La orden de desalojo administrativo emitida por el señor Esteban no era solo un papel; era una sentencia de muerte envuelta en términos legales. En la lógica fría de su padre, si Liam no cumplía con su parte del trato de permanecer en Europa, los beneficios de la "inversión" se cancelaban. A las seis de la mañana, mientras el sol apenas empezaba a calentar las calles, dos camiones de mudanza y una patrulla privada se estacionaron frente a la clínica.
Liam, que dormía en un sillón junto a la cama de Natalia, se despertó con el sonido de los frenos de aire. Miró por la ventana y sintió un frío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado.
—¿Qué pasa, Liam? —preguntó Natalia. Su voz era un susurro ronco, apenas audible bajo el siseo del oxígeno.
Liam no quiso asustarla, pero Natalia, la genio de los números, leyó el pánico en sus hombros.
—Es la liquidación forzosa, ¿verdad? —dijo ella, con una calma que le partió el corazón—. Tu padre ha venido a cobrar la garantía.
Liam no respondió. Salió al pasillo y encontró a la Dra. Mendoza discutiendo con tres hombres de traje oscuro que sostenían carpetas de cuero.
—No pueden moverla —gritaba la doctora—. Está conectada a un soporte vital. Un traslado en estas condiciones es un homicidio administrativo.
—Lo que es, doctora, es un desalojo por falta de pago y violación de las normas de admisión —respondió uno de los hombres con voz monótona—. La clínica es propiedad del grupo inversor, y el grupo inversor ha decidido cerrar esta unidad por "reestructuración". Tienen una hora para desalojar la habitación 405.
Liam se interpuso entre los hombres y la puerta de Natalia. Su porte de atleta, ahora endurecido por la rabia, los hizo retroceder un paso.
—No se van a llevar a nadie —dijo Liam, su voz vibrando con una amenaza latente—. Si quieren entrar, van a tener que pasar por encima de la noticia de que el heredero de esta fortuna está defendiendo a una paciente con su vida.
Mientras tanto, en la Universidad, la noticia se había extendido como un incendio forestal. Rodrigo había pasado la noche enviando mensajes, videos y documentos a todos los grupos de la facultad. El video de Liam en el estadio de Madrid se había vuelto el himno de una generación que estaba cansada de ver cómo el dinero pisoteaba el talento.
El profesor Valero entró en el aula magna, donde cientos de estudiantes de administración esperaban en silencio. No había libros sobre los pupitres, solo una determinación sombría.
—Señores —dijo Valero, ajustándose los lentes—. En la teoría de la organización, nos enseñan que el activo más valioso es el capital humano. Hoy, ese capital está siendo asediado por el capital financiero en su forma más cruel. Natalia, la mejor de su promoción, está a punto de ser desalojada porque un hombre cree que es el dueño del aire que ella respira.
Un estudiante se levantó en la parte de atrás.
—¿Qué vamos a hacer, profesor? Usted nos enseñó que los balances deben cuadrar.
—Hoy —respondió Valero, tomando su maletín—, vamos a hacer que el balance social pese más que el contable. No hay clase hoy. La clase es en la puerta de la clínica.
En la clínica, la tensión era insoportable. Los hombres del señor Esteban intentaron avanzar, pero Liam cerró la puerta de la habitación y se apostó frente a ella. Por la ventana del pasillo, empezó a ver algo que no esperaba. Primero fueron diez, luego cincuenta, luego cientos.
Los estudiantes de la universidad empezaban a llegar. No traían armas, traían sus calculadoras, sus batas blancas y sus pancartas. Rodrigo lideraba el grupo de los "Titanes", los compañeros de equipo de Liam, que formaron una cadena humana rodeando la entrada principal de la clínica.
—¡EL AIRE NO ES UN NEGOCIO! —empezó a gritar la multitud.
El señor Esteban observaba la escena desde su oficina en el piso superior, con el teléfono en la oreja. Estaba furioso. Su estrategia de control se estaba convirtiendo en una pesadilla de relaciones públicas.
—¡Saquen a esa gente de ahí! —gritaba por el teléfono—. ¡Llamen a la policía!
—Señor Esteban —dijo su secretario, entrando con el rostro pálido—. No podemos. El video de Liam defendiendo la puerta de la habitación está en vivo en todas las redes sociales. Si la policía actúa, será un desastre internacional. Además... el profesor Valero está abajo con los abogados de la universidad.
Valero, de hecho, estaba en la entrada, hablando con los medios de comunicación que ya habían llegado al lugar.
—Lo que está ocurriendo aquí es un vicio de nulidad absoluta —decía Valero a las cámaras—. El señor Esteban está utilizando activos de la universidad, destinados a la salud estudiantil, para fines personales de venganza familiar. Estamos introduciendo una medida cautelar de protección inmediata para la señorita Natalia.
Dentro de la habitación, Natalia escuchaba los gritos de afuera. Tomó la mano de Liam cuando él regresó a su lado.
—Están ahí por ti, Liam —susurró ella.
—No, genio —respondió él, besando su mano—. Están ahí porque tú les enseñaste que una buena administración no sirve de nada si no tiene ética. Tú eres la que los movilizó, aunque estés aquí acostada.
La Dra. Mendoza entró con una noticia que cambió el tono del capítulo.
—Liam, Natalia... El alboroto ha llegado a oídos de una fundación internacional en Houston. Han visto el caso clínico y la lucha que se está dando aquí. Dicen que si logramos que Natalia llegue a la base aérea, ellos enviarán un avión sanitario. Tienen un cupo para el trasplante doble. Pero necesitamos que la orden de desalojo se convierta en una orden de traslado médico oficial.
—Mi padre nunca firmará eso —dijo Liam—. El traslado requiere su firma como responsable del seguro.
—Entonces —dijo Natalia, sentándose con un esfuerzo supremo, su monitor cardíaco pitando con urgencia—, tendremos que obligarlo a declarar la quiebra moral.