latidos de cristal

CAPÍTULO 13: El Costo de la Distancia.

​El invierno en Madrid no se parecía en nada al calor sofocante de la cuidad natal. Para Liam, el aire frío de la capital española no era refrescante; era un recordatorio constante de lo que había dejado atrás. Desde el ventanal de su lujoso apartamento, proporcionado por el club de élite que lo había fichado bajo la presión de su padre, Liam observaba las luces de la ciudad con una mirada vacía. Tenía todo lo que un atleta de veinte años podría desear: fisioterapeutas personales, una cuenta bancaria restaurada y el respeto de una prensa deportiva que lo llamaba "el prodigio transatlántico".

​Sin embargo, en su balance personal, Liam se sentía en bancarrota.

​—Tienes entrenamiento en veinte minutos, Liam —dijo la voz de su asistente desde el intercomunicador—. El entrenador Garrido no tolera retrasos, y menos después de tu desempeño en el último amistoso.

​Liam no respondió. Se limitó a tomar su bolso deportivo y a mirar, por última vez antes de salir, el pequeño marco de fotos sobre su mesa de noche. No era una foto de sus triunfos, sino un papel arrugado con una fórmula de contabilidad que Natalia había escrito durante una de sus tutorías. "El valor residual de un activo es lo que queda cuando todo lo demás se ha consumido", decía la nota.

​—Espero que te esté quedando algo, genio —susurró Liam antes de cerrar la puerta.

​Mientras tanto, a miles de kilómetros de distancia, en la Unidad de Cuidados Intensivos de la clínica privada más exclusiva de la Cuidad, Natalia abría los ojos. No hubo un despertar dramático; fue una transición lenta desde la neblina de la sedación hacia una claridad dolorosa. Lo primero que notó fue que el siseo del oxígeno era diferente. Ya no era el rugido asmático de "El Guardián" en su pequeña casa; era el murmullo tecnológico de un respirador de última generación que costaba más que la casa de sus vecinos.

​Intentó mover la mano y encontró la de su madre. Doña Marta dormía en un sillón reclinable de cuero, con el rostro más relajado de lo que Natalia recordaba en años. La habitación era amplia, con ventanales que daban a las montañas y una televisión de plasma apagada.

​Natalia se quitó la máscara de oxígeno con dedos temblorosos. Su respiración se sentía... artificialmente fácil. Los antibióticos de alta gama habían limpiado parte de la infección, pero el vacío en el pecho no era físico.

​—¿Liam? —logró articular. Su voz era un roce de lija contra madera.

​Doña Marta se despertó de un salto.

—¡Hija! ¡Despertaste! No te quites eso, el doctor dice que todavía necesitas apoyo.

​—¿Dónde está Liam, mamá? —Natalia ignoró las advertencias, sus ojos recorriendo la habitación con una urgencia febril—. ¿Por qué estamos aquí? Este lugar... nosotros no podemos pagar esto.

​Doña Marta bajó la mirada, sus manos apretando el rosario que nunca soltaba.

—Él se fue, Natalia. Se fue hace tres días.

​El corazón de Natalia, monitoreado por máquinas de precisión, dio un vuelco que hizo saltar una alarma en el panel de enfermería.

—¿Se fue? ¿A dónde?

​—A España. Su padre... el señor Esteban vino aquí. Dijo que Liam aceptó un contrato profesional. Pagaron todo, hija. Tu tratamiento, el trasplante que ahora está en proceso de gestión, las medicinas... todo a cambio de que Liam se fuera y no regresara.

​Natalia sintió que el aire se le escapaba, no por la fibrosis, sino por la comprensión de la magnitud del sacrificio. Ella, la administradora, la que siempre hablaba de costos y beneficios, no pudo calcular el precio de su propia vida. Liam se había vendido a sí mismo para comprarle tiempo a ella.

​—Me vendió por aire —susurró Natalia, las lágrimas empezando a nublar su vista—. Él renunció a todo por este maldito hospital.

​Las semanas pasaron con una monotonía cruel para ambos. En Madrid, Liam se convirtió en una máquina en el campo. Jugaba con una rabia contenida que lo hacía imparable, pero fuera de la cancha, no hablaba con nadie. Rechazaba las fiestas, las entrevistas y las invitaciones de sus compañeros. Su vida se reducía a entrenar, comer y mirar el teléfono, esperando un mensaje que nunca llegaba, pues parte del contrato con su padre incluía un bloqueo estricto de comunicaciones directas durante el primer trimestre.

​Sin embargo, Liam usaba a Rodrigo como su informante clandestino.

—Ella está mejorando, hermano —le decía Rodrigo en llamadas breves desde teléfonos públicos—. Ya salió de la UCI. Está en una habitación normal. El profesor Valero fue a verla; dice que ella quiere retomar las clases de forma virtual. Está obsesionada con terminar el semestre.

​—Dile que no se esfuerce —respondía Liam, con la voz quebrada por la distancia—. Dile que use el aire para vivir, no para estudiar balances.

​—Sabes que no te va a hacer caso. Es Natalia. Dice que si tú pagaste un precio tan alto por su tiempo, ella no va a desperdiciar ni un segundo en la mediocridad.

​Natalia comenzó su propia "auditoría" de la situación. Se negaba a ser una paciente pasiva. Desde su cama de hospital, con una computadora portátil que Liam le había dejado antes de partir, empezó a investigar el contrato que Liam había firmado. Usando sus conocimientos de derecho mercantil y administración, buscó grietas.

​—Si Liam es el activo —pensaba Natalia, mientras el monitor de oxígeno marcaba una estabilidad envidiable—, su padre es el tenedor de la deuda. Pero todo contrato tiene una cláusula de rescisión por incumplimiento ético.

​Una tarde, recibió una visita inesperada. El profesor Valero entró en la habitación con un fajo de exámenes corregidos.

—Señorita Natalia. Veo que este hospital tiene mejores estados financieros que la universidad —bromeó el hombre, aunque sus ojos mostraban una preocupación genuina.

​—Profesor, necesito su ayuda —dijo Natalia, sentándose en la cama con una energía que sorprendió al docente—. Liam se fue para salvarme, pero su padre está usando una estructura de control que es ilegal bajo los nuevos estatutos de ética que usted mismo ayudó a redactar.




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