absoluta.
—He pasado toda mi vida acumulando cosas que no significaban nada. Tenía dinero, pero no tenía aire. Tenía fama, pero estaba solo. Contigo, Natalia, he descubierto que el éxito no es ganar un partido. El éxito es que tú te despiertes cada mañana y me regañes por no saber contabilidad. No cambié mi herencia por ti; cambié una mentira por algo que es real.
Natalia se conmovió, pero su mente analítica no podía dejar de proyectar el futuro.
—Los medicamentos que conseguiste... nos dan tres meses, tal vez cuatro. El concentrador ayuda, pero la fibrosis es degenerativa, Liam. El tejido se está volviendo cicatriz. Mis pulmones están perdiendo su elasticidad. Es como una empresa que consume su capital operativo sin generar ingresos. Llegará un punto en que no habrá más de dónde sacar.
—Entonces buscaremos una inversión de riesgo —respondió Liam con firmeza—. Rodrigo está moviendo contactos en la capital. Hay un programa experimental de limpieza pulmonar que podría darnos más tiempo. Y si no... entonces administraremos cada segundo que nos quede para que valga por cien años.
La tarde transcurrió entre risas y confesiones. Liam le contó sobre su miedo a fracasar y cómo el fútbol era su forma de gritarle al mundo que valía algo. Natalia le contó sobre sus sueños de niña, cuando quería ser bailarina antes de que su cuerpo le dijera que su destino era el silencio y la quietud.