latidos de cristal

CAPÍTULO 28: El Mercado Negro del Aire

CAPÍTULO 28: El Mercado Negro del Aire
​El almacén clandestino de la Fundación, ubicado en un galpón industrial de la Zona Industrial de Barquisimeto, olía a polvo, metal y desesperación. Santiago caminaba entre las estanterías semivacías, golpeando con los nudillos los tanques de oxígeno que devolvían un eco hueco, un sonido que para él era el presagio de un colapso sistémico.
​—Solo nos quedan cuarenta unidades de concentradores portátiles, Mateo —dijo Santiago, sin apartar la vista de su tableta—. Vallenilla ha bloqueado todos los códigos de importación de la clínica. Los proveedores internacionales tienen miedo de represalias legales. Oficialmente, estamos en una "interrupción de suministros por auditoría". Extraoficialmente, nos están asfixiando.
​Mateo estaba sentado sobre una caja de madera, revisando una lista de pacientes críticos que dependían de la red móvil.
—La tasa de mortalidad del programa social va a subir un doce por ciento en las próximas setenta y dos horas si no conseguimos los filtros para las unidades de cuidados domiciliarios. ¿Qué opciones tenemos?
​Santiago guardó silencio un momento. Sus dedos tamborilearon sobre la pantalla. Sabía que la respuesta que estaba a punto de dar mancharía la impecable hoja de ruta ética que Natalia de la Torre había trazado.
​—Hay un hombre en Puerto Cabello —susurró Santiago—. Lo llaman "El Auditor de Sombras". Controla el flujo de suministros médicos que el gobierno declara como pérdida o desecho. Tiene un lote de dos mil filtros y trescientos cilindros de alto flujo. Son originales, pero el origen es… extraoficial.
​Mateo levantó la mirada, sus ojos se entrecerraron.
—Estás hablando de contrabando, Santiago. De mercado negro. Mi madre auditaría cada centavo de esa operación y nos expulsaría de la junta antes de que termináramos de explicarlo.
​—Tu madre no tenía a quinientos niños con fibrosis quística esperando un suspiro para mañana por la mañana —replicó Santiago con una dureza inusual—. Vallenilla está jugando a los números; nosotros tenemos que jugar a la supervivencia. Si no compramos ese lote hoy, la red de la fundación entrará en liquidación biológica el jueves.
​En ese momento, Liam entró en el galpón. Su rostro estaba marcado por el cansancio físico de haber pasado la noche coordinando a los voluntarios para mover equipos en sus propios vehículos personales.
—Mateo, acaban de avisar de la clínica central. Vallenilla ordenó desconectar los sistemas de telemetría de los pacientes externos. Dice que la clínica no puede ser responsable de "activos que no están bajo su techo".
​—Es un asesinato corporativo —rugió Mateo, poniéndose de pie—. ¡Son pacientes que ella misma operó!
​—Mateo —intervino Santiago, bajando la voz—, el contacto en el puerto exige un pago en efectivo. Cincuenta mil dólares. Si lo hacemos, salvamos a la red. Si no, entregamos las llaves y dejamos que Vallenilla gestione el cementerio.
​El dilema moral gravitaba en el aire como una neblina tóxica. Mateo miró a su padre, buscando la brújula ética que solía ser Liam. Pero Liam, que aún cargaba con el peso del secreto revelado en la llamada del capítulo anterior, solo asintió con una resignación dolorosa.
​—A veces, para mantener la luz encendida, hay que comprar el combustible en las sombras —dijo Liam—. Hazlo, Santiago. Yo me encargaré de la logística del transporte. Usaremos los camiones de los atletas de la liga. Nadie detiene un transporte deportivo para revisar filtros de aire.
​Santiago asintió y salió del galpón para realizar la llamada que cambiaría para siempre su estatus legal. Mateo se quedó solo con su padre entre las sombras del almacén.
​—¿Te das cuenta de lo que estamos haciendo, papá? —preguntó Mateo—. Estamos convirtiendo el legado de mamá en una operación de guerrilla. Si nos atrapan, Vallenilla no tendrá que inventar nada para destruirnos. Tendrá los hechos.
​—Tu madre entendía el valor de la vida por encima del balance, Mateo —respondió Liam, aunque su voz carecía de la seguridad de antaño—. Ella decía que el sistema debía ser perfecto para que la gente no tuviera que sufrir. Pero el sistema ha sido hackeado por la codicia. Ahora, el único sistema que queda somos nosotros tres.
​Horas más tarde, bajo el amparo de la medianoche, Santiago se encontraba en un muelle oscuro cerca de la costa. El sonido del mar golpeando el concreto era el único testigo de la transacción. Un hombre con el rostro oculto bajo una gorra le entregó las llaves de un contenedor mientras recibía un maletín lleno de billetes que representaban los ahorros personales de la familia De la Torre.
​—El aire es caro estos días, ¿verdad, contador? —dijo el traficante con una sonrisa cínica.
​Santiago no respondió. Subió al camión y comenzó el viaje de regreso
. Cada kilómetro se sentía como una traición a su propio título profesional, pero cada vez que miraba por el retrovisor la carga de filtros, sentía que estaba transportando esperanza robada.
​Al llegar al galpón, Mateo y Liam lo esperaban. Comenzaron a descargar las cajas con una urgencia febril. Sin embargo, justo cuando la última caja era bajada, las luces de una patrulla iluminaron la entrada del almacén.
​No era la policía. Era seguridad privada de la empresa, los hombres de Vallenilla.
​Un hombre bajó del vehículo con una cámara de video en mano, grabando la descarga de los suministros sin sellos de importación.
​—Interesante inventario, señores —dijo el guardia con una sonrisa burlona—. No creo que esta "adquisición" aparezca en los libros de contabilidad que Mateo defiende tanto. El señor Vallenilla estará encantado de ver este superávit de mercancía ilegal.
​Santiago apretó el volante del camión. El mercado negro del aire les había dado el oxígeno necesario, pero también les había puesto la soga al cuello. El costo de salvar vidas acababa de generar un pasivo legal que ninguno de los tres sabía cómo amortizar.
​La guerra por el aliento de Barquisimeto se había vuelto sucia, y en el balance de esa noche, la ética de Natalia de la Torre acababa de entrar en números rojos.




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