El invierno en Madrid había alcanzado su punto más gélido, pero dentro del vestuario del Real Madrid, el ambiente era eléctrico. Los rumores de que Liam, estaba bajo una presión asfixiante por parte de su representación habían empezado a filtrarse a la prensa deportiva. Sin embargo, Liam no leía los periódicos. Su mente estaba fija en la pantalla de su teléfono, en un correo cifrado que le había enviado el profesor Valero esa misma madrugada.
El correo contenía el análisis legal que Natalia había redactado desde su habitación en la clínica. Era una obra maestra de la administración de crisis. Natalia no pedía clemencia; exigía justicia. Había encontrado que el señor Esteban había utilizado fondos de la empresa familiar —fondos que estaban bajo auditoría por la universidad— para pagar el contrato de exclusividad de Liam en Europa. Era una malversación de activos en toda regla.
—Liam, el míster te quiere en el despacho —dijo Garrido, el capitán del equipo español, poniéndole una mano en el hombro—. Te ves como si estuvieras planeando un golpe de estado, no un partido de cuartos de final.
Liam levantó la vista. Sus ojos, antes nublados por la resignación, brillaban con una determinación feroz.
—No es un golpe de estado, Garrido. Es una auditoría externa. Y hoy, finalmente, los libros van a cuadrar.
El aire de la clínica privada se sentía más denso. Natalia estaba sentada en un sillón junto a la ventana, observando el crepúsculo. El monitor de signos vitales, ese compañero constante, emitía un bip más lento de lo habitual. La noticia sobre su corazón no la había derrumbado; al contrario, le había dado una claridad quirúrgica. Sabía que su "capital de vida" se estaba agotando y que no podía permitir que Liam siguiera pagando una deuda por un activo que se estaba extinguiendo.
La Dra. Mendoza entró en la habitación con una tablet en la mano. Su expresión era profesional, pero sus ojos evitaban los de Natalia.
—La miocardiopatía es una secuela directa de la hipoxia severa que sufriste en el faro, Natalia. Tu corazón se esforzó tanto por bombear el poco oxígeno que tenías que las paredes del ventrículo se han debilitado. El tratamiento para los pulmones está funcionando, pero ahora estamos administrando una falla multisistémica.
—Dígalo en términos que yo entienda, doctora —respondió Natalia con una sonrisa triste—. ¿Cuál es mi margen de maniobra?
Mendoza suspiró.
—Sin una intervención mayor, estamos hablando de semanas, quizás meses si te mantenemos en reposo absoluto. El trasplante de pulmón sigue siendo una opción, pero ahora tendríamos que evaluar un trasplante de bloque corazón-pulmón. Es una operación que solo se hace en grandes centros especializados. En Europa o Estados Unidos.
Natalia miró su computadora. Tenía abierto el archivo del contrato de Liam.
—Mi padre... el señor Esteban, ¿sabe esto?
—Él recibe los informes diarios. Es quien paga la cuenta, Natalia.
—Entonces él sabe que está pagando por algo que no tiene arreglo —concluyó Natalia. La rabia empezó a arder en su pecho—. Él mantiene a Liam allá, jugando como un esclavo de lujo, sabiendo que yo me estoy apagando de todos modos. Está usando mi enfermedad como un mecanismo de retención de talento.
Natalia cerró la laptop con un golpe seco. Si su corazón iba a fallar, no lo haría por tristeza, sino por el esfuerzo de devolverle a Liam su libertad. Tomó su teléfono y marcó a Rodrigo.
—Rodrigo, necesito que actives la fase dos del plan de Valero —dijo ella, su voz firme a pesar del silbido de la cánula—. Dile a la prensa que el contrato de Liam fue firmado bajo coacción médica. Filtra los documentos de la malversación de Esteban. Si voy a caer, voy a derribar todo el imperio que lo mantiene lejos.
Esa noche en Madrid, Liam tomó una decisión que cambiaría su carrera para siempre. Durante el partido contra el Atlético de Madrid, en el minuto 80, Liam recibió un balón en el medio campo. Tenía el camino libre hacia la portería, pero en lugar de correr, se detuvo. Puso el pie sobre el balón y miró hacia el palco donde los representantes de su padre y los directivos del club lo observaban con confusión.
El estadio guardó un silencio sepulcral. Liam se quitó la camiseta oficial del club, revelando una vez más una prenda blanca debajo. Pero esta vez no era un mensaje de amor. Era un mensaje de guerra: "CONTRATO NULO POR COACCIÓN. LA LIBERTAD NO SE AUDITA".
Caminó hacia la banda, entregó la cinta de capitán a un Garrido estupefacto y salió del campo. No regresó al vestuario. Se dirigió directamente al estacionamiento, donde un taxi lo esperaba para llevarlo al aeropuerto de Barajas. Había usado sus últimos ahorros personales —los que su padre no podía tocar— para comprar un pasaje de regreso.
En el trayecto al aeropuerto, Liam encendió su teléfono. Tenía cientos de llamadas perdidas de su padre. Finalmente, contestó una.
—¡Has destruido tu carrera! —gritó Esteban desde el otro lado del mundo—. ¡Nadie volverá a contratarte! He cancelado el pago de la clínica de Natalia en este mismo segundo. ¡Ella morirá por tu estupidez!
—Ella ya se está muriendo, papá —respondió Liam, con una calma que le heló la sangre a Esteban—. La doctora me envió el informe real hace una hora. Tú sabías lo de su corazón y me lo ocultaste para que yo siguiera jugando. Eres un administrador de cadáveres, no de personas. Pero te equivocas en algo: la clínica ya está pagada por los próximos seis meses. El profesor Valero y yo logramos que la universidad embargara tus donaciones por la investigación de malversación. Estás fuera, papá. El balance dio negativo para ti.
Liam colgó y lanzó el teléfono por la ventana del taxi mientras entraba a la terminal.
El regreso fue un viaje a través de las sombras. Liam llegó bajo una lluvia torrencial. No tenía auto, no tenía escoltas, no tenía nada más que su maleta y la copia del informe médico de Natalia. Cuando entró en la clínica, el personal de seguridad intentó detenerlo por órdenes de Esteban, pero la Dra. Mendoza intervino.