La oscuridad en el barrio de Natalia no era absoluta; estaba salpicada por el parpadeo de los postes de luz amarillenta y el resplandor azulado de los monitores que mantenían a "El Guardián" con vida. Liam no había dormido. Sentado a los pies de la cama de Natalia, con una lámpara de escritorio pequeña como única aliada, tenía frente a él una montaña de documentos: contratos de becas, pólizas de seguro y los estatutos de la universidad.
La advertencia de la Dra. Mendoza resonaba en su cabeza como una alarma de incendio. Su padre, Esteban, no estaba atacando los pulmones de Natalia con manos físicas, sino con tinta y tecnicismos. Estaba intentando declararla un "pasivo tóxico" para la institución, invalidando su seguro médico y, por ende, cortando el suministro de los fármacos experimentales que la mantenían estable.
—Estás usando el método de análisis de brechas —la voz de Natalia lo sacó de su concentración. Estaba despierta, observándolo con una mezcla de orgullo y tristeza. Su respiración era asistida por la cánula, pero sus ojos estaban lúcidos.
—Estoy buscando el punto de quiebre en el argumento de mi padre —respondió Liam, acercándose para besar su frente—. Él dice que ocultaste tu condición al inscribirte. Pero aquí, en el anexo de la cláusula 4, dice que la universidad acepta el historial médico bajo reserva de privacidad, a menos que la condición impida el desarrollo académico. Y tú, genio, tienes el promedio más alto. No hay impedimento; hay eficiencia.
Natalia soltó un suspiro pesado.
—Liam, la teoría administrativa dice que el poder fluye hacia donde está el capital. Tu padre es el capital. Yo soy solo una variable externa.
—Entonces cambiaremos la variable —sentenció Liam—. Hoy voy a ver al profesor Valero. Él es el único que tiene suficiente peso moral en el consejo universitario para detener a mi padre.
—Valero es un hombre de números, Liam. No de sentimientos.
—Exacto. Por eso voy a hablarle en su idioma.
Al amanecer, Liam dejó a Natalia al cuidado de Doña Marta y se dirigió a la universidad. Ya no llegaba en el Mustang; caminaba desde la parada del autobús, con los zapatos desgastados y una mochila llena de papeles. Al entrar al campus, sintió las miradas. El rumor de que el "Rey de los Titanes" ahora vivía en el barrio y vestía ropa usada se había extendido como pólvora. Pero a Liam no le importaba. Se sentía más poderoso que cuando llevaba la cinta de capitán, porque esta vez, su autoridad no venía de un brazalete, sino de una convicción.
Encontró al profesor Valero en su oficina, rodeado de balances de auditoría. El hombre levantó la vista, sorprendido de ver a Liam allí.
—Señor Liam. Pensé que su prioridad era el hospital, no mis tutorías —dijo Valero con su habitual tono seco.
—Profesor, necesito que audite un caso de injusticia —Liam puso los documentos sobre el escritorio—. Mi padre está intentando revocar el seguro de Natalia. Está usando la cláusula de "condición preexistente". Necesito que usted, como decano interino de finanzas, certifique que el rendimiento de Natalia es un activo para la universidad que supera cualquier costo operativo de su seguro.
Valero revisó los papeles durante un largo silencio.
—Tu padre es el principal donante del nuevo ala de laboratorios, Liam. Si lo enfrento, la universidad pierde millones en infraestructura. Desde un punto de vista de gestión de recursos, Natalia es un riesgo; tu padre es una certeza.
—Desde un punto de vista de ética administrativa, profesor, usted siempre nos enseñó que el capital humano es el único activo que no se deprecia si se gestiona con excelencia —replicó Liam, citando las propias palabras de Valero—. Si la universidad expulsa a su mejor estudiante por estar enferma, el valor de marca de esta institución caerá a cero. Ningún laboratorio compensará la pérdida de integridad.
Valero lo miró fijamente. Vio en Liam no al atleta arrogante, sino al alumno que finalmente había entendido que la administración no se trata de dinero, sino de personas.
—Tienes razón, muchacho. Tu padre cree que puede comprar el aire, pero no puede comprar mi firma. Prepárate, porque esto será una guerra de juntas directivas.
Liam salió de la oficina sintiendo una pequeña victoria, pero el éxito administrativo fue eclipsado por un mensaje de texto de Rodrigo: "Vuelve a la casa. Natalia no está bien. El Guardián falló".
El corazón de Liam se detuvo. Corrió hacia la parada, pero el autobús tardaba una eternidad. Desesperado, vio a un compañero de equipo pasar en una motocicleta y le gritó que lo llevara. Al llegar al barrio, la escena era de caos. La luz se había ido en toda la zona —un fallo común en el sector— y el concentrador de oxígeno, privado de electricidad, se había detenido.
Entró a la casa y encontró a Doña Marta intentando usar un tanque manual, pero la válvula estaba trabada. Natalia estaba en la cama, con el rostro azulado, luchando por inhalar un aire que no llegaba. Cada movimiento de su pecho era una agonía.
—¡Natalia! —Liam se lanzó hacia ella. Tomó el tanque manual y, con la fuerza bruta que le habían dado años de gimnasio, forzó la válvula. El siseo del oxígeno volvió, pero Natalia no reaccionaba. Sus ojos estaban en blanco.
—¡Llamen a una ambulancia! —gritó Doña Marta, llorando—. ¡Llamen a alguien!
—No llegarán a tiempo en este sector, señora —dijo Liam, cargando a Natalia en brazos. Estaba tan liviana que parecía un espectro—. ¡Rodrigo, saca el auto!
El trayecto al hospital fue una pesadilla de baches y desesperación. Liam iba en el asiento trasero, dándole respiración boca a boca a Natalia entre los silvidos del tanque manual.
—No te vayas, genio. Por favor. Todavía no hemos terminado el balance. Todavía nos queda tiempo —le suplicaba al oído, sintiendo el sabor metálico de la sangre que ella empezaba a expectorar.
Al llegar a emergencias, la Dra. Mendoza ya los esperaba. Se llevaron a Natalia a reanimación de inmediato. Liam se quedó en el pasillo, con las manos manchadas de sangre y sudor, temblando. Rodrigo se acercó y le puso una mano en el hombro.